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La comunión y la distancia


By VEME - 07/21/20 11:16 AM




  • Gregarios – me dijo, casi en un suspiro -, los seres humanos perecemos en aislamiento. Y con esto accedió a que lo sedaran y al inexorable pronóstico del tubo endotraqueal. 

Había sido mi maestro de Filosofía en un seminario de la universidad pública. Desgarbado, con los anteojos siempre sucios y la barba a medio pelar, pero su erudición excedía los seis idiomas que hablaba con fluidez y el dominio de Wittgenstein y Heidegger, sus mentores ideológicos. 

Se había rehusado a politizar acerca del manejo de esta pandemia, aunque a veces me preguntaba discretamente cómo se veía la metralla desde la trinchera. Era parte de nuestro lenguaje arcano, si bien yo respondía con timidez de pupilo y sin alardear nunca de mis conquistas en el terreno clínico. 

El día que enfermó, adujo, no quiso importunarme. Yo cubría la guardia en Terapia Intermedia y me habría resultado fácil atenderlo y decidir si ameritaba anticoagulación; diabético y fumador empedernido como era. Pero se atravesó el fin de semana y yo estaba exhausto, así que dejé que la batería de mi celular se descargara inadvertidamente. Mayra, mi novia, con quien retomé un vínculo que habíamos postergado por dos décadas e igual número de matrimonios fallidos, me despertó en la madrugada para decirme que mi maestro se estaba ahogando. 

