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Monomanía


By VEME - 07/7/20 8:59 AM




No bien amanece tras un cielo plomizo, Eladio se cerciora de que su mujer aún respira. Antes se acerca al tocador y se baña las manos con tres chorros de gel bactericida, se toca la frente y revisa que el purificador de aire esté encendido. Ángeles tosió anoche dos veces – sin flema, se repite él -, así que le tomó la temperatura y la oximetría cada media hora hasta que ella lo mandó a ver la televisión y se encerró con los niños para eludirlo. Como es habitual, no se quedó tranquilo.

Molesto y vigilante, se sentó a regañadientes frente al televisor para escuchar el reporte diario de la Secretaría de Salud. Se ha convertido en un asiduo de López Gatell y su séquito, a tal grado que lleva un récord minucioso de los porcentajes de incremento desde Marzo. Noche tras noche, en un desfile interminable, se deja embrujar con las cifras de contagios y de muertos. Como si se tratara de números, cuentas que impasiblemente se acumulan en gráficas de colores. El azul habla de casos recuperados, el negro recuenta los cadáveres; sin nombre, sin legado. Por más que se repiten, Eladio no puede ser indiferente a esas “lamentables defunciones”, como suelen parlotear los voceros del gobierno. Cada una es como una llaga en su temor de verse arrastrado por la peste.

Ahora suena el timbre. – ¿Porqué tan temprano? – inquiere el hombre, que se coloca los guantes de látex antes de recorrer las cortinas para ver quien inoportuna a esta hora. Atrás se escucha el regocijo de los niños que están jugando con el Scrabble, un juego bien desinfectado que les permite emprender dos veces al día. Por fortuna, gracias a que trabaja desde casa hace tres meses, puede supervisar que no acceda una sola brisa contaminada a su santuario. Frente a la entrada, con obvio desparpajo, está un muchacho flanqueando la compra del supermercado. Lleva una mascarilla de tela (20% de protección, si acaso) y un careta con gorro que debe estar más sucia que sus zapatos.

Por el intercomunicador le advierte que espere y no se acerque más al zaguán, que su mujer saldrá a recibir la mercancía en un momento. El joven profiere una mueca de disgusto, es la cuarta vez en una semana que se topa con un paranoico como éste. Se reclina en su motocicleta y enciende un cigarrillo. – Maldita pandemia, nomás ha creado un atado de locos por toda la ciudad.

Desde la ventana, Eladio se asegura que el empleado se mantenga alejado de los muros y la puerta de su casa. – Deberían existir letreros para ahuyentar a la gente que acarrea sus microbios sin miramientos – medita y se dispone, tras aplicarse otra tanda de gel en ambos guantes y ajustar su careta, a despertar a su mujer. Por supuesto, no tocará las sábanas, mucho menos se aproximará a su aliento o a esa piel que se antoja tibia; basta con hacer ruido y sacarla de su letargo.

Ángeles se despereza con los susurros de su marido. Cuando está a punto de incorporarse, se apoya en el antebrazo de Eladio, quien salta hacia atrás despavorido. – ¿Qué te pasa, vieja? ¿Cuántas veces te he dicho que estamos en contingencia y que cualquier contacto físico puede causar una desgracia? ¡Véte por el súper, carajo!

Envuelto en improperios, se arranca el pijama y se dirige a trancos hacia la ducha, sin quitarse los guantes para abrir los grifos y observar cómo se calienta el agua. – Ya no se puede; esta pinche familia no entiende nada – piensa para sí. – Voy a tener que aislarme para evitar más riesgos.

Se asegura de que haya una nueva barra de jabón en el rellano y se introduce bajo el agua a tientas, evitando tocar el tapete de plástico. – Vaya usted a saber quién lo ha pisado – observa, en voz alta y con desprecio.

Desde la regadera, grita a Ángeles que desinfecte cada pieza de la compra. Hay suficiente Lysol en la despensa para cubrir a un ejército; prácticamente se gastó su primera quincena de Abril en esa reserva, a sabiendas de que la cuarentena se prolongaría. Un triunfo entre tantas derrotas.

De pronto, su hijo Emilio, de seis años, se introduce desnudo a su lado, riendo y con un juguete de plástico en cada mano. Eladio está a punto de caer de espaldas ante esa irrupción aterradora, pero alcanza a sujetarse del toallero. Sin mediar palabra, salta fuera de la ducha y deja al niño asombrado, sin entender qué está pasando. El padre intenta sonreír, pero sólo consigue esbozar una mueca de asco, que despierta las lágrimas del chico. – Mejor báñate tú solito – le dice, sin poder calmarlo. Abandona al niño quien lo ve alejarse entre sollozos y se sacude el exceso de agua como un perro. Por suerte, alcanzó a desprenderse del champú antes de que Emilio lo asediara. Elige una toalla limpia, y tras olerla repetidamente por el contorno, se la aplica como una servilleta en el cuerpo, evitando los ojos y los genitales. Ha leído que por ahí también puede penetrar el virus…no vaya siendo.

