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Las historias detrás del relieve de Santiago en Tlatelolco


By VEME - 01/15/21 10:39 AM




La fiesta de Santiago se celebra el 25 de julio en los numerosos templos que fueron realizados en su honor en España, América y los territorios en los que la figura y culto de este santo aún sigue presente. Aprovechando esta fecha, el pasado 26 de julio el Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM organizó un Fandango en la Iglesia de Santiago Tlatelolco que tuvo como motivo integrar al museo a la comunidad de esta Iglesia a partir de una actividad cultural que fomentó la participación de la comunidad y buscó acercarla a la trayectoria cultural de este sitio. Este evento estuvo integrado por conferencias, un taller de zapateado y una presentación musical y convivio que fue bien recibido entre los asistentes.

Como parte de las actividades del Fandango organizado en la Iglesia, tuve la oportunidad de compartirle a la comunidad la historia y devenir de uno de los objetos más relevantes a nivel histórico y artístico que resguarda el templo de Santiago Tlatelolco. Se trata de un relieve en madera del siglo XVII de grandes dimensiones localizado en el ábside que representa a Santiago guerrero montando a caballo. A los pies del caballo y a sus costados se encuentran representados indígenas y españoles.

Antes que nada, este importante relieve -que es único en su tipo- se localiza en un sitio con un fuerte peso histórico anclado en el pasado y presente de nuestro país por lo que vale la pena hablar brevemente de la Iglesia antes de abordar en detalle el Santiago de Tlatelolco que es comúnmente conocido como “Mataindios”.

La importancia de Tlatelolco se remonta a la época prehispánica, ya que fue un importante centro comercial y político con su célebre tianguis.[1] Posteriormente, en la conquista ocupó un lugar papel preponderante, ya que fue el último reducto en donde se enfrentaron españoles e indígenas en la zona de Tenochtitlan. De manera paralela, Tlatelolco es también fundamental para la historia contemporánea de México.

Dada la época en la que el relieve de Santiago fue fabricado, me centraré en analizar la historia de Tlatelolco referente al período virreinal. La orden religiosa franciscana, que fue la primera orden en llegar a la entonces Nueva España, se estableció en Tlatelolco dedicándole la fundación a Santiago.[2] De forma paralela, aquí se estableció en 1536 el conocido Imperial Colegio de la Santa Cruz destinado a la enseñanza de indígenas, el cual fue frecuentado por los indígenas nobles de la zona y tenía un muy alto nivel de enseñanza impartida por los frailes y posteriormente por indígenas. Se les enseñaba español, latín, conocimientos de oficios, doctrina cristiana y gramática, entre otros. Una de las ideas iniciales -que nunca se concretaría debido a las numerosas oposiciones- era la fundación de un sacerdocio indígena. Debido a numerosos problemas políticos, el Colegio dejó de funcionar a mediados del siglo XVII; sin embargo, antes de esto tuvo varias épocas de crisis económicas y políticas.

Primeramente, los franciscanos instalaron en Tlatelolco una humilde capilla que fue sustituida en 1540[3] y nuevamente en el siglo XVII por el templo actual. Se tiene noticia de que la Iglesia y el retablo fueron dedicados en 1610 y la Iglesia fue abierta en el día en que se celebra a Santiago.[4] Posteriormente, debido a la ley de nacionalización de los bienes del clero, en 1861 la Iglesia fue cerrada al culto y fue ocupada como bodega de aduanas y el edificio fue destinado como cuartel lo que ocasionó un gran deterioro en todo el interior y la desintegración de sus pinturas, esculturas y retablos. Al pasar de los años Manuel Toussaint, un importante investigador, se encargó de referir su gran valor histórico por lo que se declaró a Tlatelolco como Patrimonio Cultural en 1931 y la Iglesia fue reabierta al culto en 1945.

Del templo original de Santiago Tlatelolco finalizado en 1610 prácticamente solo sobrevive la pintura de San Cristóbal pintada en uno de sus muros y el relieve de Santiago que formaba parte central del retablo principal. Sin embargo, se sabe que había otras pinturas e importantes representaciones hoy desaparecidas.

