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Texturas del Covid-19


By VEME - 07/28/20 9:10 AM




Harto de las noticias de cualquier tinte, salgo al jardín donde han crecido mis hijas. Un sol esquivo inflama de tonos violáceos la bugambilia y arremete una ráfaga de colibríes desde la espesura del liquidámbar, que se mece, vacilante contra un viento tibio.


La tarde se vence al tedio y la amenaza de lluvia. Más allá de estas cadencias, la ciudad se debate con sus miedos y sus culpas colectivas. Los decesos se acumulan y es verdad que la Historia será implacable contra aquellos que prometieron auroras en medio de la tormenta.


Para mi ha sido notable la regresión psicosocial que he presenciado. Desde que este virus ubicuo y penetrante se apoderó de nuestros destinos, hemos olvidado la importancia de subsistir y abrir caminos. Como si todo presente consistiera en salvarse de lo inefable, aislarse y temer que la plaga asome inevitablemente tras la siguiente esquina. En este sentido no nos distingue mucho la tragedia de la peste negra que diezmó a la humanidad hace seis siglos: endebles, desamparados, recelosos unos de otros.


Sabemos por numerosos documentos históricos que la epidemia causada por la bacteria Yersinia pestis llegó a la Europa medieval, insalubre y atravesada por la injusticia, a través de Crimea. La trajeron los barcos genoveses desde Asia central, con sus mercancías y sus viandas corrompidas por ratas (el reservoiro habitual de la bacteria).

Tal como relata John Kelly (1), los cadáveres se apilaban en las calles y reproducían la invasión de roedores en un círculo interminable de podredumbre y muerte.
Muy pocos recibían un entierro decoroso, y los propios designados para recopilar los cuerpos eran quienes esparcían la enfermedad, cuando no la contraían a su vez y formaban parte de los doscientos millones que sucumbieron a lo largo de aquella década que inició en 1346. Naturalmente, los sacerdotes y señores feudales diseminaron la certeza de que se trataba de un castigo divino, acarreado por la existencia licenciosa y proclive al pecado de los habitantes del medioevo, que habían denostado de la espiritualidad y que dejaron de abonar a las Iglesias.


Se erigieron muros para aislar los miasmas (aún permanecen restos del célebre pueblo de Mur al sur de Francia). Quienes podían darse el lujo, como el papa Clemente VI de Avignon, se rodeaban de hogueras y doncellas, en la convicción de que el fuego y la virtud mantendrían alejados a los influjos demoníacos.


Por supuesto, los campesinos y artesanos morían por centenares todos los días, sin ayuda alguna, derramando sangre y pus (los típicos bubones) plagados de cocobacilos. Poco a poco, más por sentido común que por recomendaciones de los doctores de esa época, la gente se confinó en sus casas y, bajo tal régimen estricto de cuarentena, la peste fue cediendo hacia 1353, sin dejar del todo de manifestarse mediante brotes esporádicos hasta mediados del siglo XX.


En efecto, fue el Dr. Selman Waksman y su alumno de doctorado, Robert Starkey, quienes investigaban diferentes cepas de actinomicetos en terrenos húmedos en la Escuela de Agricultura de Rutgers, quienes aislaron la estreptomicina en 1943, un potente antibiótico para tratar la tuberculosis (2). Este aminoglucósido y otros similares (gentamicina, amikacina) son capaces de aniquilar a la Yersinia y curar así la peste bubónica.
El relato que les ofrezco tiene paralelos obvios con la tragedia que estamos afrontando, con la aguda diferencia qué sabemos quién es el microorganismo responsable, cómo se transmite de persona a persona y cómo mata. En este momento hay más de ciento cincuenta vacunas en proceso de gestación y al menos tres de ellas, han demostrado en estas últimas semanas que generan anticuerpos neutralizantes con el SARS-CoV-2 en proporciones útiles.

