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Venezolanos en México: un silencioso y agridulce exilio


By VEME - 04/5/18 7:31 AM

Que miles de personas se vean obligadas a abandonar Venezuela para huir de la creciente pobreza no es nuevo, pero sí el nuevo destino que han encontrado. De manera silenciosa en los últimos años se creó en México una tierra de refugio para estos venezolanos. William Bello y su familia son parte del exilio. Aquí la historia de su reencuentro en suelo mexicano




 

 “Si mi querencia es el monte y la flor de araguaney, como no quieres que tenga, como no quieres que tenga tantas ganas de volver”.

Recuerdo que deambulaba por la sala de la casa que mi familia rentaba en un suburbio queretano, con mi walkman en la mano y el único casete que tenía dando vueltas una y otra vez: un tributo a Simón Díaz con sus mejores canciones interpretadas por las voces más reconocidas de la música venezolana.

En la voz de Ricardo Montaner, Mi Querencia sonaba pletórica. Recuerdo que la repetía todo el tiempo, casi idiotizado. Me parecía una canción de amor de lo más hermosa. Entonces, pensaba que uno solo podía amar a las personas, por lo que me parecía casi una contradicción aquello de querer al monte. Hoy, en la esquizofrenia colectiva que compartimos los venezolanos regados por el mundo, creo que todos tarareamos Mi Querencia sin cesar.

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Vivir en Querétaro es una experiencia multisensorial. Cuando caminas por las calles del Centro Histórico, encuentras referencias del México más colonial y convives con una pequeña ciudad de encanto provincial, en el que aún hay vecinos que se conocen y se saludan en las mañanas. Pero no muy lejos de ahí, a las afueras de ese casco histórico, hay edificios modernos y desarrollos comerciales que traen a Querétaro la vanguardia  de la modernidad. Y en esos espacios se vuelve cada vez más común toparse con ciudadanos del mundo, que han elegido a Querétaro como su hogar por lo bogante de su economía y su aún apacible cotidianeidad.

Con cada vez más frecuencia, es común encontrarte venezolanos. Es algo que se ha vuelto normal en las principales ciudades de Latinoamérica. En Venezuela se estima que al menos el 10 por ciento de sus habitantes ya no viven allá. La mayoría viven en Panamá, Colombia, Perú; salen a pie por la frontera que conecta la ciudad colombiana de Cúcuta con el estado Táchira, por el Puente Libertador. Algunos pocos colombianos aún se aventuran a pasar a Venezuela, sobre todo para comprar gasolina a precios de regalo. Pero la mayoría son venezolanos que huyen de su país forzados por la terrible situación económica que les ha robado la posibilidad de un futuro.

Por ese puente pasó William Bello, un periodista que además de pagar la penitencia de ser venezolano en la época del chavismo tiene que cargar con la cruz universal que implica el hecho de hacer prensa de denuncia.  Al final, entre su sueldo de miseria, la descomunal inflación y las amenazas que recibió por parte de servidores públicos a los que denunció por casos de corrupción a través de su labor periodística, William decidió dejar el país, como otros tantos millones de venezolanos.

Lo hizo solo, sin su esposa y su hijo de 5 años. A Colombia se llevó algunos pocos dólares que pudo ahorrar, sobre todo mediante la venta de algunas posesiones personales, y para completar el gasto, se llevó desde Venezuela algunos artículos de belleza como lápiz labial y crema para labios, que vendió en las calles de Colombia. Desde Bogotá, la terminal aérea no oficial de Venezuela desde que las aerolíneas dejaron de volar al aeropuerto de  Maiquetía por los millonarios adeudos, William llegó a la Ciudad de México cargado de miedo. Dentro de esa esquizofrenia que conecta a los venezolanos de manera casi inconsciente, la proliferación de grupos de apoyo e información tanto en Facebook como en Whatsapp ofrece guías para la migración desesperada, esa que los agentes aduanales observan en la mirada difusa de quien ha llorado el abandono de su tierra y se ha tragado despedidas forzadas. Lo que no quiere una víctima de la diáspora que descarna a Venezuela es quedarse a medio camino entre la perdición y la esperanza. Afortunadamente, William estudió bien las recomendaciones de paisanos de todo el mundo e ingresó a México, donde le esperaban sus tíos, quienes habían dado el paso unos años antes.

