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Relatos desde el diván; Cayó con CoVID


By VEME - 04/6/21 11:27 AM




– Es la mejor época para ser viejo – me dijo, mofándose de sí mismo.

Acababa de hacer una fila interminable de casi tres horas bajo el sol para vacunarse en una escuela pública de su barrio. Venía, como era de esperarse, porque tenía una quemadura en el cuello y una “gripón del diablo”, como él lo bautizó a su entrada. Era un hombre corpulento, de mirada lánguida y grandes manos, que usaba con destreza para comunicarse. Había perdido un riñón por una pielonefritis mal tratada y llevaba a cuestas su hipertensión con cierto desparpajo. Producto de una referencia de un paciente añoso al que aprecio mucho, lo tomé a mi cargo pese a su dudoso apego a mis indicaciones.

Cada vez que acudía a consulta, traía consigo un presente y una anécdota personal que alargaba la entrevista; a veces, a expensas de mi inquietud y la de mi sala de espera. Al principio me sentí chantajeado, pero a medida que crecía nuestra amistad, aprendí a darle media hora más de mi tiempo para complacerlo. Sus historias eran bastante entretenidas y solía aderezarlas con uno que otro romance de juventud que las hacía aún más disfrutables. Ante todo, era un espléndido narrador. Le he contado aquella noche que nos quedamos sin gasolina en San Gimigniano, doctor? Negué con la cabeza, porque desconocía algunos detalles de esa magnífica odisea, relatada varías veces. Ah! Resulta que Silvana…Y así transcurría cada encuentro. Yo dejaba el estetoscopio sobre el escritorio, a sabiendas de que no encontraría signos nuevos que ameritaran una modificación de tratamiento y él a cambio se explayaba con delectación.

Un buen día, faltó a su cita. Por dos días supuse que habría salido de la ciudad o que sencillamente lo habría omitido, pero al tercero, inquieto, le pedí a mi asistente que contactara a su residencia. Cayó con CoVID – fue la respuesta lacónica. Insistí en que me dieran información más precisa acerca de donde y cómo lo tenían hospitalizado. Además de su insuficiencia renal y su hipertensión, Jaime había sido un fumador empedernido por varias décadas y temí que sus pulmones no pudieran con esta nueva infección.

Esa misma tarde me trasladé a un pequeño hospital de la Colonia Roma donde lo encontré, hecho una verdadera piltrafa, en la Terapia Intermedia y respirando a bocanadas. Pedi autorización a mis colegas para trasladarlo a mi hospital, pero recordé que carecía de seguro médico y un gasto así acabaría con sus ahorros.

De manera alterna, me ofrecí a contribuir en sus cuidados. Si bien mi entrañable paciente parecía responder airoso a las medidas implementadas para contender con la neumonitis viral, la segunda tomografía demostró un tumor avanzado en el árbol bronquial izquierdo. – No hay mucho que hacer, colega, – me ofreció el radiólogo. – Es un carcinoma infiltrante y tiene metástasis en hígado y columna. Salí de la sala de Imagenología profundamente abatido.

Me sentía impotente a más no poder. Todo lo que había hecho por mi viejo amigo parecía resultar inútil a la luz de este ominoso hallazgo y, naturalmente, me correspondía a mí y solo a mí, darle la noticia. Como rezan los cánones que aprendí en mi formación, esperé a que la mañana fuese soleada y su lucidez estuviera de mi lado. Tal escenario se hizo patente treinta y seis horas después. Me prometí entrar a su habitación con mi mejor semblante y me coloqué una corbata rosa con veleros que él había halagado alguna vez para confrontarlo. Lo que no pude evitar fue el peso de mi dolor en la mirada.

Que traes, doctor? – me dijo, no bien había ingresado al cuarto. – Malas noticias, verdad?Nunca he podido mentirles a mis pacientes en aras de obtener su gratitud; me parece mezquino y a la sazón, tramposo. – Encontramos un tumor en tus pulmones, Jaime. Desafortunadamente…Aquí me interrumpió de golpe para decirme que la vida es un balance de infortunios y aciertos. Que no hay porqué presumir que uno puede vencer a la enfermedad o la muerte y que, en los últimos meses, mi amistad había sido la “joya de su corona”. – De modo que no hace falta caer en derrotas o ingratitudes, estimado galeno. Ven, siéntate a mi lado, te voy a contar una historia que aún no conoces. Conmovido hasta el tuétano, hice como pedía, aflojé la corbata y me senté a escucharlo. – Después de mi divorcio – comenzó – pasé por una etapa de melancolía. Y aunque me sentía por vez primera a salvo y en paz, no encontraba consuelo en mi soledad. Trabajaba con ahínco pero infructuosamente. Tú mejor que nadie sabes que no son un buen ahorrador y que me precio de gastar en las nimiedades, viandas y aventuras que enriquecen la existencia, sin pensar mucho en el futuro. Quizá eso malgastó mi matrimonio y me hizo verme como un ser egoísta y poco previsor. En fin, no seré yo quien lo juzgue una vez que este cáncer me consuma. Me apresté a levantarme de su lecho con cierta incomodidad pero me tomó del antebrazo y me retuvo a su lado. – No te alteres, los dos sabemos que me queda poco tiempo. Por favor, escúchame, hazme ese favor. – Lo siento, Jaime. Es la tristeza que me embarga. – Con más razón, médico. Permíteme ahondar en mis secretos, es un regalo mutuo. Me enjugué una lágrima con cierta vergüenza y me apresté a oírlo sin más interrupciones. – Hace poco años la encontré. Una mujer generosa, que sentí que me había esperado todo la vida, si perdonas mi arrogancia. Creo que le divirtió mi proposición poco decorosa, porque accedió a probar suerte de inmediato. Tiene una sonrisa franca, que contrae sus traviesos ojos cuando la emite y que ha sabido amarme a pesar de mis defectos y mi turbulenta historia. Es como si hubiese llegado por fin para salvarme de todo, incluso de mí mismo.

Esta confesión en tiempo presente me tomó por sorpresa: creí que Jaime era un hombre abandonado y necesitaba de mi cariño para hacerle frente a esa soledad. Me sentí ofuscado, hasta un poco celoso, lo confieso. – Así que ahora vete, mi querido amigo, porque mi chaparrita está por llegar y no quiero que me restes el tiempo que me queda de vida para prodigárselo a mi amada. Lo entiendes, verdad? Salí del hospital con una extraña sensación de alivio, aún desconcertado. A la distancia vi llegar a una mujer de cabello entrecano, con una bolsa de pan y unas flores, radiante, como quien visita a su novio en franca recuperación. No quiero dejar a mis lectores con un sabor amargo en la boca, así que acompáñenme con esta imagen. Ella entró aquella mañana en ese cuarto de hospital iluminado y, con total serenidad, besó a su hombre dulce, largamente en los labios.

Pidió un florero para acomodar las astromelias, extendió las piezas de pan con cierta gracia y se sentó a su lado para siempre, como el verdadero amor, que sabe desafiar la muerte.

Alberto P. Boix