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Una fábula contemporánea


By VEME - 06/16/20 9:56 AM




Fieri non sineres vane, memento mori

La luz oblicua tiñe las paredes de Palacio. Camino siete metros atrás del Emperador, quien pasea y dialoga con su asesor en salud, el príncipe heredero. Éste no lo sabe aún, pero se rumora en los pasillos que será su Primer Ministro una vez que se resuelva la epidemia. Es ligeramente más alto que el mandatario, pero encoge los hombros con pericia para no excederlo en estatura y mantenerse a su lado. Más aún, el joven viceministro ha elegido su vestimenta con cuidado a fin de no opacar en nada a su mentor. Eso lo hace, a nuestros ojos, un candidato ideal. 

Repasan la estrategia que presentarán ante la prensa esta tarde y escucho apenas los lineamientos que dicta el Señor (así nos dirigimos hacia su Majestad en privado, sin mirarlo), haciendo énfasis en mostrar las bondades de su gobierno y el control absoluto que tiene el Imperio sobre los enemigos que lo acechan. No puede ser menos con este microorganismo que Él ha decretado que infecta a los opositores y a quienes no se pliegan cuando transita su Augusta Procesión. Ya lo ha repetido públicamente hasta el cansancio: este bicho no contagia a los niños porque sólo la inocencia y su bendición como Padre de la Patria los protege. 

Al cabo de veinticinco minutos escasos de recorrer los balcones, como lo hiciera su abuelo – intima el emperador, haciendo gala de señorío -, el viceministro se despide con una caravana y compruebo que está sudando. No es fácil ocupar ese lugar privilegiado tan cerca de la divinidad. Tal como me han preparado, le entrego una toalla limpia y espero sus indicaciones para montar la escenografía de esta jornada. Todo lo explica con ese tono expedito y galante que lo caracteriza. Desde luego, inclino la cabeza y me mantengo a distancia prudente sin pestañear. 

• Hoy vamos a invitar a los expertos en Obstetricia – me dice, con acento ceremonial. – Mi jefe (él puede darse el lujo de esa verticalidad) quiere enfatizar el amor que tenemos por las madres y su progenie. Consigue una partera y dos ginecólogas, no muy guapas pero tampoco feas, que resulten acordes al sentir de las mayorías. 

• Sí, señor viceministro, sus deseos son órdenes. 

• Adviérteles que deben vestir con recato, y no traer joyas o aretes vistosos. No quiero que deslumbren a nadie ni que transmitan una imagen de superficialidad. 

Me limito a asentir y a doblar una rodilla, en señal de aquiescencia. Cuando estoy por retirarme a cumplir sus mandamientos, me detiene con una admonición.

• ¡Ah! Y no olvides que la presentación teatral debe ser intachable; no quiero errores en los cartelones o en las candilejas. Les pago para ser precisos y mantenerse ocultos. Una equivocación como la de anteayer y los despido a todos. ¿Está claro? 

Su voz varonil me hace temblar pero esta vez contesto con vehemencia: – Señor, no habrá imperfectos ni omisiones; cuente conmigo ( y vergonzosamente se me escapa un gallo en la penúltima sílaba). 

• Más les vale – sentencia con desdén, alejándose detrás de un muro. 

En pocos minutos estoy en los sótanos del Palacio orquestando y revisando los últimos detalles de la presentación. Directores, actores y tramoyistas se alinean en sus puestos para el ensayo general tras bambalinas. La ausencia de dos escenógrafos y otros tantos iluminadores se hace evidente con un hueco que no pretendo ignorar ni taparlo entre tal multitud. Después de someterlos a varias tandas de azotes y asegurarme con ayuda de la guardia pretoriana que no servían a intereses terroristas, los corrí de los dominios palaciegos, sin paga y advirtiéndoles que serían encarcelados de por vida si intentaban regresar. En este caso preferí abstenerme de la tortura porque, ciertamente, la falla de una de las cámaras no ameritaba tanta violencia.