La única fuente visual conservada hoy en día que permite apreciar la posible apariencia original de este retablo es una litografía del siglo XIX. Al igual que diversas obras que se iban adecuando al gusto e ideología de cada época, el retablo fue repintado a mediados del siglo XVIII.[5] Es por esto que, en el mejor de los casos, la litografía del siglo XIX reproduce una apariencia posterior del retablo original.[6]

En la litografía se apreciaban en sentido horizontal cuatro cuerpos y un remate y en sentido vertical contaba con ocho calles. Entre otras pinturas había un patrocinio de San Francisco con donantes, el Padre Eterno y un Calvario. Se cree que el retablo también contaba con pinturas del célebre pintor español Echave Orio, de las cuales solo sobreviven dos de las catorce que posiblemente formaban parte del retablo gracias a que Bernardo Couto decidió trasladarlas a la Academia en el siglo XIX  y sustituir las que estaban en la Iglesia por copias.

Como he mencionado, el relieve de Santiago que es conocido como “Santiago Mataindios” formaba parte de este importante retablo. Esta obra tiene una gran importancia al haber sobrevivido íntegra el paso del tiempo. Incluso, muchos años fue resguardada en la Iglesia de san Francisco y se regresó de nuevo a la Iglesia de Tlatelolco alrededor de 1950 cuando ésta fue reabierta al culto. A nivel de manufactura y de técnica el relieve también es de gran maestría dados los estofados y dimensiones que tiene y a nivel iconográfico, es decir el tipo de imagen que se presenta, es única en su tipo por lo que ha sido estudiada por una gran cantidad de investigadores tanto en México como en el extranjero.

Ahora bien, ¿Quién es Santiago? Y ¿Por qué está representado de esta manera en el relieve de Tlatelolco? Santiago es un santo que tiene diversas advocaciones y atributos que han ido cambiando y se han ido construyendo a lo largo de la historia. Antes que nada, Santiago el mayor fue uno de los doce apóstoles. En este sentido, como apóstol se cuenta con narraciones que afirman que predicó en España y murió en un martirio en Jerusalén. Posteriormente, sus discípulos trasladaron sus restos de regreso a la zona de Galicia en España, donde en el siglo IX fue descubierta su osamenta cerca de Santiago de Compostela dando origen a la vasta red de peregrinaciones que iniciaron en la Edad Media y se mantienen hasta hoy en día.

El Santiago relacionado con el de Tlatelolco es el Santiago guerrero originado a partir de las invasiones de los moros a España, las cuales iniciaron en el siglo VIII y duraron varios siglos. En el entorno de las imágenes, es a partir del siglo XIII cuando Santiago se representó montado sobre un caballo como un guerrero de la fe católica que, de manera milagrosa, intervenía a favor de los españoles en sus luchas contra los moros. Dentro de las primeras representaciones de este tipo está el Santiago de la Catedral de Compostela, que todavía no tiene moros a sus pies, el de un documento llamado Tumbo B y una portada en una Iglesia de Portugal que ya presenta moros a los pies de Santiago en la versión conocida como “Matamoros”.

Este tipo de representación se mantuvo con variantes por diversos años hasta que, con la llegada de los reyes católicos – la cual se dio paralelamente al descubrimiento de América- se intensificó la presencia de Santiago como un símbolo unificador de España y como una figura del Estado que los protegería ante cualquier adversidad y ante los infieles.

Dentro de este contexto Santiago llega a América y a la entonces Nueva España y ,dadas las condiciones de conquista, se retomó su figura guerrera y protectora trasladando y adaptando la mentalidad medieval española a este nuevo contexto. De esta manera, durante los primeros años de la conquista, se nombraron ciudades, conventos e iglesias en su honor en toda América y en la Nueva España  tales como Santiago Tlatelolco, Santiago de Colima, Santiago de Querétaro o Santiago de Monclova. De forma paralela, se cuenta con quince narraciones de sus intervenciones milagrosas a favor de los españoles -tomando como referencia las veinte intervenciones que tuvo en la llamada Reconquista-.

Dadas las características del santo, entre las que resalta el hecho de que  montaba a caballo –animal desconocido para el indígena- y tenía un aspecto guerrero y poderoso que a la vez era protector; poco a poco los indígenas también lo fueron adaptando como su propio santo patrono y era popular entre ellos. Es por esto que también se conservan algunas narraciones en las que Santiago intervenía a favor de los indígenas. Paralelamente, las fiestas, representaciones teatrales y danzas en su honor tenían gran éxito entre la comunidad indígena.  

