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XX Aniversario de la huelga más larga de la UNAM


By VEME - 04/22/19 10:16 AM




XX Aniversario de la huelga más larga de la UNAM

HACE 20 AÑOS INICIABA UNO DE LOS MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES EMBLEMÁTICOS EN LA HISTORIA DE MÉXICO

Con sinceridad, respeto y reconocimiento a quienes la muerte no les permitió compartir este vigésimo aniversario, pero que con entrega y compromiso pusieron su esfuerzo para hacer posible ese estallido de energía, alegría y combatividad; también a las nuevas generaciones que luchan, en especial a mis compañ[email protected] estudiantes del colegio de Bachilleres, a mis alumnos de la facultad de Economía de la UNAM y a Andrés, el más joven y sensible luchador.

Era todo júbilo, esperanza, gritos, consignas, para muchos el primer movimiento de su vida, uno de magnitudes aún insospechadas. Así vivíamos el estallido de la huelga de la UNAM, hace dos décadas, formalmente declarado en el mítico mítico auditorio Che Guevara.

La lucha estudiantil tuvo que abrir brecha

Sin duda, es un enorme orgullo haber participado a lo largo de toda la huelga, sus 9 meses y 17 días, también lo estoy de haber impulsado durante los meses previos la organización de colectivos estudiantiles, ahí donde no había organización; junto con [email protected] compañ[email protected] de la corriente política a la que pertenezco, el ahora Movimiento al Socialismo, y otras corrientes y colectivos universitarios, recorrimos escuelas de bachillerato y facultades, pasábamos a los salones, en sus explanadas hacíamos mítines y convocábamos a quienes estuvieran [email protected] a organizarse en forma permanente para luchar en contra el incremento a las cuotas.

Sin ese trabajo no hubiese sido posible estallar la huelga, porque gracias a él surgieron o se fortalecieron colectivos estudiantiles independientes en prácticamente todas las escuelas de la UNAM, los cuales, finalmente, lograron ganar el debate que se dio al seno del movimiento estudiantil organizado: la huelga debía estallar ya, antes de concluir el semestre, pues las autoridades aprovecharían el receso de verano para desmovilizar al estudiantado, no sería posible retomar una lucha exitosa hasta el mes de septiembre. Estos colectivos, en su mayoría, formarían el Bloque Universitario de Izquierda que, junto con los colectivos integrantes del Comité Estudiantil Metropolitano, defenderían en las asambleas en cada una de las escuelas, estallar la huelga sin más demora.

Las corrientes estudiantiles vinculadas con el PRD defendían la posición de posponer el inicio de la huelga para el siguiente semestre (recordemos que en abril de 1999 estábamos a unas semanas de concluir el curso en las licenciaturas, en los CCHs estaban a unos días de terminar, mientras que en la Escuela Nacional Preparatoria, prácticamente no había clases); otros activistas de reconocida militancia perredista, se oponían a la huelga, decían estar contra el aumento de cuotas, pero advertían que el paro indefinido se convertiría en un conflicto que afectaría al gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas, el primer gobierno electo en el Distrito Federal; estos defendían abiertamente negociar el incremento de las colegiaturas.

La huelga pudo no estallar, si en el movimiento estudiantil organizado hubiesen ganado la mayoría las corrientes vinculadas con el PRD; pero también hubo otro factor decisivo. Hasta principios de marzo de ese año, las autoridades universitarias encabezadas por el rector Francisco Barnés, el gobierno de Ernesto Zedillo, los medios de comunicación masiva habían desarrollado una intensa campaña de propaganda, para legitimar el incremento de cuotas en la UNAM, y parecía que habían ganado la conciencia de la mayoría de los universitarios y de la sociedad. “Te gastas más en una cerveza, en unos cigarros”, decían.

“Así no, señor rector”. Ante la imposición, ¡la huelga gana amplia mayoría!