Tras formarlos de tres en fondo, reviso su pulcritud, la vestimenta de cada uno (no admitimos mujeres en funciones clave) y repaso las diversas responsabilidades que tienen en secuencia una vez que se recorra el telón. La consigna de mantenerse aislados – precisamente a un metro sesenta y dos centímetros de la persona más próxima – se aplica a todos: personal de escenografía y utilería, reporteros, sirvientes y testaferros. Los únicos que están exentos, por obvias razones, son el viceministro y sus ayudantes, que él dispone a última hora según quiera impresionar a su auditorio. Todos los involucrados sabemos que es una puesta en escena fundamental para acrecentar la credibilidad de nuestro Gobernante. Por eso se repite con cierta periodicidad, sobre todo cuando se descompone el sentimiento popular, mismo que registra nuestro servicio secreto con monitores en todas las ciudades y redes sociales.

Hace unas semanas dos periodistas, uno de ellos disfrazado de bufón, montaron una parodia que se difundió por varias plataformas; creo que Instagram, Facebook, Tik Tok y otros medios sediciosos. No lo pudimos contener a tiempo, pecado capital que obligó a inhabilitar a la mitad del personal de la DISECI (Dirección de Seguridad Cibernética del Imperio). Pero eso sí, estamos a punto de secuestrarlos y someterlos a una sesión de electrochoques que nunca olvidarán. Cómo ha dicho el Señor, éste es un país libre y todo ciudadano tiene derecho a expresar sus opiniones (siempre que no se oigan, claro está).

El gran salón imperial se ha adaptado para las audiencias vespertinas que se transmiten por todos los canales de radio y televisión sin interrupciones. Las empresas han aceptado (mediante amenaza de cierre, cuando no fueron “dócilmente persuadidas”) cancelar su publicidad en esa hora sacrosanta a cambio de algunas concesiones mediáticas. Es ante todo un ejercicio de “ganar-ganar” como ha señalado acertadamente el Ministro de Extranjería y Diversidad Racial, previa consulta con su contraparte de Desarrollo y Procesos Normativos, quien trabajó en una televisora antes de acceder al gobierno de nuestro bienaventurado Emperador. Para aquellos que gozamos del resplandor divino, no cabe duda que todas las aristas están cubiertas. La autocracia no puede permitirse deslices o hendiduras.

Por fin, a las diecisiete treinta y uno en punto, ni un segundo más o menos, el cortejo sanitario hace su entrada al recinto de recepciones públicas. Es de suyo un espectáculo; el viceministro siempre a la cabeza, seguido de las damas convidadas, para imprimir un toque de caballerosidad. Después acceden sus asistentes más cercanos: el Gestor de Estadística y Agrimensura (cuyo acento canario a veces lo delata) y el Gestor Auxiliar de Propuestas Certeras, bastante apocado como atañe a su categoría, quien es también burócrata sin cartera de la guardia pretoriana. A este último le corresponde ofrecer un informe detallado de las congregaciones y desplazamientos permitidos a nuestros súbditos. Cómo pueden ustedes suponer, sólo se autorizan aquellos que están sancionados por la FFEE (Formación para el Fervor y Ensalzamiento del Emperador), pese a que nuestra Majestad ha manifestado su distancia ideológica con tales fanáticos.

El ingreso de los funcionarios es fastuoso, pero se le ha prohibido a la prensa aplaudir u ovacionarlos, para no dar una impresión falsa de sometimiento. Varios periodistas disidentes son admitidos de tanto en cuanto, para convocar asimismo ese sello patriarcal de tolerancia que hace de nuestro Imperio un ejemplo para todo el mundo. La proverbial elocuencia del viceministro inaugura la sesión. Una vez hecha su introducción, siempre la misma, para dejar constancia solemne, cede la palabra al Gestor en turno. Éste, a quien le está impedido llevar peluca o casaca imperial para evitar su envanecimiento, se desplaza al centro del escenario y, luego de pedir permiso con merecida adulación al viceministro, emite su edicto haciendo pausas para conferirle vigor y carácter. Es verdad que abusa de los adverbios para acentuar sus oraciones, pero jamás cuestionaríamos su afectación para acomodar las cifras y los acontecimientos recientes.