Lo que el venezolano desconoce es que dejar el terruño es, muchas veces, la parte sencilla del proceso de desdoblamiento que significa migrar. Para William, la bandera mexicana ondeante que lo recibió orgullosa en el horizonte queretano fue la metáfora del comienzo de una nueva vida en la que la soledad y la incertidumbre tendrían, como nunca, un lugar preponderante.

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De manera silenciosa, Venezuela se ha convertido en el país que más migrantes recibe México. Con excepción de Estados Unidos, con el que se comparte una amplia frontera y un legado socio-cultural que une a ambos países en una especie de patria intermedia, lo que más llegó a México en 2017 fueron venezolanos.

Los datos que arroja la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación son muy claros. En 2017 de los 57 mil 946 extranjeros que obtuvieron tarjetas de residentes temporales en México, 5 mil 906 fueron venezolanos. El segundo país después de Estados Unidos, y por encima de Cuba, Honduras, Guatemala y El Salvador, los países que históricamente han sido el más activo “exportando” migrantes a México.

En el mismo año, la mayor cantidad de renovaciones de residencias temporales para extranjeros en México se otorgaron a venezolanos, incluso más que a ciudadanos de los Estados Unidos de América. Seis mil 307 venezolanos extendieron sus permisos de un total de 54 mil 273, el 11.62 por ciento.

En el rubro de residencias permanentes, Venezuela también es el segundo más alto. En 2017 5 mil 225 estadounidenses obtuvieron su residencia permanente, seguidos de 3 mil 330 venezolanos. En porcentaje, hablamos del 10.56 por ciento.

Pero el dato que explota la estadística es el de los residentes permanentes por reconocimiento de refugio. De los 2 mil 190 extranjeros que obtuvieron este beneficio en 2017, 814 son venezolanos. Nada más que el 37.16 por ciento. Ciudadanos de El Salvador y de Honduras, cuya migración terrestre hacia los Estados Unidos por tierras mexicanas es ampliamente conocida, son los que siguen en la estadística. Cuba aporta siete, Haití ocho, y desde Medio Oriente apenas son seis personas entre Irak, Irán, Pakistán y Yemen.

La situación política, social, pero sobre todo económica en Venezuela empeoró de manera ostensible en los últimos dos años, especialmente durante 2017. Y lo refleja fielmente la cantidad de refugiados que aceptó México entre 2016 y 2017. En 2016 fue apenas de 181 venezolanos de un total de 3 mil 971, un 4.55 por ciento. El Salvador, Guatemala y Honduras superaron con creces a Venezuela en ese rubro.

Pero un año después, todo cambió. Fue a finales de 2017 cuando William Bello acudió ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), como tantos otros venezolanos que ven en este trámite la forma más sencilla y económica de regularizar su situación en México. La otra opción es juntar unos mil 500 dólares para contratar a un “gestor” que consiga a una empresa formalmente registrada en México que ofrezca un empleo ficticio al migrante, quien acto seguido tiene que salir del país para desde un consulado en el extranjero solicitar el permiso de trabajo. Con ese papel, ya en México, puede tramitar su legal estancia en el país y contratarse con empresas que en un primer momento no le ofrecieron empleo para ahorrarse el engorroso y burocrático mundo del empleo de extranjeros.

Esa opción es inalcanzable para alguien como William, quien apenas pudo generar los recursos para llegar a México, y quien sin empleo, debe arreglárselas para sobrevivir en Querétaro mientras rasga unos 500 pesos que manda a Venezuela para que su esposa y su hijo puedan vivir mientras esperan a viajar a México. Paradójicamente, esos 500 pesos rinden de maravilla en un país en el que el sueldo mínimo es de 248 mil 510 bolívares al mes.

