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Reforestemos México


By VEME - 07/31/20 12:58 PM




La ciudad de México y los bosques circundantes tienen una historia compartida. No es una historia solamente —ni en su mayoría— de la destrucción o la explotación, sino también de la ciencia de la conservación, el control político, el uso racional de los recursos y la negociación. La ciencia conservacionista fijó en axiomas las relaciones ecológicas entre ciudad y vegetación —lo que denominé como imaginario urbano ambiental—, asimismo elaboró políticas plenamente urbanas para los pueblos rurales que poseían sus propios y contradictorios usos de los recursos naturales. El Estado decretó un nuevo orden de uso en las sierras del valle, desplazando los conflictos tradicionales entre los pueblos, las haciendas y las fábricas.

 La reforma agraria otorgó miles de hectáreas forestales a los pueblos del valle de México, y el movimiento conservacionista ganó fuerza por acoplarse a la nueva situación posrevolucionaria. La primera ley forestal de 1926 sintetizó las ideas conservacionistas y los derechos campesinos, representados por las cooperativas forestales. Así, la influencia gubernamental aumentó, pues vinculó la ciudad y el campo en estrechas ligas sociales, políticas y científicas —hasta ahora escondidas de la vista histórica.

En la década de 1940 el gobierno abandonó el objetivo populista, aunque limitado en el valle de México, de contribuir al desarrollo del campesinado por el uso racional de los bosques. Aunque el Estado seguía expidiendo reglamentos conservacionistas, dejó de apoyar el uso de los recursos por parte de los campesinos, tal y como pasó durante el Porfiriato. También continuó con la industrialización de los recursos naturales a la vez que sostuvo que la nueva política exclusiva beneficiaba al medio ambiente de la ciudad de México.

A partir de la década de 1970, la ciudad se extendió hasta los bosques del Ajusco. El Gobierno del Distrito Federal amenazó y destruyó colonias pobres, con la intención de proteger los bosques de la sierra, al mismo tiempo que pasó por alto las construcciones de la clase alta. Sin ahondar en la historia más reciente, vale la pena señalar las similitudes con la historia analizada aquí. En la década de 1970 surgió un ambientalismo popular en las colonias para que el Estado las legitimara. Plantaron árboles, instalaron tanques sépticos y usaron el agua de lluvia. Es decir, los vecinos adoptaron el mismo imaginario urbano ambiental que los pueblos habían tenido que adoptar décadas atrás para ganar legitimidad. A lo largo de la década de 1980, el gobierno las reconoció y les instalaron servicios públicos, lo que eliminó el incentivo de mantener los proyectos ambientalistas.88 La doble moral del gobierno que permitió la aparición de casonas, pero no de colonias populares, indica que el asunto se trataba más del control social que de la conservación de los bosques. Sin embargo, el hecho de que los colonos idearan ciertas prácticas ambientalistas demuestra el peso que tuvieron aquellos discursos, pues el control social y las políticas ambientales han compartido la misma trama histórica durante décadas en el valle de México. El desafío para la ciudad de México es la elaboración de un ambientalismo que promueva la igualdad y la participación popular en lugar de la exclusión.

Historia

A principios de la época de Porfirio Díaz (1876-1911), no existía ningún reglamento forestal a nivel federal. A nivel local, en el valle de México, solamente encontramos una restricción municipal inconsecuente. Para 1910 la situación cambió. Ya existía un Departamento Forestal, encabezado por el mismo Quevedo, y un pequeño archivo de reglamentos y decretos federales, e incluso un equipo de guardias forestales en varios lugares del sur del valle de México.

 La conservación forestal, como proyecto político, surgió en vísperas de la Revolución, como consecuencia de un imaginario urbano ambiental, esto entendido como un conjunto de suposiciones que afirmaban que el bienestar de la ciudad estaba estrechamente ligado al manejo adecuado de los bosques. Este imaginario proyectaba una serie de relaciones estrictas, supuestamente infalibles, entre el agua, la lluvia, los bosques y el uso adecuado de la tierra. Sin embargo, no ofrecía las herramientas intelectuales para distinguir los valores socionaturales de ciertos espacios forestales en una zona considerada importante preservar. Asimismo excluía las economías forestales campesinas, a la vez que favorecía a la elite ilustrada que, se suponía, sabía explotar los recursos de manera más racional.

Miguel Ángel de Quevedo no fue el primero en impulsar el conservacionismo en México, éste tiene orígenes más antiguos. Por ejemplo, durante la Colonia se implementaron varios reglamentos forestales. Personajes como Alejandro von Humboldt y Antonio de Álzate Ramírez señalaron los efectos nocivos de la deforestación. Humboldt, cuyas ideas resonaron por toda América, aseveró que la disminución de las aguas en el valle se debía, en parte, a la tala de árboles, y que aparentemente los españoles “quisieron que el hermoso valle de Tenochtitlan se pareciese en todo al suelo castellano en lo árido y despojado de su vegetación”.6 A mediados del siglo XIX, la preocupación principal fue el abasto de agua potable a la ciudad, que, en parte, provenía de los manantiales ubicados en los bosques de Santa Fe y Desierto de los Leones. En 1856 el Ayuntamiento de la ciudad de México se apoderó del manantial del Desierto de los Leones (en ese entonces de los Carmelitas) cuando se percató del mal manejo que los anteriores dueños habían hecho de los bosques aledaños. A partir de entonces, toda actividad económica en la zona del manantial fue regulada por el Ayuntamiento. En 1858, por citar un caso, se abolió la ganadería.

Reforestemos México

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