De momento, con el sopor entendí que estaría naufragando en algún mar desconocido, lo cual resultó bastante atinado, considerando la oscuridad que ha traído esta epidemia. Pero mi amada compañera se refería a que no alcanzaba resuello y estaba en su lúgubre departamento, sepultado entre libros y aterrado.
Me vestí como pude con el uniforme quirúrgico de la velada previa y lo trasladé en mi coche al hospital COVID más próximo, temiendo que no llegaríamos al mío, saturado de suyo y sin recursos.
No hacía falta aplicar prueba alguna, el cuadro típico de neumonitis por SARS-CoV-2 se le veía en los ojos y en el tiro intercostal que subyacía a su playera completamente sudada. Lo acompañé impotente hasta la barca de Caronte, me atrevo a decir, incapaz de insuflarle vida o rescatarlo antes de verlo sumergirse en las aguas del Styx.
Me resisto a darles detalles, porque lo quise como un padre y prefiero recordarlo en su lucidez y su exquisito humor negro. Pero quisiera compartirles la última discusión que entablamos en relación al futuro de una sociedad zanjada por distancias; tema que a ambos nos preocupó por distintas razones. Este último semestre integramos un pequeño grupo de alumnos de posgrado, bastante ecléctico por cierto; todos anhelantes de recibir sus enseñanzas, parte de un seminario que tituló, con su habitual insumisión, “Desde el vínculo prístino a la distancia impuesta”.
– El infante – disertaba esa mañana sombría mi maestro – nace sin una percepción integradora de su cuerpo y de su entorno. Es todo sensación y desorden, incapaz de delimitar entre el adentro y el espacio que lo contiene. No se trata de una simple inmadurez de los sentidos, no. Sabemos que huele, escucha (esto se ha verificado in útero) y ve de manera difusa, en tanto su cristalino y su retina van madurando. Pero advierte con bastante nitidez el tacto, de manera pasiva al principio: presión, temperatura, dolor. Y muy gradualmente aprende a discernir sus propios movimientos y las caricias o envolturas que provee su madre. Este sentido del tacto, como pueden apreciar, es multisensorial y le permite al bebé discriminar bastante pronto entre lo placentero y lo desagradable. Un concierto dialéctico que determinará su vida de relación y su experiencia estética en diversas vertientes hasta la edad adulta.
La mayoría de sus alumnos lo atendíamos hipnotizados, pensando inevitablemente en nuestras propias experiencias subjetivas y, aquellos que ya éramos madres o padres, en las vicisitudes perceptivas de nuestros vástagos.
– Permítanse reflexionar – continuó, una invitación muy suya – qué relevante es el momento existencial en que el lactante da cuenta del seno materno como proveedor de vida y de sustento. Cómo lo dimensiona al principio como una entidad propia, indiferenciada de sus labios (erógenos al fin), su propia succión y el placer que le brinda la distensión de su cámara gástrica con la subsecuente saciedad y sosiego. Se pueden dar idea del lenguaje precario que se establece ahí mismo, entre el objeto de deseo y la dimensión subjetiva del goce o una supuesta plenitud.
A mi lado, Nelly, una investigadora en comunicación, recién llegada de Cali y de una belleza rotunda, no se permitía parpadear. Mientras Cristóbal, bisoño filósofo sentado junto a ella, hacía esfuerzos indecibles para arrebatar su atención.
– Qué hay del “famoso estadio del espejo”? – preguntó a salto de mata un doctor en psicología, que a todos nos resultó imprudente.
– Paciencia, don Roberto – lo contuvo sarcásticamente nuestro maestro. – Está usted brincándose varios años de conocimiento. Conforme madura la percepción sensorial, es decir, en tanto la visión se hace más nítida, los oídos advierten distancias y timbres, el gusto distingue sabores y sinsabores (suelta aquí una risotada) y el tacto va delineando los contornos y los huecos, nuestro bebé advierte qué hay diferencia entre el pecho y su propia configuración un tanto amorfa. Tengan presente que aún no hay imagen, no hay reflejo ni reflexión (en este punto, lanza una mirada aguda al petulante de Roberto). Esto ocurre en paralelo a esa trascendental impronta, la muy peculiar experiencia de discriminar entre el placer de pegarse al pezón y recibir el calor del líquido vital, en agudo contraste con la sensación de hambre, “dolor de tripas” y separación de la madre (léase pecho bueno y pecho malo, para aludir a los autores Kleinianos que denostaron la Psicología del Yo). Luz y oscuridad, cielo e infierno, placer y displacer, quod erat demonstrandum. Si me permiten tal alegoría…
– No entendí, maestro – interrumpió Nelly, para beneplácito de todo el cortejo masculino.
– No importa tanto, maestra – le respondió con deferencia -, lo relevante es que el lactante establece a partir de este proceso una diferenciación con su proveedora y eso articula, de manera aún primitiva por supuesto, la noción de otredad, la experiencia de la apropiación perceptiva. ¿Le queda a usted más claro?
– Creo que sí, maestro. Gracias. – replicó ella, ante un Cristóbal que parecía derretirse.
– Bien, continuemos – lo noté cansado, si bien absorto en su papel de didacta. – Estamos ante la formación del sujeto, aunque esta noción, como adjudicación subjetiva en sí, no se verificará sino en la lactancia tardía, cuando el niño o la niña se saben separados de su madre, con toda la tragedia y la conciencia que eso acarrea. Una negociación compleja, porque implica el abandono, la desolación y la pérdida, pese a que a cambio se adquiera la identidad. Con todo lo anterior, se percatarán ustedes de lo traumático que resulta este distanciamiento que pretenden imponernos para evitar contagios. ¿Qué será de la ternura? ¿Cómo expresar afecto sin rozarnos, sin caricias, ósculos o efluvios? ¿Qué quedará de nosotros detrás de esas máscaras, caretas y artificios?
Nos tomó por sorpresa. Yo había depositado mi cubrebocas sobre el escritorio y me cuidaba de mantener un metro y medio respecto de mis contertulios. Me giré a revisar la disposición que guardábamos, bajo la mirada escrutadora de mi maestro, y pude constatar que, salvo el enamorado de Cristóbal, todos manteníamos una “malsana distancia”.
– ¿Se dan cuenta? – insistió. – Nos están proponiendo que dejemos de acercarnos, de tocarnos; en suma, de querernos y protegernos. Todo por esa paranoia al contagio de una infección que, salvo en casos vulnerables, se caracteriza por una gripe violenta, una diarrea transitoria o la pérdida del olfato.

– Supongo que tendremos que aprender a coexistir con más prudencia – me atreví a interceder, bajo su mirada hosca. – La intimidad se guardará en casa pero también será patrimonio de los más aventurados: los jóvenes, los atletas, los poetas y los temerarios. Que casi son equivalentes…
Mis compañeros me voltearon a ver al unísono, asombrados de mi insolencia. Halagado y ufano, continué:
– Piense usted que la memoria colectiva es efímera, maestro. Otras plagas así lo han constatado. Nos necesitamos, somos seres sociales por antonomasia, y ese tacto al que usted se refería es indispensable para crecer y madurar desde una amplia perspectiva neurosensorial. Pero también tendremos que apelar a formas de expresión que no inciten al pánico o a la regresión. Si me permite, quiero relatarles un experimento notable que hizo la Universidad de Miami hace unos quince años.
– Adelante – sentenció, resignado a mi osadía.
– Gracias. Resulta que en varios hospitales dependientes de esa universidad decidieron pedirle a varios ancianos (que suelen terminar sus vidas en aquel saludable clima) que invirtieran sus noches de insomnio en acariciar a los bebés prematuros que tenían en incubadoras. Fue un hallazgo maravilloso, que no sé si se ha replicado en otras latitudes. Todos los bebés prematuros maduraron mucho más rápido y con menos contratiempos físicos que sus pares sometidos a tratamiento convencional. A mi me parece que es una prueba inobjetable de la continuidad de la vida, incluso de la inmortalidad del afecto como un legado de especie.
– Muy atinado – profirió mi mentor, claramente conmovido. En resumen…- afirmó al tiempo que encendía su pipa, presto a aventurar una conclusión al seminario. Había emergido tímidamente el sol y los cristales aparecían empañados, con largas gotas que se disipaban hasta el suelo. Tosió un par de veces, que hicieron eco a los cuatro vientos y, tras retomar el habla, pareció adquirir un nuevo brío.

