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Non toccate mia figlia


By VEME - 10/16/19 9:13 AM




La saga de New Jersey

Non toccate mia figlia*

Los titulares del día siguiente lo decían todo: desde el sensacionalista New York Post (“Shootout in the sky”), el arribista USA Today (“Russian mob desecrates Manhattan”), hasta el más mesurado New York Times (“Fourteen killed in Mandarin Oriental massacre”), así como los principales diarios de todo el planeta.

Columbus Circle permanecía acordonado y los equipos forenses aún recogían pruebas y casquillos para determinar la extensión de la balacera.

Las imágenes de CNN replicadas por las televisoras del mundo mostraban a Rita Varitek una y otra vez, comatosa, con una mascarilla de oxígeno y envuelta en colchas de aluminio, mientras la subían a una ambulancia; así como la decena de cadáveres embolsados que se acumulaban en la acera frente al hotel. Los comentaristas omitieron decir que el embajador ruso había huido a tiempo, cuando las patrullas asfixiaron la zona. Menos aún, que una mafiosa ucraniana, protegida por varios guardaespaldas, salió por una entrada de servicio para eludir las cámaras, visiblemente adormilada.

Fue una noche trágica para la ciudad y para la policía de Nueva York. En el tiroteo, habían perdido a tres elementos de elite, abatidos por una andanada de plomo cuyo origen sólo podía atribuirse a la ilegalidad que imperaba en el estado contiguo. Nueva Jersey era ya, en pleno Siglo XXI, la guarida del peor contingente criminal heredado de la Perestroika.  

La prensa y las organizaciones populares exigían esa mañana, por diferentes medios, la erradicación de estas bandas de asesinos que pululaban en sus calles y avenidas.

Vernon Edwards llegó aún con el cabestrillo y la ropa ensangrentada a la jefatura, después de acompañar toda la madrugada a su compañera caída hasta verla descansar para siempre en la morgue de la calle Norfolk, en Newark. Ahí abrazó a su esposo, compartiendo lágrimas y, sin recalar en su propio domicilio, acudió a declarar frente a su comandante y dos agentes de Asuntos Internos del precinto.

El relato era dramático en sí mismo.

Cuando llegó al piso 52 se encontró en medio de un fuego cruzado en casi total oscuridad. Resultaba obvio que alguien – sus amigos o alguno de los criminales – había extinguido las luces del techo para defenderse o atacar con impunidad. Lo acompañaba su pareja, Sarah Simmons, una policía con siete años de experiencia, mientras que el novato Mayfield se quedaba en el vestíbulo para evitar que Kathia Andreinikova y sus secuaces escaparan por debajo de sus narices. El llamado de alarma de Rita los había obligado a tomar decisiones intempestivas, en tanto que esperaban refuerzos de la policía local, retenida por el tráfico y el bullicio habitual del Lincoln Center.

Simmons y Edwards se apostaron en el umbral más cercano a donde sus compañeros sitiados eludían las balas. No traían anteojos de visión nocturna (cosa que los mafiosos habían previsto) y el tiroteo se ejercía en franca desventaja numérica. Su única protección eran chalecos antibalas que probablemente frenaran algunas, pero no todas, las ráfagas de las Makarov. Sobre todo, si les daba por usar balas expansivas, cosa que solía ser habitual entre la mafia rusa.

No bien tomaron posiciones, se voltearon a ver con determinación para hacerle frente a los enemigos, ocultos al fondo del pasillo, que proferían insultos en ruso y disparaban sin cesar.

  • ¡Cúbreme! – gritó Simmons, mientras se lanzaba a gatas hacía la puerta de la habitación – ahora totalmente despostillada – donde defendían su posición Jared y Rita.
  • ¡Espera, déjame recargar siquiera! – le replicó Vernon, al tiempo que abatía a un mafioso.

El primer disparo dio en el hombro extendido de Sarah quien, no obstante, siguió su marcha en tres patas. De inmediato, dos impactos le atravesaron la frente y un costado, cayendo a los pies de Jared, que sólo pudo arrastrarla al vestíbulo de la habitación mientras sus piernas como hilachos eran blanco de otros tantos balazos y se desangraba sin aliento.

Tanto Rita como Jared aullaron de impotencia y, en un arrebato salvaje, dispararon una y otra vez en dirección a quienes los asediaban. Vernon, a escasos siete metros, aprovechó la oportunidad para salir del umbral de la habitación contigua en una descarga furiosa que mató a otros dos rusos. Sin embargo, la penumbra – sólo disipada de forma intermitente por las armas de fuego – lo hizo tropezar con el cuerpo de Sarah, cuyos pies seguían afuera en el pasillo. Rodó un metro y medio sin dejar de disparar, pero recibió dos impactos de bala en el brazo izquierdo, por encima del codo, que lo inutilizó por completo.

