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Pedro Infante, una leyenda en México


By VEME - 04/15/20 11:45 AM




Las primeras horas del lunes 15 de abril de 1957, medios de comunicación reportaron la caída de un avión en el patio del domicilio ubicado en la Calle 87 esquina con la Calle 54 en el Centro de Mérida, Yucatán, y para la tarde de ese mismo día, México se estremecía ante la noticia de que Pedro Infante Cruz, “El ídolo de México”, había perdido la vida en aquel fatídico accidente.

“Un avión carguero de la TAMSA se estrelló hoy en Mérida: Perecieron Pedro Infante, el capitán Vidal y el mecánico”, reportó el Diario de Yucatán en su edición vespertina de aquel día; luego de que el avión cayera sobre la casa que también albergaba una tienda, inició un incendio que provocó la muerte de la joven Ruth Rosell Chan y el niño Baltazar Martín Cruz.

Sobre las condiciones en las que sucedió el accidente aéreo, se informó que el avión piloteado por Infante, partió del aeropuerto de Mérida alrededor de las siete de la mañana con dirección a la Ciudad de México, destino que no fue alcanzado cuando a los pocos metros de altura se presentaron dificultades en las acciones de viraje que desencadenaron en la pérdida de control y la caída de la aeronave.

¿Por qué el actor y cantante piloteaba el avión? “El ídolo de México”, era un gran aficionado al pilotaje, incluso tras casi tres mil horas de vuelo se convirtió en un profesional de las alturas reconocido como el “Capitán Cruz”, aquel fanatismo rápidamente le causó estragos, como la incrustación de una placa de titanio en la frente, tras un su segundo accidente aéreo ocurrido en Zitácuaro, Michoacán.

Sin embargo, fue el tercer accidente el que le costó la vida, hace 63 años, y el que se vio envuelto en la polémica por lo que se transportaba en aquel avión, cuestionamiento que pasó a segundo plano tras los funerales multitudinarios realizados en la capital mexicana, donde miles de fanáticos y miembros de la comunidad artística perteneciente a la Época de Oro del Cine en México, acudieron a darle el último adiós.

Los restos de “El ídolo de México”, fueron velados en el recinto entonces conocido como el Teatro de la Asociación Nacional de Actores, lugar desde donde se emprendió un cortejo fúnebre con dirección al Panteón Jardín ubicado en el barrio de San Ángel, en la delegación Álvaro Obregón de la Ciudad de México.

La última morada de Pedro Infante, en dicho camposanto, estaba conformada por un busto dorado que se alzaba en medio de un mausoleo de gran proporción, el cual fue catalogado como “un homenaje luctuoso al ídolo de México”, sin embargo, para 2007, aquella lapida que acompañó su última morada por cinco décadas fue subastada por la casa “Louis C. Morton”.

Según lo declarado en ese entonces, por los dueños del lote, la recaudación sería destinada a alguna institución benéfica o para la casa del actor: en el Panteón Jardín se colocó una réplica de dicha lápida, donde año tras año, sea en Día de Muertos, los festejos de su natalicio o el día de su fallecimiento, acuden sus fanáticos, los de avanzada edad y los jóvenes que lo recuerdan por su gran legado musical.

La pieza original de la última morada de Pedro Infante Cruz, se encuentra en el Museo Ídolos del Esto, mientras que en el lugar donde cayó la aeronave se encuentra una placa que recalca: “En este sitio perdió la vida, trágicamente, el 15 de abril de 1957, el ídolo de México Pedro Infante Cruz, y el Capitán Víctor M. Vidal, Marciano Bautista, Ruth Rosell Chan y el niño Baltazar Martín Cruz. Se coloca esta placa en su memoria”.

En Mérida, Yucatán, también se construyó el parque en memoria de Pedro Infante, un sitio en el que se encuentra una figura en tamaño real del ídolo de México, además de los detalles más importantes de su carrera y dos frases en su honor; “Amorcito corazón yo tengo tentación de un beso” y “¡Ay trompudas! Si me muero ¿Quién las besa?”.

Peculiaridades de la última morada del ídolo de México

“Perdimos a un ser que tanto amamos acá en la tierra…”, se puede leer en la lápida colocada de lado izquierdo en la tumba de Pedro Infante, toda vez que se deja ver que aquel espacio es un homenaje luctuoso al ídolo de México, quien protagonizó la cinta Tizoc, que ganó el Globo de Oro como mejor película extranjera en 1958.