Deja su ropa sucia tirada en el suelo, mientras escoge con minuciosidad su vestimenta del día. Prefiere el algodón para sus camisas y camisetas habida cuenta de que retienen menos tiempo el coronavirus; además de ajustarse sus eternos pantalones de mezclilla que, como debe ser, se lavan con detergente todos los días. No hay lugar para descuidos, la procesión de muertes lo dice todo. En casa usa exclusivamente pantuflas (tres pares, todos comprados antes de la pandemia) y si acaso tiene que salir a la puerta para recoger algún encargo, deja los zapatos en la entrada para ser desinfectados. – A mi casa no entra un sólo virión – suele repetir, con ínfulas de conocedor.

Hace unos días, su vecina Rosario tuvo la osadía de pedirle apoyo para que abriera una habitación de su casa donde estaba atrapada su hija, que tiene Síndrome de Down y se encerró por accidente. Eladio lo pensó varias veces, sopesando el atuendo y las precauciones que debía acomodar para tan siniestra eventualidad. Por fin, gracias a todos los santos, regresó su mujer del banco y pudo derivar la responsabilidad en ella. ¡Hubiese sido una temeridad salir de casa y entrar como si nada a ese tugurio contaminado! Por supuesto, roció a su esposa de Lysol a su regreso y le pidió que se diera dos regaderazos (que él mismo supervisó a “sana distancia”) antes de acercarse a los niños o a la mesa para comer. Bien sabe Eladio que toda precaución es insuficiente.

Ahora contempla con horror el hecho de que tiene diarrea (una hamburguesa desinfectada en exceso, seguramente) y tiene que acudir al médico, porque no le toma la llamada. Lo único que le depara tranquilidad es que, igual que él, su gastroenterólogo es bastante obsesivo y cuando lo consultaron por Zoom en Mayo para atender a uno de sus hijos, portaba una careta importada, tenía además googles y cubrebocas KN95 que mantuvo durante la llamada. Eladio se quedó meditando si el virus es tan potente como para replicarse en las ondas electromagnéticas, pero ninguna página en Internet pudo disipar tal duda.

Recién bañado, se coloca los guantes, impregna el teclado de su computadora con aerosol descontaminante y se dispone a trabajar. No se quitará la careta durante toda la videoconferencia, este virus es impredecible y sabe Dios si acecha también detrás de las pantallas.


PD. Termino con unas reflexiones pertinentes a esta dichosa “curva” que hasta ahora no ha mostrado visos de aplanarse. ¿Se han preguntado ustedes, sólo por un momento, lo que significa perder casi mil personas diariamente por una infección que debería controlarse con recursos adecuados? ¿Se han detenido a pensar el impacto social y económico que causa a este país pobre la guerra de bandas de narcotraficantes listos para cobrar diezmos o conquistar territorios? Ningún “abrazo” ni alianza perversa reemplazará jamás a todos esos individuos mutilados, decapitados, enterrados clandestinamente. Jamás, de ninguna manera.
Habitamos un país fragmentado y quebradizo. Por un lado arrastramos una economía endeble, dependiente de importaciones y sujeta a los vaivenes del mercado, con productos fósiles que ya no son rentables; con una población en los márgenes de la pobreza extrema y, ahora, para acabarla de fastidiar, confinada por una enfermedad que mata y empobrece aún más. Pero por el otro lado, somos presa de un gobierno titubeante, que nos pretende convencer de que la retórica y la ficción son alimentos canjeables por fortuna.
Admito que yo, como tantísimos otros conciudadanos, creímos en la apuesta de un cambio, cansados de la corrupción y el nepotismo que arrastraban una interminable sucesión de gobiernos populistas. Puedo comprender que no sea fácil gobernar un país donde la falta de conocimientos básicos y de cultura sanitaria obligan a enderezar el rumbo a cada paso; pero debemos mantener un sentido crítico ante cualquier asomo de arrogancia y complacencia. Requerimos, sin ser del todo desvalidos, algún asomo de protección, dirección y alivio.
Estamos obligados, coterráneos míos, a dejar el gusto por las redes sociales y la información sin fondo. Estamos exigidos a pensar, retar el discurso prevaleciente e instar que gobierno y expertos en salud coordinen esfuerzos y nos orienten, paso a paso, y no, como parece a todas luces, que basta contar muertos para creer que se hace algo por la patria y el pueblo que la habita.

Alberto A. Palacios Boix
Immunology & Rheumatology
Hospital Ángeles Pedregal



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