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Malsana instancia


By VEME - 06/1/20 10:18 AM




Con la escasa aplicación de pruebas diagnósticas en México (único país que se ha dormido en sus laureles con la llamada “vigilancia centinela”), estamos navegando en un mar de sargazos y arrecifes.  

Se anuncia con estruendo la temporada de lluvias y quizá algunas tardes lavarán los efluvios malignos que ahora nos invaden. Entretanto priva el desconcierto y la inquietud ante la decisión de romper los candados oficiales. 

Las cifras que expone cada noche nuestro zar de la pandemia (como lo denomina la prensa extranjera) no cuadran en sus pomposas diapositivas ni en la desconfianza generalizada. 

En los últimos días de Mayo se han declarado “confirmados” más de tres mil casos por día y cerca de trescientos cincuenta decesos que, como reza el susodicho, no reflejan la verdadera magnitud de la catástrofe que se cierne sobre esta ciudad aglomerada. Incluso lo hemos visto emplear un lenguaje cada vez más rebuscado, que intenta mitigar la obviedad de una curva siempre en ascenso y que se niega a dejarse aplanar. 

La noticias perturbadoras se suceden por igual en razón directa con el carácter recurrente de contagios y de muertes. Permítanme explicarlo: 

No hay certeza en las pruebas serológicas que se preconizan como el supuesto “pasaporte” contra COVID-19, dado que tienen un margen de error que varía del 15 al 50%. Esa tasa de falsos negativos es inaceptable. Mientras no tengamos  pruebas confiables que detecten anticuerpos IgG en cantidad abundante (similar a lo que se hace con Citomegalovirus o EBV) a la par que una IgM negativa o desdeñable, tales pruebas son una moneda al aire. 

Además, con la escasa aplicación de pruebas diagnósticas en México (único país que se ha dormido en sus laureles con la llamada “vigilancia centinela”), estamos navegando en un mar de sargazos y arrecifes.  No sabemos quiénes ni cuántos están infectados a nuestro derredor y el filtro con el que le hacemos frente a la epidemia es un magro pedazo de tela, guantes desechables y nuestra cortina de ingenuidad.

Estamos hartos de conocer y repetir los síntomas tan dispares que caracterizan  esta nueva enfermedad. Pareciera que no respeta géneros, edades, credos o fronteras, y que donde se asienta promueve ruina y desolación. Han sido meses de obsesivo seguimiento a un enemigo implacable cuyo rostro se nos escapa pero que sabemos que nos amenaza desde cualquier rincón, hagamos lo que hagamos.

La perspectiva de una vacuna de aplicación global se ve todavía muy distante. Eso pese a que compañías como Pfizer, CureVac, Inovio y Novavax, entre otras, han lanzado sus campanas al vuelo y la prometen para Octubre. Más aún, los inicuos gobiernos de Estados Unidos e Inglaterra se han declarado abiertamente contrarios a la distribución universal de una vacuna eficiente. Dicho en breve, les interesan mucho más las ganancias millonarias que obtendrán de sus industrias farmacéuticas que las vidas que podrían salvar. Es decir, no han aprendido nada de esta crisis y, por el contrario, vuelven a mostrar los dientes y su voracidad. 

Azuzados por la debacle económica, numerosos gobiernos están abriendo puertas y ventanas para reactivar la producción y el comercio. El nuestro es uno de ellos, pese a la gama de colores oscuros que entintan sus mapas sanitarios cada noche. En buena medida, eso equivale a favorecer una “inmunidad de rebaño” velada, porque todos los que estaban confinados en burbujas higiénicas se irán infectando paso a paso. Los ejemplos abundan: si más gente se expone, es obvio que más gente se infectará. 

Aunque se ha repetido hasta el hastío que ésta es una viremia bastante inocua, las personas susceptibles la pasan muy mal. En mi propia práctica, los enfermos acuden con una hipoxia silenciosa (entre 65 y 80 por oximetría de pulso), abatidos sí, pero notoriamente íntegros. Sorprende que llegan con taquicardia más que otros datos de compromiso cardiopulmonar y sus pulmones se muestran repletos de lesiones neumoníticas. La exploración revela invariablemente abundantes estertores, algunas sibilancias y un estado de fatiga muy conspicuo. Atendiendo a los conocimientos fisiopatológicos de esta nueva enfermedad y en ausencia de Remdesivir para la mayoría de los pacientes ambulatorios, el manejo óptimo que he implementado es anticoagularlos, suplementar su oxigenación al máximo, corregir las anomalías metabólicas subyacentes y cruzar los dedos. 

