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La relación comercial entre México y Estados Unidos bajo Trump o Biden


By VEME - 10/8/20 4:02 PM




Buzos en la diplomacia

Por Gerardo Traslosheros

Hoy en día tanto republicanos como demócratas son altamente proteccionistas, situación que muy posiblemente persistirá en el futuro predecible debido al desgaste sufrido durante el proceso de hiperglobalización que inicia en los años 80 del siglo pasado. Desde fines de los años 80 y comienzos de los 90 los republicanos aún bajo la gran influencia de la revolución pro libre mercado de Ronald Reagan apoyaron la negociación del TLCAN (o NAFTA por sus siglas en español). 

Cuando Bill Clinton resultó electo, impuso dos acuerdos paralelos de cooperación como precondición para implementar el NAFTA, uno en materia laboral y el otro en materia ambiental, para contar con el apoyo de amplios sectores del partido demócrata que se oponían al NAFTA. Dichos acuerdos paralelos no estuvieron sujetos al mecanismo de solución de controversias del NAFTA para hacerse cumplir a cabalidad. 

El impulso a la globalización que siguió al desgaste del intervencionismo estatal excesivo de los años 60 y 70 dio lugar a la Organización Mundial del Comercio (OMC y a una proliferación de acuerdos bilaterales y regionales por todo el mundo lo que persiste hasta la fecha (ver por ejemplo la negociación en curso del acuerdo RCEP entre China, Japón, los miembros de ASEAN, Australia y Nueva Zelandia).

A través de los años el modelo aperturista fue dejando varios pendientes en materia de inclusión, desigualdad, pobreza y medio ambiente que no logró corregir a tiempo, lo que dio lugar a la llegada de gobiernos populistas con una agenda contraria al libre comercio y a la integración económica, como fue la llegada de Donald Trump en Estados Unidos y su abandono del TPP, y el arribo de Boris Johnson en Reino Unido y la consumación del Brexit. En América Latina los gobiernos de izquierda, muchas veces pro-Cuba y Venezuela, han sido contrarios a una integración regional que incluya a Estados Unidos y Canadá, pero han buscado realizarla de manera más bien retórica sin mayores resultados. 

La llegada de López Obrador al poder en el 2018 forma parte de esa reacción contra el modelo aperturista, pero ha debido atenerse a la voluntad del gobierno Trump para llevar una relación pacífica en prácticamente todos los frentes de la relación (como son migración, seguridad y comercio), incluyendo la versión modificada del NAFTA como es el TMEC (USMCA por sus siglas en inglés) que entró en vigor en julio del presente año. 

Sin duda tener un acuerdo como el TMEC es mejor que no tener un acuerdo comercial, a pesar de que el NAFTA haya sido un acuerdo que permitía a un mayor libre comercio. TMEC es un retroceso en varios aspectos como en el comercio automotriz, que ha sido el eje del dinamismo de nuestras exportaciones a Estados Unidos en los últimos 25 años. La existencia de una regla de origen que fija un mínimo salarial de 16 dólares por hora para la elaboración de 40 por ciento de un automóvil es un mal precedente para los acuerdos de libre comercio, pues inhibe el aprovechamiento de ventajas comparativas existentes. Una cláusula así sería imposible que llegara a ser aceptada en la OMC, pero para futuros acuerdos comerciales de Estados Unidos podría ser una exigencia. Cumplir con el mayor contenido regional automotriz del 75 % será complicado y llevará tiempo. Cabe señalar que el cambio tecnológico, acelerado por el Covid 19, impondrá otros modos de transporte ligados a la tecnología 5G, la automatización y la inteligencia artificial lo que podría dejar obsoleto todo este esfuerzo en un tiempo relativamente corto. 

El propósito del gobierno Trump ha sido dificultar si no es que evitar que la inversión directa llegue a México o salga de Estados Unidos en general. Hay que reconocer que la negociación del TMEC fue como jugar en un campo de futbol donde la portería contraria estuvo siempre cuesta arriba. Fue necesario desarrollar toda clase de tácticas defensivas para evitar la debacle y en ese sentido los negociadores del TMEC merecen todo el reconocimiento, pues de un abandono muy probable del NAFTA de parte del gobierno Trump (con todo y las complicaciones jurídicas que ello hubiera tenido) se llegó a un acuerdo que podemos considerar como un segundo mejor. Es de alabar la labor que se desarrolló pues son contadas las áreas donde hubo un retroceso real vis a vis donde se modernizó el acuerdo para hacerlo acorde con el acuerdo transpacífico CPTPP (o CIPAT por sus siglas en español) que es el acuerdo sucesor del TPP (de ahí las cláusulas sobre pymes, comercio digital, anticorrupción, entre otras). 

