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La Ciudad de México ¿está muerta? claro que no; ni siquiera está dormida


By VEME - 08/20/20 10:33 AM




NY is dead forever

Amo Nueva York. Cuando me mudé por primera vez a Nueva York, fue un sueño hecho realidad. Cada rincón era como una producción teatral que se desarrollaba frente a mí. Tanta personalidad, tantas historias. Escribe James Altucher autor, propietario de un club de comedia.

NYC nunca ha estado cerrada (casi) durante cinco meses. No en una pandemia, guerra, crisis financiera, nunca. En medio de la epidemia de polio, cuando los niños pequeños (incluida mi madre) estaban paralizados o muriendo (mi madre terminó con una pierna mala), Nueva York no pasó por esto. Continúa Altucher.

Y aunque se me hace una visión un tanto pesimista, quizá por lo mismo. Por pasar 5 meses de encierro y ver cómo la ciudad se ha ido medio vaciando, se llegue a una conclusión así. Sí muchos se han ido a sus estados natales, a sus rincones del mundo. Y me pregunto, la Ciudad de México, ¿está muerta? mi ciudad ¿se ha vaciado? Claro que no; ni siquiera está dormida.

La Ciudad de México es todas las ciudades del mundo en una. Hay aproximadamente 25 mil calles, distribuidas en unas 2,150 colonias. Es centro financiero, el Centro Histórico, barrios coloniales, barrios marginales, barrios hipsters. El albur, las leyendas y el chascarrillo han permeado los nombres de las calles de la ciudad. Está la Calle de la Amargura, en Coyoacán; Diablotitla en Tlalpan.

Es un ejercicio de resistencia vivir aquí que se prolonga hoy más. Si hemos sobrevivido terremotos, la delincuencia, las inundaciones, la contaminación, el tráfico… Que no sobrevivamos a una pandemia, me dice el del pan.

Hay barrios que duermen, La Condesa, La Roma, Polanco, hay otros que no se han enterado que hay confinamiento, que hay que usar cubrebocas. Después de todo el gobierno aduce que sería una violación a los derechos humanos obligar a quedarse en casa, a usar cubrebocas ¿Será una violación a los derechos humanos sobrevivir?

Somos tantos y tan distintos. Queremos todo. Somos pueblo, fifís y chairos, nacionales, extranjeros. A las cinco de la mañana va despertando la ciudad. Ver cómo se apagan las luces después del amanecer es espectacular. La ciudad despierta, toma vida literalmente. No es que nunca duerma, es solo que se despereza.  La ciudad existe. Somos barrios y barriadas. Todos bajo la bruma y la duda. Y nos ahogamos en la contaminación, en el metro, en las calles. Pero aquí estamos.

El calor es insoportable, no por los grados sino por la gente alrededor. Tanta gente. Y así nada más hay cuarenta árboles menos. Y así nada más llega la lluvia y se inundan las calles. Y así nada más la gente, alguna, trae tapabocas. Cuando escucho ¿Qué no te piensas poner el trapo ese? volteo, un motociclista sin casco sin tapabocas. ¿Para qué? contesta. Si me voy a morir que sea contento.

Y así crecen barrios de jóvenes que proponen y le dan un tinte cosmopolita y otros que luchan por seguir siendo pueblos. Que festejan a todos los santos y tiran cuetes diario. Sí, esos que contaminan tanto. Y sí tengo que decirlo han disminuido los cuetes en estos cinco meses. Hasta los extraño. Las iglesias siguen medio cerradas. Medio porque la puerta está entre abierta, si la empuja uno. Pues entra, no puedo cerrarle la puerta a Dios, me dice un padre.

Y en cada esquina hay una bicicleta con tacos, un tambo de tamales, unos esquites calientitos. Y hay color y hay barrios bravos, y otros perdidos y hay famosos y hay turísticos y hay gente, gente, gente y más gente. Que ni con cuarentena, pandemia, coronavirus, Covid-19 ha dejado de salir. El Tianguis sigue ahí. Todos los tianguis, he visto como quizá una semana hubo menos gente. Hoy todos están de regreso. Le pregunto a la marchante bueno y ¿aquí sigue todo como si nada, no? una es bien dejada, pero sí debería uno cuidarse.

Vivir aquí es un juego de ajedrez. Están, hay que decirlo los mejores lugares del mundo pero también los peores. Un laberinto dentro de otro laberinto. Laberintos de experiencias, lugares, pero sobretodo de hogares. Hogares que se quedaban solos durante el día y a los que todos queríamos volver. Hogares de los que hoy no podemos salir, no debemos salir.

Es donde vivió y murió la reina del albur,  el actor de la telenovela. El escritor famoso. Ese músico que nos encanta. El papá, la abuela, la maestra, el albañil, la tamalera, la señora, el tipo ese, el doctor, la abogada, el cocinero, el futbolista…. Es donde vivimos todos.

Donde trabajamos ¿Usted cree que yo me puedo quedar en mi casa? me dice la de los tamales. Ni un solo viernes ha faltado a su esquina, en estos cinco meses. ¿Y le compran? pos claro, si no qué van a comer. El organillero lo escucho por la ventana, tampoco falta. Los tamales oaxaqueños, el ropavejero, el que vende a granel productos de limpieza, el afilador. Todos siguen recorriendo las calles. Y yo desde una ventana ya llena de polvo espero poder regresar a esa nueva normalidad que tanto prometen. Aunque mi ciudad nunca haya desaparecido en el malestar de un virus.

Con 600 años de historia a cuestas la ciudad ha sobrevivido terremotos, inundaciones. Nos sobrevivirá a todos.

Somos casi 21 millones de personas viviendo juntas. La cuarta ciudad más poblada del mundo. Y todos queremos, merecemos sobrevivir. Vivir.

Anitzel Díaz



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