Esta es buena parte de la realidad cotidiana de quienes habitan las franjas marginadas de nuestra sociedad. No pueden pagar medicina privada, carecen de seguridad social y los pocos hospitales que podrían recibirlos a un costo asequible están saturados. Lo que resta es encomendarse a sus santos, a la suerte de llegar a tiempo y a la pericia de alguno de nosotros dispuestos a ayudarlos.

Por supuesto, están rodeados de agonía. Uno de mis pacientes me comentaba cómo han fallecido en su calle cuatro personas de distinta edad, sin atención médica y contaminando profusamente su entorno. En esos parajes las cifras no importan, las medidas o estadísticas que presume el gobierno son irrelevantes: la muerte acecha y toca cualquier puerta, a cualquier hora. 

Tal como ha escrito con lucidez la Dra. Rachel Clarke: “La verdadera métrica del éxito frente a esta pandemia es el número de muertes que se pueden prevenir. El objetivo de nuestra respuesta al COVID-19 no es el aplanamiento de curvas, realzar las noticias o publicar flamantes encabezados, proteger los sistemas sanitarios o inventar ecuaciones matemáticas sin sentido: es y debe ser la prevención de fallecimientos innecesarios”.

No puedo mostrarme indiferente a la apertura gradual que se anticipa este primer día de Junio. Afirmar que los sectores de construcción, minería y producción se van a reactivar manteniendo como por arte de magia al coronavirus en la banca es riesgoso e irresponsable. Todos los virus – desde el origen de los tiempos – se trasladan y replican de sujeto en sujeto. Requieren células, receptores y flujos orgánicos para subsistir. Parasitan, esa es su razón de ser y reproducirse. Son inherentes a la vida misma y compiten con sus hospederos para prevalecer. De ahí que es totalmente iluso suponer que si vamos saliendo a la calle en pequeños grupos (lo cual está por verse), el SARS-CoV-2 se quedará esperando hasta que le den luz verde.

No deberá sorprendernos que haya un repunte de casos, sobre todo en las zonas y pueblos menos favorecidos por nuestra injusta herencia de despilfarro y corrupción. Me resulta inaceptable que tengamos que afrontar la muerte de ancianos, diabéticos y enfermos inmunosuprimidos para darle gusto a las estadísticas y a la economía de mercado. Eso se llama eugenesia o “limpieza racial”, y los ejemplos históricos de la Alemania Nazi, Ruanda y los Balcanes no le otorgan ningún prestigio.

De modo que estamos ante una disyuntiva: apoyamos a un gobierno miope, que se satisface con sus propios datos aunque nos atragante al resto, o nos rebelamos, nos mantenemos a distancia y bien protegidos, expresamos nuestro desacuerdo con medidas gestadas al vapor y exigimos que sean los expertos (como en la Grecia Antigua que fundó la democracia) quienes definan el cómo y el cuándo para declarar inofensiva a esta pandemia.

Recordemos que no hay vacuna, que los pocos medicamentos que se han comprobado como útiles, lo han sido solamente de manera marginal, y que si un enfermo avanza hacia la hipoxemia grave – con ahogo y desesperación –, sus posibilidades de supervivencia se agotan rápidamente.

Porqué exponernos entonces? El nuestro es un país pobre, aunque haya un puñado de millonarios que en esta crisis han permanecido en abyecto silencio. Aquí prevalece el hambre y el desempleo; ésa es la norma, no la excepción. Si vamos a vencer juntos a este nuevo virus, será porque nos cuidemos, porque mantengamos a nuestros viejos y enfermos confinados y alejados del peligro, a nuestros niños limpios y jugando a distancia, así como nuestra conciencia crítica despierta y en estado de alerta. Créanme, no podremos evitar que el tráfico se incremente a partir de hoy, que los comercios abran sus locales desafiando los contagios y que aquellos que se creen invulnerables declaren que ya domamos la epidemia.

Como médico de enfermedades crónicas, yo permanezco en guardia en la segunda línea de defensa. Mi obligación es armarme contra el enemigo y resistir. Por eso me parece irresponsable el aire triunfalista que nos pretenden inculcar: COVID-19 llegó para quedarse y más vale que seamos prudentes y solidarios, porque su misión es aniquilarnos si nos descuidamos.

PD. Un estudio publicado hace tres días por un sólido grupo de epidemiólogos de Suiza y Canadá, hecho a escala global, demuestra que el clima y la humedad no influyen en la diseminación pero sí el cierre de escuelas y el distanciamiento social. Los autores proponen tener mucha precaución antes de levantar las medidas de confinamiento y de algún modo auguran una segunda oleada de contagios a nivel mundial.

Alberto P Boix



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