Pero un hecho cambió la relación de fuerzas. El 15 de marzo, en una instalación no universitaria, el auditorio del Instituto de Cardiología, Barnés convocó al Consejo Universitario, para aprobar la modificación al Reglamento General de Pagos. Calcularon que la campaña había tenido éxito, por eso se animaron a votar el incremento; pero la entonces Asamblea Universitaria había resuelto que no permitiría sesionar al Consejo y culminar la imposición. Sacar la sesión del campus universitario impediría que la movilización estudiantil les alcanzara, como finalmente sucedió, pues una marcha multitudinaria que partió desde la rectoría en Ciudad Universitaria, llegó minutos después de que se había votado el incremento.

Esa jugada táctica de las autoridades y el gobierno les resultó contraproducente. Los activistas denunciaron la imposición, como una acción absolutamente antidemocrática; muchos estudiantes que no veían con malos ojos el incremento de las cuotas, condenaron la imposición. “Así no, señor rector”, se expresaban en las asambleas. Otros al ser entrevistados por noticiarios televisivos argumentaban que estaban a favor de un incremento, pero no de la magnitud propuesta por el rector, sin embargo, al haberse concretado la imposición, esas opiniones no habían sido tomadas en cuenta.

Entonces, la Asamblea Universitaria resolvió emplazar a huelga a la UNAM, con el respaldo de la decisión de asambleas masivas en la mayoría de las escuelas. Si las autoridades no daban marcha atrás a la imposición, en el primer minuto del 20 de abril estallaría la huelga en la UNAM. Dicho emplazamiento fue sometido a una consulta en la que participaron alrededor de 100 mil estudiantes, también fue ratificado en asambleas, en referéndums locales, como el que se realizó en mi Facultad, en Economía, en el que participaron más de mil 700 estudiantes. La opinión ampliamente mayoritaria fue que la huelga debía estallar, una vez que se había demostrado que las autoridades no estaban dispuestas a ninguna negociación, ni a consulta democrática.

El neoliberalismo socavaba la UNAM y la sociedad. La huelga se le enfrentaba

Otra razón de fondo explica el respaldo mayoritario de la comunidad universitaria a la huelga. Para 1999, nuestro país había padecido por más de una década la imposición del llamado modelo neoliberal. Con las consecuencias intrínsecas de esta agresiva forma de explotación capitalista, pero sumadas las penurias ocasionadas por la crisis de 1994, el llamado efecto tequila, que llevó a la ruina a cientos de miles de familias, muchas de ellas de clase media, de esas que aún pueden enviar a sus [email protected] a estudiar a la universidad. Hace ya mucho tiempo, que a pesar de su gratuidad, la universidad es elitista, porque la mayoría de [email protected] jóvenes no tiene condiciones de vida, para llegar a esos niveles de estudio; en cambio deben trabajar o estudiar carreras técnicas para incorporarse rápidamente al mercado laboral.

Gracias al empecinamiento de las autoridades en imponer la modificación al Reglamento General de Pagos, [email protected] entendieron que este sería el primero de una serie indefinida de incrementos que llevaría a la UNAM a convertirse en una institución más parecida a las privadas que imparten educación media superior y superior, como ya sucede en numerosas universidades públicas estatales.

La huelga de la UNAM fue, desde ese punto de vista, el primer gran movimiento estudiantil que se proponía resistir al neoliberalismo y los dictados del Banco Mundial, que se había encargado de diseñar una serie de directrices para los países latinoamericanos, en las que se establecía que era necesario imponer medidas, como el incremento de las colegiaturas, la reducción de la matrícula estudiantil, la modificación de los planes de estudio para hacerlos funcionales a la lógica neoliberal y la consecuente reducción al presupuesto público para las instituciones de educación superior.