En un acto de valentía que sus compañeros no olvidarán nunca, Jared Fosters salió de su resguardo para traer de vuelta a su amigo herido. Lo levantó con un esfuerzo sobrehumano y lo arrojó detrás de sí, mientras descargaba su último torrente de balas hacía la boca del lobo que se avecinaba. Trastabillando, Edwards se abrazó a Rita para no caer de nuevo y ésta lo apartó de golpe para tratar de cubrir a Jared, que había quedado de espaldas y a merced de los matones.

El desenlace fue fatal. Ocho disparos entre el occipucio y las nalgas dieron muerte instantánea al detective, ante los ojos de impotencia de sus amigos entrañables, quienes devolvieron el fuego y se abalanzaron para rescatarlo.

Dos o tres matones más cayeron ruidosamente en la penumbra.

Así, la artillería rusa se había reducido considerablemente, aunque la oscuridad no permitía discernir cuántos mafiosos seguían en pie. Vernon había contado siete gritos de ahogo (entre ellos, cuatro bultos caídos), pero no tenía claro cuántos enemigos permanecían al acecho.

  • ¡Hasta ahí, Varitek! – alcanzó a gritar entre una lluvia de disparos, pues prefería tomar un respiro antes de enfrentar a los asesinos que siguieran vivos, responsables de acribillar a su amigo.

Rita no se contuvo.  Estaba decidida a matar o morir.

Tomó el arma de Simmons y, como una sheriff del Oeste, salió del umbral disparando ambas pistolas en dirección a los mafiosos. Pudo segarlos a fuerza de metralla, pero antes recibió un impacto de bala en el pulmón derecho, otro que entró en sedal por encima de su oreja izquierda, rozando su corteza temporal y, uno más, directo al muslo, que la hizo caer finalmente, al mismo tiempo que se hizo un silencio sepulcral en todo el piso.

Vernon salió de su escondite, sangrando y mareado, para cerciorarse de que Rita seguía viva. Tocó el pulso débil, pero aún presente, en ambas carótidas, y de inmediato llamó por radio a todas las frecuencias para convocar a cuantos agentes pudieran llegar al Mandarin Oriental. Entre el remanente del humo de los disparos se acercó a los cuerpos inertes de sus compañeros para acariciarlos y, con la luz de su teléfono celular, se desplazó hacia donde estaban los mafiosos caídos para rematarlos. Su rabia era infinita.

El jefe Salinas y los agentes de IA (Internal Affairs) no salían de su estupor. Pudieron imaginar paso a paso la batahola que dejó semidestruído el piso 52 del hotel, una ciudad conmocionada y catorce cadáveres como señal del despropósito para atrapar a una “sospechosa”.

  • Aunque me apena mucho el deceso de Fosters y Simmons, agente Edwards, lo que ustedes desataron es una catástrofe y una maldita guerra de proporciones olímpicas. Estarás suspendido precautoriamente hasta que se recupere Varitek y entonces, sólo entonces, decidiré si continúan en la fuerza o los planto detrás de un escritorio. Tengo al gobernador – y desde esta mañana también al presidente – prensados en mi cuello.

Vernon se refugió en su asiento, sin poder proferir palabra. Hubiese querido reclamar que había sido un acto de puro heroísmo, avalado por el propio individuo que ahora lo recriminaba, pero le pareció prudente evitar más agravios. Nadie entenderá jamás lo que es estar luchando a muerte si no ha cruzado un campo de batalla.

  • Si yo sigo dirigiendo esta prefectura, que lo dudo – continuó el comandante – lo que más me enfada es que esa criminal siga viva, riéndose de esta institución cuando lloramos y velamos a los nuestros. Mientras te recuperas (y mi cabeza no ruede) quiero que me ayudes a discernir qué estrategia podemos emprender para cazar a esos mafiosos. Si quieres invocar a Elliot Ness, be my guest!
  • Sí, señor – contestó, sometido e impotente, el detective. – Cuente conmigo.
  • Ahora ve a saludar a tu amiga, que me dicen que está recobrando la conciencia en la Terapia Intensiva del East Orange. Tuvo la inmensa fortuna de sobrevivir al asalto, pero será la última vez que se coloque en esa situación de superhéroe de comic.

Sin despedirse, Vernon Edwards salió cabizbajo de la oficina entre palmadas de admiración y consuelo de sus compañeros del precinto. Nadie hablaba, un inmenso pesar invadía el ambiente.

Varios kilómetros más allá, en East Rutherford, la mafia rusa y ucraniana se lamía las heridas. La refriega los había aliado en torno a Catalina. Estaban decididos a ampliar su cobertura y, de ser necesario, destruir a quien se opusiera a su creciente imperio de terror.

CONTINUARÁ…

PD*. “No toques a mi hija”, que es el presunto origen de la palabra Ma-fia. Tal como la mitología norteamericana lo ha situado en Sicilia o en los bajos fondos de Brooklyn.

Alberto P Boix https://ocells.wordpress.com



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