A principios de 2018, eso era poco más de 2 dólares al mes al cambio del mercado alternativo de divisas, determinado por la oferta y demanda de dólares de manera ilegal en un país en el que su libre tránsito está prohibido y la adquisición de divisas está controlada por el gobierno. La devaluación entre enero y febrero fue de más de 100 por ciento, por lo que entrado marzo ese sueldo apenas da para comprar un dólar y unos centavos más, según el portal Dolar Today, la referencia del costo del dólar en el mercado negro de Venezuela.

Sacar el refugio en México, en cambio, es gratuito. Solo tiene dos condiciones esenciales. El refugiado no puede regresar a su país de origen, pues pierde su estatus migratorio, y mientras el proceso camina, el migrante no puede trabajar. Y así, desde septiembre, William Bello se las arregla para sobrevivir en la tierra de la bandera que ondea en el horizonte.

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William deambula nervioso sobre una pequeña calle del centro de Querétaro. Ahí se encuentra la sede local del Instituto Nacional de Migración (INM). A las afueras del edificio que alberga al organismo federal, decenas de personas se encuentran formadas esperando su turno para realizar sus trámites. La mayoría de ellos son venezolanos que ponen en orden sus vidas tras haberle dicho adiós a su tierra.

Hoy tiene que firmar, como cada semana, para seguir su trámite de refugiado en México, pero no es eso lo que lo tiene tenso. Desde hace unos tres días, su esposa y su hijo emprendieron el viaje de sus vidas. Dejaron Venezuela, para tal vez nunca volver. Desde Colombia, hoy viajan a México y William teme que en migración no los dejen pasar.

Hace 5 meses, la familia Bello se separó. No se puede vivir en un país sangrante. William se adelantó en el camino para sentar las bases del que será su nuevo hogar, pero los costos han sido muy altos. Con la esperanza de que algún compatriota haya vivido antes su penuria, probó suerte en Google: ¿Cómo hacer que no me deporten? fue la pregunta en el buscador.

Migrar implica desapegarte de tu propio mundo. Es renunciar a tu vida para construir otra. Es decirle adiós a personas a las que nunca más volverás a ver. Es dar un salto hacia la incertidumbre.

Para cientos de miles de venezolanos, la patria se acabó. Quedan los recuerdos de la juventud,  de aquellas navidades en las que la casa reventaba entre tantos primos y tíos reunidos. La emoción del beisbol decembrino. La alegría del carnaval. El calor de un verano interminable. Las escapadas playeras de los fines de semana. La cerveza más fría del planeta. ¿Cuántas familias venezolanas, como la de William, están regadas por el mundo?

La de William, al menos ese pequeño núcleo que formó con su esposa e hijo, está a punto de reencontrarse. En una mano, sostiene un ramo de rosas. En la otra, una máscara de Spiderman. Ya en el aeropuerto, el nerviosismo no hace más que acentuarse. Pasan los minutos, y esa puerta no se abre. El fantasma del agente migratorio vuelve a pasearse por el vestíbulo.

Mónica González SacBé

Pero empezar una nueva vida tiene sus recompensas. México es un país extraño, porque se expresa por igual cuando se trata del cielo y del infierno. Mientras millones de mexicanos han cruzado el Río Bravo para buscar una vida mejor en los Estados Unidos, otros tantos encuentran aquí el sueño mexicano.

William y su familia se han reencontrado, viven en Querétaro y esperan obtener en las próximas semanas su residencia permanente en calidad de refugiados. Será entonces cuando puedan trabajar legalmente en México y comiencen a reconstruir su patrimonio. Para su hijo, de 5 años, Venezuela será apenas un remoto recuerdo. Cuando hable, dirá chido en lugar chévere. Aprenderá a comer picante. Desayunará arepas pero cenará tacos al pastor. Y sin embargo será parte de una generación truncada que de alguna u otra manera tendrá que reconstruir su país. No me refiero a levantar edificios y puentes. Desde la distancia, serán ellos los que tengan que redimensionar lo que significa ser venezolano.


Victor Pernalete

Actualmente es Director de Información de Grupo Códice.
Fue Becario del Programa Prensa y Democracia (Prende) de la Universidad Iberoamericana en el segundo semestre del 2016, especializada en Derechos Humanos.

Fotos de Mónica González SacBé

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