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El odio es una plaga que se expande


By VEME - 05/1/20 10:01 AM




Asomado hacia la única ventana de su cuartucho, Enrique observa la calle bajo el chisporroteo de otra lluvia sucia. De su mano cuelga una cerveza a medio consumir. Viste con andrajos y la camiseta manchada de grasa denota su descuido. El talante, de suyo explosivo, se ha agriado tras cinco semanas de encierro y falta de trabajo. La vulcanizadora donde ayuda cerró en cuanto se estableció esa despreciable “sana distancia” que lo único que ha traído es hambre y desazón. Su mujer, Belinda, trata de serenar a los chicos con caricaturas desde su teléfono celular, pero está a punto de acabarse el crédito y no hay distracción o creatividad que alcance para tanto aburrimiento. 

La comadre le trajo arroz y dos pechugas que ha estado racionando, y se ha cansado de pedirle a Enrique que se contrate en algo, cualquier oficio, que aporte un poco de dinero, porque así no podrán sobrevivir. Para colmo, los niños muestran rasgos de fatiga y hartazgo, como si todos en la casa se estuviesen deprimiendo. Se acerca el fin de mes y, por supuesto, no queda un centavo para pagar la renta. 

Al fondo de la calle mal asfaltada, Enrique avista a la enfermera. Da un sorbo largo a su cerveza y escupe el contenido hacia la acera. Ha tomado una decisión: nadie va a contaminar su barrio. 

Esa noche duerme inquieto, tras haber “usado” a su mujer pese a los berridos del más pequeño, aterrorizado por los truenos y sin dormir en la habitación contigua. Aún satisfecho sexualmente, el hombre no puede descansar, lo asedia el resentimiento que acumula ante la falta de empleo, de televisión (que empeñaron hace un mes), de agua limpia o de alcohol “del bueno”. 

  • Pura pinche cerveza que me fía el vecino a precio de oro – medita con encono. – Ni siquiera para apendejarse tantito y olvidar esta desgracia. 

En medio de esas cavilaciones, se filtra la primera luz por el techo de asbesto acanalado. El gañán se despereza, se unta como puede el cabello mal cortado y se pone una camisa limpia para visitar a sus camaradas de la infancia. Urdir un plan para vengarse del gobierno, de su pobreza y de los que envenenan su entorno, se ha convertido en la misión inmediata. 

Camina con determinación, escupiendo de tanto en cuanto, como un perro que marca su territorio a cada paso. Cuando llega al taller, descifra el tufo a mezcal y gasolina que lo caracterizan. Golpea a puños el portón de lámina, hasta que éste se estremece. Le abre, aún beodo, su compinche Marcial, que funge de velador, aunque nadie se va a robar los trastos viejos que abundan en esa pocilga.

  • ¿Quiubo, cabrón? – le dice con sorna al reconocerlo. – ¿Qué milagro? 
  • Vengo a pedirles ayuda, güey. Hazte a un lado. 

Con un empellón, se adentra en el taller y abre la covacha del encargado, que aún ronca sobre dos tablones.

  • Don Chuy, don Chuy – le susurra para despertarlo. 

El hombre gordo, desgreñado e impregnado de pintura, se levanta de un salto y embiste al intruso como un toro. Ambos caen entre latas de aceite y trapos viejos, bufando y alternando insultos. 

  • ¡¿Qué chingaos te pasa, Quique?! – exclama entre gruñidos. – ¡Otra d’esas y te mato, pendejo! 
  • Perdóneme, patrón. No lo quise asustar.
  • Pues eso mero hiciste, güey. ¿Qué traes? 
  • Nada, don Chuy, vengo a proponerle un negocio – dice él, limpiándose la ropa recién empolvada. 
  • ¿Tú, negocio? – se ríe el bruto, quien se ha repuesto y se acerca una torta a medio comer. – Ora sí que sigo soñando.

Asumiendo un aire de conspirador, Enrique le relata su plan para secuestrar a dos trabajadores de la salud y pedir rescate. Sabe donde queda la clínica y está enterado de que el sindicato se ha apropiado de los insumos que trajo el gobierno desde China, por delación de una amiga de su esposa. 

  • Matamos dos pájaros de un tiro, jefe. ¿Cómo ve? – pregunta, dándole un codazo. 
  • ¿Tú y cuántos más, pinche naco? ¿A poco crees que te van a dejar pasar como si fueras a un baile? 
  • Acá no hay guardia nacional, don Chuy. Ya me di la vuelta. Sólo cuida un chamaco que ni arma carga. 

Su interlocutor se queda rumiando la trama un par de minutos antes de aprobarla. Les dará una pistola a cada uno de sus mecánicos y dejará que Enrique lidere el asalto. Pone a su disposición un galpón al otro extremo del barrio, donde guardan carcazas y motores oxidados, a fin de encerrar a las víctimas mientras se cobra el rescate.

  • Pero si algo sale mal, vas solo; ¿me entendiste, cabrón? Yo no te conozco.
  • Sí, patrón, confíe en mí.

Sin ocultar una mueca de disgusto y repulsa a la vez, Jesús Balderrama, antiguo policía y capataz, despide al flamante malandro en ciernes. Algo le dice que no puede confiar en un hombre tan inmaduro – el valedor de Enrique Sánchez – al que ha visto fracasar ante cualquier encargo. Éste se aleja como si le hubiesen aprobado la proeza de su vida, orondo, listo para reclutar a sus secuaces.