Hay que recordar que, para ese momento, al inicio de 1999, las autoridades y el gobierno ya habían logrado avanzar en gran parte de esos objetivos. Muchos planes de estudio se habían modificado, incluso uno que fue icónico, el del Colegio de Ciencias y Humanidades, gracias a la derrota de una huelga estudiantil que enfrentó esta imposición sin éxito; también se habían aprobado una serie de restricciones al pase automático del bachillerato a la licenciatura de la UNAM, además de que se daban pasos acelerados para la subordinación de la máxima casa de estudios a la certificación de sus estudios por el privado Centro Nacional de Evaluación (CENEVAL); inclusive al mismo tiempo que se modificaba el plan de estudios del CCH, se imponía el examen general de ingreso al bachillerato, con esta misma lógica de subordinación de la universidad a los criterios de evaluación y certificación privados.

Entonces, también se debe decir que fue el enorme impulso de la lucha contra las cuotas la que hizo posible incorporar como parte de las demandas fundamentales de la huelga, la lucha contra las restricciones al pase automático y por la ruptura de todo vínculo de la UNAM con el CENEVAL, por medio de las cuales se intentaba revertir, al menor en parte, el avance del neoliberalismo en la universidad.

Ciertamente, como en todo movimiento, había desigualdades; en los planteles de la Escuela Nacional Preparatoria, como ya he señalado, prácticamente había terminado el ciclo escolar y eso limitó la participación estudiantil; hubo escuelas del nivel de licenciatura que de entrada parecían no aprobar la huelga, como Derecho, donde la tradición porril y la dirección sumamente autoritaria a cargo de Máximo Carvajal (que después de la huelga sería premiado con la dirección de aduanas del gobierno federal), había desalentado la participación estudiantil en asambleas, incluso intimidado con sus golpeadores a los activistas que se atrevían a promover la discusión y a pronunciarse sobre el paro; de cualquier forma, fue sólo cuestión de días, que la huelga se extendiera a todos sus planteles.

El enemigo estaba en crisis, Zedillo se convertiría, un año después, en el último de una larga cadena de gobernantes priístas, que tuvieron el control del país durante más de 70 años; sin embargo, seguía conservando un gran poder; incluso, después pudimos atestiguar, como los neoliberales siguieron controlando el poder político y económico, a pesar de que su partido predilecto había perdido la presidencia. También sabíamos que era una lucha contra las ordenanzas de los organismos financieros internacionales, que arrasaban en el planeta, como ya lo había hecho en México, con la reforma privatizadora del ejido y las tierras comunales, la privatización de las pensiones, la destrucción de la empresa del transporte público en la Ciudad de México y hasta realizando un fraude electoral de dimensiones escandalosas, para imponer a su gobernante emblema, Carlos Salinas de Gortari.

Y así, empezamos a hacer historia

Emprendíamos una lucha incierta, que después desarrolló graves claroscuros, cuyo desenlace contradictoriamente llevaría a un revés rotundo contra las medidas privatizadoras en boga, pero también a uno de los más largos y sinuosos periodos de desmovilización del movimiento estudiantil universitario. Sobre lo que tendré oportunidad de profundizar en una posterior entrega.

El inicio de la huelga marco un antes y un después para la gran mayoría de quienes entonces estudiábamos en la UNAM, pero sobre todo para las próximas generaciones que pasaron por sus aulas, pues gracias a ella, la gratuidad de las inscripciones y colegiaturas de los estudios de bachillerato y licenciatura de la Máxima Casa de Estudios, también para quienes siguieron beneficiándose del pase automático y quienes no debieron estar sujetos al control certificador del CENEVAL.

Pero, a estas horas, hace 20 años, la mayoría de [email protected] estudiantes de la UNAM estábamos llenos de energía, [email protected], alegres y esperanzados, reportando los resultados de asambleas y votaciones diversas en el naciente Consejo General de Huelga (CGH), viviendo nuestra primera guardia nocturna en las escuelas, trabajando en comisiones, dando inicio a uno de los más importantes movimientos sociales en la historia moderna del país.

En mi caso, con nostalgia y no menos orgullo, recuerdo que integrando la primera comisión de prensa y propaganda del CGH, junto con [email protected] compañ[email protected] de diversas escuelas, nos aprestábamos a redactar el Primer Manifiesto a la Nación.

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Por Francisco Retama



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