  • En las últimas setenta y dos horas hemos observado una estabilización de los contagios a lo largo y ancho del Imperio, de tal forma que nuestro abanico tonal está surtiendo efecto – señala con voz enfática. – Justamente (perspicaz adverbio) se han contagiado los deshonestos, algunos criminales y quienes violaron la ley de comedido confinamiento.

Entre la concurrencia se advierten susurros de asombro y admiración, si bien nadie osa interrumpirlo (la mirada vigilante del viceministro está en todo).

  • Confiamos en que la población podrá salir de sus casas paulatinamente a partir de la orden que anunciará el Consejo de Ministros por los medios oficiales.

En este punto los susurros se hacen más audibles, porque tal aseveración le compete de manera exclusiva al viceministro quien, con sobriedad, se gira a verlo en actitud reprobatoria. El susodicho tartamudea, deja caer el edicto y, si no fuese porque yo acudo al rescate, podría haberse orinado en público. Con estudiada destreza, lo retiro amablemente del podio, finjo que el micrófono tiene una falla técnica y le digo al oído que anuncie que se ha presentado una emergencia sanitaria y que se ve obligado a dejarle la palabra a su patrón. Así lo hace, para sosiego de todos cuantos organizamos el tinglado.

Conforme con la salida intempestiva del usurpador, el viceministro se incorpora, se estira y ajusta la casaca (éste sí), y retoma con fluidez los datos, siempre objetivos, siempre exactos, que sus auxiliares en matemáticas y creatividad han confeccionado. Las cifras son contundentes: mediante un rastreo hecho en siete coordenadas para todo el territorio, se han podido documentar cada día menos contagios y son ínfimas las “deplorables” defunciones (aquí procura un dejo de consternación).

  • Lo que es lamentable es que se dediquen a contar cadáveres y a promover ese jueguito de colores que cambian a placer  – escupe una reportera del Diario La Nación Rebelde, a quien tenemos bien identificada. Así que de inmediato giro instrucciones para removerla de la sala, evitando el desorden.

Sí, ya sabemos que los detractores, que nunca faltan, aducen que no se puede confiar en estos números si se formulan desde dos centros financieros, el Palacio Imperial, el Ministerio del Interior y tres enclaves turísticos. Pero esas son habladurías para desacreditar al gobierno que, no obstante, en un gesto magnánimo, no las ha reprimido del todo y prosigue su labor científica y documental con el apoyo de las masas.

La ponencia resulta impecable, dan ganas de erigirse en una ovación unánime, pero callamos como concierne al protocolo y dejamos que introduzca a las doctoras y a la partera que amenizarán el resto de la función. No habrá lugar para preguntas, por supuesto, aún cuando tengo una lista preparada, porque esta particular representación debe ser rotunda y mostrar al planeta lo asertivo e incluyente que es nuestro benévolo mandatario.

Exactamente a las seis veintinueve y con los rayos de un sol discreto esfumándose por las cornisas, el viceministro da por terminada la conferencia con la promesa de que en la próxima oportunidad traerá al Ministro de Extranjería, para aclarar qué se hará con los inmigrantes. Este hombre colosal, de voz estentórea, se planta de tal manera que suscita la idolatría de propios y extraños. A mi también me fascina verlo aproximarse al estrado y erigirse en portentosa autoridad (aunque admito que el Emperador lo resiente con cierta desconfianza; me ha tocado escucharlo tras algunas puertas).

Cómo se imaginarán, es perfectamente lógico que estas personalidades pierdan piso; son formidables, todos y cada uno de nosotros los veneramos. Incluso hay quienes se arrodillan a su paso en los jardines del Palacio y he visto – puedo jurarlo – sufrir vahídos a algunas de las doncellas del ESDI (Egregio Servicio Doméstico Imperial) cuando las interpelan. Más de una me ha confesado que son “fans” del viceministro y que darían su vida por una selfie con él. Por supuesto, yo desestimo esas frivolidades con un severo ademán porque sé, en el fondo, que somos sólo unos cuantos los verdaderos elegidos.

Alberto P Boix



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