Aún así, los seres humanos nos hemos visto rebasados por una marejada de contagios y de temores que nuestra curiosidad e irracionalidad han contribuido a magnificar. Las redes sociales y muchas agencias de noticias han pasado por alto la información derivada de cientos de estudios científicos desde que inició esta pandemia. Evidencias tales como que se transmite a corta distancia de persona a persona por emanaciones de boca, tos, estornudos y probablemente por contacto con materia fecal de individuos infectados. Por ello, el uso de cubrebocas (nos guste o no) y la higiene de superficies en contacto con el virus es una prioridad. Como lo es el aislamiento de personas susceptibles. Recordemos que nadie está exento de infectarse, pero si además se padece de diabetes, enfermedades cardiopulmonares o inmunosupresión, el riesgo de complicarse aumenta exponencialmente. Sí, quienes no se han dado cuenta que se han contagiado (por ejemplo, la mayoría de los niños) pueden diseminar la infección; así que carecer de síntomas respiratorios o digestivos no es sinónimo de estar indemne.

Debo insistir: ningún medicamento, substancia natural o vitamina previene la infección por coronavirus. A pesar de algunas observaciones emanadas de la comunidad científica israelí acerca de los niveles de vitamina D, eso no significa que tomarla a destajo ahuyente al virus. Sin embargo, en personas susceptibles (enfermos crónicos y ancianos), siempre que no tengan riesgo de sangrado, el uso de aspirina a dosis bajas (81 a 100 miligramos por día) puede impedir que, si uno adquiere la infección, ésta se traduzca rápidamente en un fenómeno de microtrombosis alrededor de los alveolos pulmonares; fenómeno que agrava la infección.

El otro elemento que no debemos olvidar es que la atención temprana es fundamental. El contagio da síntomas respiratorios (tos, catarro, congestión nasal), digestivos (diarrea y náusea) o sistémicos (fiebre, dolor de cuerpo) alrededor de cuatro días después de que ha penetrado el virus a nuestro organismo. Este periodo es necesario para que se “ancle” en los receptores ACE-2 y TMPRSS2 que revisten nuestras mucosas y epitelios. Ahí deposita su RNA en las células que lo hospedan y consigue replicarse aprovechando la maquinaria genética de nuestros tejidos. La respuesta natural de una persona que aún no conoce el virus y por tanto no ha formado anticuerpos para neutralizarlo, es que desencadena una “tormenta” de mensajeros subcelulares. Éstas son substancias microscópicas cuya función es reclutar glóbulos blancos especializados para amplificar la respuesta inmune, aniquilar a las células infectadas y, en un segundo tiempo, producir los anticuerpos necesarios para bloquear al coronavirus.

Si tal avalancha de señales se produce en un organismo joven y sano, que puede resistir la trifulca interna, lo más probable es que tenga algunos síntomas pasajeros o que la infección pase desapercibida. Pero si se trata de un hombre viejo, frágil o debilitado por una enfermedad crónica (particularmente la diabetes mellitus), esa “tormenta de citocinas” se traduce en una devastadora inflamación de muchos órganos, cuyo efecto inmediato es la lesión de los capilares con microcoágulos y, por ello, la incapacidad para recibir el oxígeno necesario para mantener la integridad de sus tejidos. Esta hipoxia silenciosa fue la primera evidencia que tuvimos hace tres meses de que la enfermedad COVID-19 es muy distinta de la influenza, porque este nuevo virus ataca los vasos sanguíneos que rodean los alveolos más que inundarlos de moco o de secreciones. En consecuencia, los enfermos pueden agravarse de un momento a otro en la segunda semana tras haberse infectado, casi sin percatarse de que, una vez pasado el primer impacto de fiebre, tos y malestar general, sus pulmones están dejando de pasar oxígeno a la sangre.

En este sentido, nuestros temores deben ser conmensurables al riesgo. La premisa fundamental es NO exponerse innecesariamente. Tener reuniones con poca gente y en lugares abiertos o bien ventilados, evitar el contacto con enfermos y guardar con muchas precauciones a las personas vulnerables, mientras no haya vacuna contra SARS-CoV-2. Taparse la nariz y boca no sólo es para evitar los aerosoles y las partículas cargados de viriones, es también para proteger a otros cuando somos portadores sin saberlo. Es un acto de responsabilidad comunitaria; es a la sazón, un acto de supervivencia.

La investigación virológica ha demostrado que este coronavirus se mantiene activo hasta ocho horas sobre una superficie de papel y cerca de un día en madera, plástico y acero. Esto no quiere decir que infecte por sí solo; uno tendría que ser tan imprudente como para tocar estas superficies llenas de baba o de moco y llevárselas a la cara o a la boca. Lo cual es poco probable salvo en casos de insalubridad extrema o en situaciones donde la gente permanece en hacinamiento (asilos de ancianos, cárceles, escuelas, fiestas o reuniones donde circula el alcohol en abundancia) y se rompen protocolos elementales de higiene. De ahí la relevancia de mantener y difundir una cultura sanitaria estricta, sobre todo una vez que se decida reabrir los centros de educación básica y los restaurantes.