En el ámbito de las imágenes, en la Nueva España proliferó la representación de Santiago como guerrero en pinturas, esculturas y relieves; aunque también se le representó como apóstol y peregrino.  En Nueva España se incluyeron frecuentemente moros a los pies de Santiago –en la mayoría de los casos ha desaparecido este elemento- y solo hay tres casos registrados con representaciones indígenas relacionadas con la iconografía de Santiago: el caso de Tlatelolco, una pintura de Oaxaca del siglo XVIII y una escultura ubicada en Santa María Chiconautla, Ecatepec del siglo XVII.

El relieve de Tlatelolco es conocido como “Mataindios” debido a que Francisco de la Maza, un investigador importante de arte colonial, lo describió así en un artículo que escribió en los años 50 poco después de que el relieve regresó a Tlatelolco. Sin embargo, en la época colonial no se tituló así a ninguna representación de Santiago ni se utilizó este término. De acuerdo a esto resulta importante hablar un poco sobre la historia y significados de esta imagen dentro de su contexto particular.

En primer lugar, se ha atribuido su autoría a un indígena llamado “Miguel Mauricio debido a algunas palabras de fray Juan de Torquemada quien en su Monarquía Indiana expresó:

“Hai en esta parcialidad de Santiago (entre otros) uno, que ninguno de los nuestros le hace ventaja, y él excede a muchos: llamase Miguel Mauricio, de mucho y delicado ingenio; con el cual, y con otros, que digo haber en esta parte de la ciudad, hice el retablo de este santo pueblo, que edifiqué en ella, que es una de las mejores cosas de este reyno”.[7]

            A partir de dichas referencias, se ha venido atribuyendo el relieve a un indígena. Dados los estudios que se han realizado sobre la imagen es posible suponer que un importante fraile franciscano como podría ser fray Juan de Torquemada -posiblemente en común acuerdo con otros frailes- concibió la temática general del retablo. Torquemada llegó a corta edad a la Nueva España y era muy estudioso y conocedor del náhuatl. Escribió importantes crónicas de la Nueva España y fue una figura fundamental de la orden franciscana supervisando proyectos. Incluso, fue administrador del Colegio de Tlatelolco por lo que tuvo relación cercana con los indígenas de ahí.

Sin embargo, también pudieron tener una importante participación en la temática del relieve los indígenas nobles y educados que frecuentaban el Colegio y la Iglesia. A su vez, no cabe descartar el papel del escultor mismo, ya que hay una lectura del relieve que solo es posible realizar a partir de un conocimiento de la tradición pictográfica prehispánica.[8]

            En cuanto a su estilo, en el relieve se mantienen similitudes con grabados y modelos europeos. Sin embargo, resulta interesante que la disposición y características de los personajes que se encuentran a sus pies, en cambio, remite a representaciones prehispánicas que es posible apreciar en códices precolombinos. En particular, en la pictografía prehispánica la representación de cuerpos segmentados aludían a sacrificio ritual (y no a derrota). Por ello, funcionaron para hacer alusión al inicio de un nuevo ciclo.[9] Es decir, que en este relieve se otorga un sentido distinto al que tenían los tradicionales moros dispuestos a los pies de Santiago.

            Por otra parte, cabe traer a cuento una referencia mencionada por Barlow sobre la existencia de una pintura mural en el templo en la que se representaba la lucha entre españoles e indígenas y la aparición milagrosa de la Virgen y Santiago. A la vez, en estas pinturas se describía visualmente la forma en que un guerrero texcocano o tlaxcalteca rescató a Cortés de un combate.[10]

            A partir de lo anterior resulta factible analizar la identidad de cada uno de los indígenas representados en el relieve si tomamos en cuenta las coincidencias entre este relieve y las descripciones ya mencionadas. Dichas descripciones confirman que, más allá que ser una representación genérica, es posible que se trate de una escena en la que conviven diversos grupos de indígenas. Al observar la pieza queda claro que Santiago no está enfrentando a todos los indígenas sino a los que se encuentran debajo del caballo, que pueden ser identificados como tlatelolcas-mexicas. Cabe recordar que al lado del jinete se encuentra un caballero que ha sido identificado por Patricia Díaz Cayeros, [11] como -quizá- un aliado guerrero tlaxcalteca. Sin embargo, con base en las fuentes de la época y en las referencias a la pintura mural que posiblemente existía en Tlatelolco recién apuntadas, también podría tratarse de texcocanos. En cualquier caso, el guerrero que se encuentra de pie a su lado es un aliado en la lucha -por supuesto de jerarquía menor – y no un enemigo.