Además de la regla de origen automotriz, otras áreas de retroceso son el abandono del mecanismo inversionista estado salvo para ciertos sectores clave como infraestructura y energía, y la imposición de un mecanismo expedito en materia de disputas laborales que podrá ser utilizado con fines proteccionistas. Por otro lado, se corrige el mecanismo de solución de diferencias Estado-Estado que había funcionado de manera defectuosa durante el NAFTA. La parte correspondiente a agricultura fue preservada en gran medida. La reforma energética está salvaguardada por el CPTPP y por el TMEC, aunque se piense lo contrario de manera frecuente por el gobierno actual.

Sobre lo laboral, de última hora fue aceptado el mecanismo acelerado de arbitraje que tiene el potencial de frenar las exportaciones mexicanas a nivel empresa y planta cuando se incumple con las disposiciones laborales a las que obliga el acuerdo caso surjan quejas principalmente por la falta de cumplimiento de la libertad sindical y negociación colectiva a las que México se obliga por virtud del TMEC. México debió haber adoptado tales obligaciones en sus leyes y no como imposición del TMEC. El gobierno anterior aceptó tal reforma propuesta por Estados Unidos lo que el nuevo gobierno avaló. 

Por lo anterior, la formación de salarios en México se verá modificada, lo que implicará el abandono de la ventaja comparativa en base a bajos salarios. Esto es algo positivo que debió haber sucedido como resultado de la propia evolución del libre comercio, pero se vio restringido, lo que representa uno de los factores que han impedido la convergencia hacia los niveles de ingreso de nuestros socios comerciales del NAFTA/TMEC como predice la teoría económica. Será necesario buscar nuevas ventajas comparativas a la luz del TMEC y del Covid 19, en áreas más ligadas a la automatización, el desarrollo de la economía digital y las industrias ligadas a la salud y al medio ambiente, lo que será un gran reto para un país que cuenta con un gran sector de la población en la economía informal. 

Los capítulos laborales y ambientales son hoy parte integral del acuerdo TMEC como sucede en el CPTPP. Esto ha sido una evolución para contar con el apoyo de grupos laboristas y ambientalistas, lo que obliga a tomar muy en serio el cumplimiento de dichas disposiciones. 

Una virtud del TMEC/NAFTA es que actúa como un freno efectivo frente a los ímpetus proteccionistas, aunque Trump no parece respetar ningún acuerdo. Es positivo que el gobierno Trump y el gobierno mexicano actual asuman al TMEC como su legado. 

De manera más específica, los retrocesos en materia de energías limpias del actual gobierno pueden significar la violación de disciplinas de inversión, lo que podría ser sumamente costoso para el país bajo los mecanismos arbitrales de Inversionista-Estado, además de que echar reversa en la reforma energética podrá significar un fuerte conflicto con nuestros socios comerciales en el Norteamérica, Europa y Asia. 

El TMEC al final del día es un acuerdo que agrada a los demócratas, quienes lo apoyaron por haber reforzado los apartados ambiental y laboral y por haber incluido el mecanismo expedito arbitral en materia laboral tal como lo exigió Nancy Pelosi y el presidente de la central obrera ligada al partido demócrata, la AFL-CIO.

Si gana Trump en noviembre próximo, una vez ganada la elección (con gran apoyo hispano según estimativas) podríamos esperar un endurecimiento para exigir el cumplimiento del TMEC tanto en materia laboral como de respeto a las inversiones existentes y futuras incluyendo en el área de energías renovables. Un gobierno Trump una vez ganada la elección exigirá un mayor espacio a la participación de las petroleras americanas en el sector de hidrocarburos, lo que el gobierno busca reservar para Pemex contra la reforma energética. Habrá tropiezos en la parte laboral por los casos laborales acumulados.

Si gana Biden, muy posiblemente regresará a su país al Acuerdo de París de lucha contra el cambio climático y habrá una fuerte presión para que México abandone la política centrada en el desarrollo de energía en base a hidrocarburos del presidente AMLO, ya que el combate al cambio climático es una de las prioridades de Joe Biden. Un gobierno Biden será más democrático y más multilateralista, y exigirá mayor compromiso de México en estos ámbitos. La visita del presidente AMLO a Estados Unidos para celebrar la entrada en vigor del TMEC sin haber realizado una visita de cortesía al candidato demócrata en plena elección, podría haber despertado recelos de un posible gobierno demócrata bajo Joe Biden. 

Es muy posible que el triunfo electoral este 3 de noviembre sea de Joe Biden, aunque se avecinan negros nubarrones que pondrán en jaque la democracia estadounidense considerada defectuosa por el sistema de colegio electoral que pasa por encima del voto popular. 



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