¿Qué hay de las secuelas? En mi propia experiencia, aquellos pacientes que han sufrido una neumonitis grave por SARS-CoV-2 quedan con atelectasias laminares (pegoteo de alveolos, en lenguaje popular) o infiltrados difusos por más de dos meses, lo cual obliga a proporcionarles fisioterapia pulmonar (con espirometría incentiva, por ejemplo) por lo menos diez a doce semanas después de haber padecido esa complicación pulmonar. Dos estudios publicados esta misma semana en JAMA Cardiology (3, 4) sugieren que COVID-19 puede acarrear una lesión persistente en el miocardio, análoga a la que ocurre en aquellas personas que sufren de un infarto. No se han documentado daños permanentes en otros órganos, pero queda aún la duda si el cerebro o los riñones puedan haber sufrido cambios funcionales a largo plazo. Hasta ahora, quien sobrevive esta infección, parece recuperarse por completo antes de seis meses.

La llamada “nueva normalidad” implica seguir estas reglas esenciales de aislamiento, higiene y protección de los más frágiles durante el futuro previsible. La provisión de una vacuna efectiva ayudará a bajar el terror colectivo y a desarrollar una inmunidad más amplia, pero aún desconocemos cuánto tiempo se mantendrá esa protección. La experiencia con los repetidos embates de influenza estacional nos han enseñado que es imperativo vacunarse cada invierno y que aproximadamente cada cinco años, las proteínas que definen la cápside de ese virus, hemaglutinina y neuraminidasa (de ahí H1N1, H3N2, etc.) cambian lo suficiente para considerarse más peligrosas. No debe sorprendernos, los virus se adaptan a las condiciones ambientales (prefieren la humedad y el frío) y se modifican gradualmente de personas a persona para asegurar su persistencia.

Algo similar suponemos que pasará con el SARS-CoV-2. Hasta ahora ha mostrado poco potencial mutagénico, pero sí lo suficiente como para hacerse más infectante y resistente. Las vacunas más avanzadas consisten en fragmentos de RNA mensajero peculiares a este virus, que se consideran suficientemente estables como para producir inmunidad duradera a partir de dos refuerzos. Confiamos en que estará disponible antes de que termine el invierno próximo (a principios del 2021), pero dependerá de que se haya probado en población abierta y que en efecto proteja de recaídas a quienes la reciban antes de venderla a gran escala. Tres compañías farmacéuticas y tres gobiernos están peleando en la recta final, así que esperemos que eso sirva de aliciente para abatir costos de acceso al público. De cualquier forma, las tres entidades en juego esperan hacerse de una fortuna incuantificable.

Dispuesto a servir de vector de información científica confiable, me reclino en mi mullido sillón y abro mi novela de espionaje en la página doscientos cuatro, ufano de reencontrarme con el agente israelí que están descifrando una asesinato en Suiza y sus secuelas de terrorismo en el barrio más afluente de París. Me veo transportado, un poco en la textura de las páginas y la trama, otro tanto por esta tarde de lluvia, que cae a cántaros antes de disiparse y dejarnos libres…como la vida, como la muerte.

Alberto A. Palacios Boix
Immunology & Rheumatology
Hospital Ángeles Pedregal
[email protected]

Referencias.

  1. John Kelly. The great mortality: an intimate history of the black death, the most devastating plaque of all time. Harper Perennial, New York 2006.
  2. Karen Gordon. Selman Waksman and the discovery of streptomycin. Mitchell Lane Publishers, New York 2002.
  3. Lindner D., Fitzek A., Bräuninger H., et al. Association of Cardiac Infection With SARS-CoV-2 in Confirmed COVID-19 Autopsy Cases. JAMA Cardiol. Published online July 27, 2020. doi:10.1001/jamacardio.2020.3551
  4. Puntmann V.O., Carerj M.L., Wieters I., et al. Outcomes of Cardiovascular Magnetic Resonance Imaging in Patients Recently Recovered From Coronavirus Disease 2019 (COVID-19). JAMA Cardiol. Published online July 27, 2020. doi:10.1001/jamacardio.2020.3557



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