  • A mi juicio tendremos que renunciar a la cercanía habitual y a la interacción con extraños, que suele ser un inquietante aprendizaje. Nos confinarán a espacios más cerrados, a conductas fóbicas e incluso delirantes. Me preocupa en especial la psicopatología que derivará de ese alejamiento, de este confinamiento aterrorizado. Como bien sugieres, habrá quien proteste y se oponga a tales restricciones, pero tendremos que estar atentos a las sutiles políticas dictatoriales que parecen emanar de este miedo colectivo. Los ejemplos abundan: Animal Farm de Orwell, los “mundos felices” de Huxley o Le Clézio, y tantas otras distopias literarias o cinematográficas que auguran una catástrofe de proporciones irreversibles. ¿Es esto lo que nos quieren infundir? ¿Son los medios cómplices de esta nueva vigencia de la paranoia en todos los órdenes?

Me miró directamente a los ojos y agregó con diligencia: – No estoy sugiriendo que se descuiden o diseminen este coronavirus como entes irracionales, de ninguna manera. Pero quiero que mediten con calma y lejos del alarmismo de sus redes sociales (nunca serán mías) o de las noticias de diverso tinte, si están dispuestos a sacrificar el amor por la autopreservación. En una palabra, volcarse al narcisismo abyecto para desechar la dulzura, el silencio compartido o el erotismo.
No esperaba una respuesta, y no la hubo. Fue en todo caso un testimonio para dejarnos cabizbajos, pensando en el futuro y comprometidos con la idea de subvertir la realidad y el autoritarismo.
Esa noche, a pesar de mi fatiga, Mayra y yo hicimos el amor como si nos acabásemos de conocer, ávidos de piel y de sueños compartidos, sin saber bien a bien que nos movía; acaso la pasión o la ternura. Tal vez la convicción de que no hay mañana sin presente.

Algunas sugerencias bibliográficas:

Ackermann, Diane. A natural history of the senses. Vintage, New York 1991.

Benjamin, Jessica. The bonds of love: psychoanalysis, feminism, and the problem of domination. Pantheon Books, New York 1988.

Bermúdez, J.L., A.J. Marcel, and N. Eilan, 1995, The Body and the Self, Cambridge, MA: MIT Press.

Brownell, C.A., Zerwas, S., and Ramani, G.B. “So big”: the development of body self-awareness in toddlers. Published in final edited form as: Child Dev. 2007 Sep-Oct; 78(5): 1426–1440. doi: 10.1111/j.1467-8624.2007.01075.x

De Vignemont, F., 2007a, “Habeas Corpus: The Sense of Ownership of One’s Own Body”, Mind & Language, 22(4): 427–449.

Gallace, A. and C. Spence, 2014, In touch with the future: The sense of touch from cognitive neuroscience to virtual reality, Oxford: Oxford University Press.

Korsmeyer, C., 2018, “A Tour of the Senses”, The British Journal of Aesthetics 59(4): 357–371.

Lacan, Jacques. El estadio del espejo como formador de la función del Yo (Je) tal como se nos revela en la práctica psicoanalítica. En: Écrits: the first complete edition in English (traducida por Bruce Fink). W.W. Norton & company, New York 2007.

Lear, Jonathan. Love and its place in nature: a philosophical interpretation of Freudian psychoanalysis. Yale University Press, New Haven, CT. 1999

Marmodoro, A., 2014, Aristotle on Perceiving Objects, New York: Oxford University Press.

Schwenkler, J., 2011, “The Objects of Bodily Awareness”, Philosophical Studies, 162(2): 465–472.

Verhaeghe, Paul. Love in a time of loneliness. Routledge, Abingdon, UK 2019.

Alberto A. Palacios Boix
Immunology & Rheumatology
Hospital Ángeles Pedregal
[email protected]



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