La tumba de Pedro Infante Cruz se encuentra a unos pasos del mausoleo en el que descansa la actriz Blanca Estela Pavón, con quien Infante tuvo la oportunidad de trabajar en distintas ocasiones, la primera en el año 1946, bajo la dirección de Ismael Rodríguez, en la cinta Cuando lloran los valientes.

Tras un accidente aéreo y ser encontrada a las faldas de volcán Popocatépetl, Blanca Estela Pavón, falleció en la misma forma en que lo haría Pedro Infante ocho años después, en tanto que compartieron créditos en cintas como Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, con las que consolidó su carrera y recibió el sobrenombre de “La Chorreada”.

Dentro del mausoleo de Blanca Estela Pavón, el cual está rodeado de árboles, se pueden ver una serie de fotografías de la actriz, quien perdiera la vida a los 23 de años de edad: se cuenta que el día en que la actriz era velada en la ANDA (Asociación Nacional de Actores) Pedro Infante expresó: “Se nos fue la ‘Chorreada’, se nos fue…”.

Los restos de Jorge Negrete, quien protagonizó a lado de Pedro Infante la cinta Dos tipos de cuidado también se encuentran en el también nombrado “El cementerio estelar de México”, donde en el espacio para los miembros de la ANDA, descansan los restos de figuras como Germán Valdés “Tin Tan”, Javier Solís, Pedro Armendáriz, Gustavo Rojo, entre otros.

El nacimiento y carrera de la leyenda

El 18 de noviembre de 1917, Mazatlán, Sinaloa vio nacer a Pedro Infante Cruz conocido por sus fanáticos como “El ídolo de México”, una de las figuras más importantes para la cinematografía mexicana, que destacó gracias a su carisma y trayectoria como cantante, misma que lo acompañó en cada una de las cintas que protagonizó.

Pedro Infante filmó más de 60 películas, protagonizando títulos como Cuando lloran los valientes, Los tres García, ¿Qué te ha dado esa mujer?, Los tres huastecos, Dos tipos de cuidado y A.T.M A toda máquina, producciones que fueron dirigidas por el director mexicano Ismael Rodríguez, con quien Infante formaría una de las duplas cinematográficas más sólidas.

La carrera de Pedro Infante creció de manera exponencial dentro del periodo al que se le denominó “Época de Oro del Cine Mexicano”, la cual obtuvo gran reconocimiento a nivel mundial toda vez que generaba el famoso star system, encabezado por figuras como María Félix, Jorge Negrete, Dolores del Río, Sara García, Pedro Armendáriz y el propio Infante.

El intérprete de temas como Amorcito corazón y Me cansé de rogarle, protagonizó la trilogía compuesta por las películas Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, de 1948, y Pepe el toro, de 1953; en las tres cintas compartió créditos con Evita Muñoz, mejor conocida como “Chachita”, y la actriz Blanca Estela Pavón quien, tras su repentina muerte a los 23 años de edad a causa de un accidente aéreo, solo apareció en la última cinta mencionada, a través de fotografías.

El premio Ariel para Pedro Infante llegó con la cinta La vida no vale nada, del año 1955, la cual estuvo a cargo del director Rogelio González; sin embargo, el premio más importante en la carrera del actor fue el Oso de Plata del Festival Internacional de Cine de Berlín, reconocimiento otorgado de manera póstuma en 1957, gracias a la penúltima cinta en la que el actor participó: Tizoc: amor indio.

La última cinta, y la tercera a color, en la que participó Infante, fue Escuela de rateros, con el guion de Luis Alcoriza y la dirección, de nueva cuenta, de Rogelio González, quien estrenó la cinta para 1958, un año después del fallecimiento del actor, quien ya alistaba su saltó a Hollywood, al lado de Marlon Brando en la cinta El charro y el cowboy

El también conocido como “El ídolo de Guamúchil”, perdió la vida a los 39 años de edad; sin embargo, ya tenía un sinfín de éxitos por los que era reconocido, mismos que eran interpretados dentro de las cintas que protagonizó, en las que poco importaba si su personaje era un sacerdote o un mujeriego, la música siempre lo acompañó.

Por Luis A. Echeverría Sánchez para NTX



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