Dos callejones más abajo, la tertulia se adereza de ron barato y humo de tabaco durante buena parte del día. Los cómplices, imbuidos de entusiasmo, celebran el golpe con anticipación rodeados de un estruendo de música y risotadas. Han invitado a tres amigas, que trabajan como prostitutas en tiempos más boyantes y ahora alternan como “teiboleras” en bares de mala muerte para subsistir. Los años han cobrado su cuota, pero todavía saben amenizar una fiesta. ¡Qué caray!

Beben hasta caer abatidos, cantan, se abrazan y alguno que otro vomita en el traspatio. Al filo de la noche, Rubén, un ayudante de mecánico, se torna violento contra Vicky para someterla; ésta se incorpora de golpe, lo patea en los testículos y sale huyendo con sus compañeras. Los otros se quedan atónitos ante la escena y cargan contra el derribado.

  • ¿Qué haces, imbécil? Ya nos quedamos sin carne – le increpa José, trastabillando en su borrachera. – ¡Me vas a pagar cada pinche peso!
    Enrique lo detiene antes de que se lance sobre el muchacho, quien se mantiene en cuclillas para recobrar el aliento.
  • Déjalo, hombre, luego vamos a tener harto dinero para conseguir unas güilas bien buenas. Pero al proferirlo, empuja con el pie a Rubén, que cae de costado, quejándose entre bramidos.
  • Y vas a reponer hasta la última chela, marica. ¡Pa’ que te enseñes! – le grita, envalentonado.
  • Se acabó la pachanga – interviene Moisés, quien se dirige a orinar al fondo.


Enrique toma una 22 y se encamina hacia su casa a disgusto. – Con estos pelados a ver si no me sale el tiro por la culata, carajo. No sirven pa’ nada – piensa, mientras esconde el arma y masca un chicle para disfrazar el aliento.
Al ascender la cuesta se encuentra a unos veinte metros con la enfermera Rocío M., a quien reconoce de inmediato. La joven va de prisa rumbo a la parada del autobús para cubrir el turno vespertino de una compañera que cayó infectada. En un alarde de machismo, Enrique se interpone a su paso.

  • ¿Qué pedo, señorita? ¿A quién andas contagiando con tu jodido uniforme lleno de virus?

La chica trata de huir cruzando la calle, pero Enrique la alcanza y de un manotazo la arroja contra el muro cercano. Ella se golpea la cabeza y deja caer su bolso, rompiendo en llanto. De rodillas ante su agresor, implora:

  • Por favor, señor, yo no lo conozco. No me lastime…
  • Malditos matasanos, nomás andan sembrando enfermedades. Vas a ver lo que’s bueno.

Tras senda amenaza, el alcohólico arremete a puntapiés contra la muchacha, que se cubre la cara y la cabeza para evitar el embate. Pasados ciertos segundos, una voz lejana grita al bravucón que se detenga mientras se aproxima una pareja para contenerlo. Enrique suspende el ataque, recoge la bolsa del suelo y huye entre sombras para perderse en la siguiente esquina. La enfermera queda tendida, apaleada y con sangre en la boca, pidiendo ayuda mediante un murmullo inaudible.

Tres o cuatro transeúntes arriban enseguida a la escena de la agresión, ayudan a la enfermera – quien yace polvorienta y magullada – a levantarse y voltean a ambos lados de la calle para cerciorarse de que el truhán no esté de vuelta. Las ventanas de las casas más próximas se encienden y algún curioso se asoma tímidamente para captar la escena. Rocío se limita a llorar amargamente, preguntándose qué motivó este asalto iracundo en su propio vecindario.

El hampón llega a su casa sin resuello, se desviste, esconde a medias lo robado y se deja caer en un sillón. En un instante está roncando.
Belinda, amodorrada, va a cubrirlo con una manta cuando advierte la pistola mal guardada y el bolso de mujer en un rincón. Al abrirlo, encuentra los documentos de la enfermera y nota que el exterior está ensangrentado. Se lleva las manos a la boca para suprimir un alarido. Siempre supuso que Enrique andaba en malos pasos, pero agredir a una mujer, a una joven que está salvando vidas, ¡eso nunca! Todo su afecto por este hombre caído en desgracia, gruñón y desobligado, se derruye hecho añicos en esa habitación en penumbra. Tiene que abandonarlo cuanto antes, salvarse, rescatar a sus hijos…

Apenas amanece, junta de prisa la ropa y los enseres más básicos, elige algún juguete para cada niño y se alista para dejar el hogar sin mirar atrás. Enrique la descubre en ese empeño y con una garraspera, avanzando como un monstruo, pregunta voz en cuello:

  • ¿Ónde crees que vas, vieja ingrata?

Tomada por sorpresa, Belinda se repliega y le muestra la bolsa que encontró hace unas horas, anteponiéndola como frágil escudo. El hombre se la arrebata bruscamente y le propina un puñetazo que la precipita de espaldas con el labio y la nariz rotas. Ante el barullo, los niños se aparecen y se lanzan a proteger a su madre, que se trata de reponer del aturdimiento y se limpia la cara como puede.

  • ¡Aquí nadie se va a ninguna parte, carajo! – exclama el hombre, enfurecido. Toma su arma, la clava en la espalda bajo el cinturón y se larga seguido de un portazo.

Belinda se incorpora a gatas y se allega el teléfono móvil, en medio del llanto de sus hijos. Con voz entrecortada y escurriendo lágrimas, marca el 911.

  • Señorita, señorita – repite, para afianzar su tono – quiero denunciar un crimen…


PD. LAS AGRESIONES CONTRA LAS MUJERES Y EL PERSONAL DE SALUD SON INEXCUSABLES, AHORA Y SIEMPRE. DEBEMOS PARARLAS DE INMEDIATO, CUESTE LO QUE CUESTE.

Alberto P Boix



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