            El Santiago de Tlatelolco fue entonces en su tiempo una imagen que busco expresar la evangelización y el papel de Santiago como protector de la fe, incluyendo también ciertas representaciones de tipo indígena en las que se le dio un nuevo significado a esta imagen. Es importante resaltar que el tipo iconográfico del Santiago de Tlatelolco no ha sido localizado en otros casos, pues las otras dos representaciones de indígenas que se encuentran junto a Santiago no los retratan en una batalla, sino que los retratan de pie y ataviados con símbolos que denotan su linaje.

La falta de más imágenes de este tipo se deba posiblemente a que esta iconografía no fue muy exitosa en su tiempo y también responde a que fue creada durante una etapa inicial del encuentro de las culturas en un enclave con un peso histórico y donde se conjugaron actores españoles e indígenas que pudieron haber ideado o adaptado esta iconografía de acuerdo a sus fines. Posteriormente, en la Nueva España más bien se retomó al Santiago guerrero –con o sin moros debajo del caballo- como una figura protectora y poderosa sobre todo entre los indígenas. En estos tiempos tanto el Santiago Matamoros en España como este relieve resulta un registro histórico que, sin embargo, no tiene que ver con la devoción actual del santo y con los ideales que pregona nuestra sociedad actual. 

La importancia de Santiago en Tlatelolco la vemos también en un cuadro  del siglo XVIII en el que se representa una de las procesiones que se organizaban en su honor en esta zona. Es decir, que más allá de la imagen del relieve de Santiago, existía todo un culto a Santiago en Tlatelolco y en la Nueva España que fue muy popular y que tuvo muchas variantes, festejos y danzas. Es por esto que es posible percibir al relieve como un testimonio histórico con un alto valor técnico que retrata una pequeña faceta del culto e imágenes que se desarrollaron en torno a Santiago y a una gran variedad de santos en la Nueva España.

Constanza Ontiveros Valdés para ApapachoGallery


[1] Los estudios sobre Tlatelolco antes y después del 68 adquirieron un cariz e importancia diferente. Otro evento que influyó en la conformación de la historia de Tlatelolco fue el temblor de 1985 en el que, en la unidad habitacional Nonoalco-Tlatelolco, colapsaron una gran cantidad de edificios provocando muchas muertes.

[2] A partir de 1534 les fue concedido un permiso real para administrar una parroquia de indios y un templo conventual. Véase Elisa Vargaslugo, El Claustro Franciscano de Tlatelolco, op. cit; pp. 8-50.

[3] Véase Gabriela Guinea Trigo, Tlatelolco: La Iglesia de Santiago, tesis para la licenciatura en Historia del Arte, Universidad Iberoamericana, México, 1977, pp. 50-57.

[4] Y entonces llegó nuestro querido padre fray Juan de Torquemada, guardián aquí en el convento de Santiago […] Y el terminó esta iglesia del convento en Santiago Tlatelolco […] Y cuando ya estuvo puesto, enseguida también comenzó el retablo máximo […]  1610.3 técpatl […] fue cuando se terminó el templo … Robert Barlow. Tlatelolco: Fuentes e Historia II, INAH-UDLA, México, 1989, p. 398. Tomado de: Fragmentos de los Anales e Tlatelolco y México no.1 (1519-1633) de la Colección de Anales de México y sus contornos (1603-1610).

[5] Véase Manuel Ramírez Aparicio, Los Conventos Suprimidos en México, México, 1908, pp. 180-195.

[6] Para estudiar el retablo también se toman como referencia los comentarios sobre el retablo original. Uno de ellos es la descripción sobre su ornamentación efectuada por fray Agustín de Vetancurt: “Es de bóvedas hornacinas con un crucero muy hermoso y de los mejores del reino: el retablo es de todo costo y primor, cuyas imágenes de talla admiran a los maestros. Tiene muchos altares y retablos costosos y curiosamente fabricados”. Fray Agustín de Vetancurt, Teatro Mexicano III. Crónica de la provincia del Santo Evangelio de México, Porrúa, 1982, p. 208.

[7] Fray Juan de Torquemada, Monarquía Indiana, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, México, 1977, p. 254.

[8] Véase Patricia Díaz Cayeros, “Santiago Mataindios” en Revelaciones. Las Artes en América Latina, 1492-1820, México, Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 269.

[9] Véase Patricia Díaz Cayeros, op. cit; p. 269.

[10] Se piensa que esta obra se perdió a más tardar cuando Torquemada volvió a edificar el templo.

[11] Véase Patricia Díaz Cayeros, “Santiago Mataindios”, op. cit; p. 269.



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