“¿Qué país es éste, Agripina?”, le preguntaba aquel hombre a su esposa, sentada en la iglesia con uno de sus niños sobre las piernas, el día en que llegaron a ese pueblo llamado Luvina. ¿Qué país es éste?, escribió Juan Rulfo en uno de los cuentos más desolados que se han escrito en nuestra lengua.

Qué país es éste en que un día cualquiera cuarenta y tres estudiantes pueden desaparecer como desaparecen las horas del día, esfumarse, deshacerse en el aire atroz que respiramos. Qué país es éste que permite que sean disueltos en ácido tres chicos que querían hacer cine, pero pasaron por el lugar equivocado en el momento equivocado. La noticia que ayer nos llegó desde Jalisco, la tierra de Rulfo, tiñe sin duda todo lo que hoy podamos decir.

Qué país es éste donde las madres y los padres tienen que organizarse para salir a buscar fosas clandestinas con la esperanza de que allí, en alguna de ellas, esté el cuerpo de su hija o de su hijo. Madres y padres que han aprendido a reconocer el olor de un cadáver entre todos los otros olores que guarda la tierra.

Vivimos en un Estado que asesina a sus hijos, que arrasa con generaciones completas de jóvenes, a veces por propia mano, a veces simplemente siendo cómplices en el silencio.

¿Qué país es éste, Agripina?, escribió Rulfo allá por 1952, 53. Veintitantos años después Jesús Piedra Ibarra fue detenido por las autoridades acusado de ser miembro de la Liga Comunista 23 de septiembre, y nunca más volvió a saberse de él.

En una práctica inaugurada en Guatemala después del derrocamiento del presidente Arbenz –casi en la misma época que fuera escrito “Luvina”- los Estados nacionales de nuestra América convirtieron la desaparición de personas en una de las principales estrategias de control político y social. El control por el terror.

Pero se olvidaron de Antígona. Olvidaron que, como en la tragedia griega, las mujeres enfrentaron a la ley del estado con la ley de la sangre. Frente a la sangre, no hay imposición del terror que valga.

“Era mi hermano y para mí eso basta”, dice la Antígona de Sófocles, y no necesita más justificación para desafiar la orden de Creonte: “…heraldos he mandado que anuncien que en esta ciudad no se le honre, ni con tumba ni con lágrimas: dejarle insepulto, presa expuesta al azar de las aves y los perros, miserable despojo para los que le vean.” Frente a esto, Antígona responde, mientras cubre el cadáver de Polinices, “Es mi hermano y para mí eso basta”. Basta para no aceptar la orden del rey, basta para arriesgar la propia vida, basta para elegir a ese ser por encima de todos los otros; a ese cómplice con el que compartimos la infancia, los juegos, los recuerdos; ese ser ahora sin vida. “Es mi hermano y para mí eso basta”.

O “es mi hijo y para mí eso basta”, como grita Rosario Ibarra de Piedra desde aquel infausto 18 de abril de 1975. Luego se sumaron otras madres a su grito: “es mi hijo y para mí eso basta”. Y así, reconociéndose en el dolor, pero también en la fortaleza, fundaron el Comité Pro-Defensa de Presos Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos de México , más conocido como Comité ¡Eureka! Dijo Rosario sobre el comité:

“Es un llamado a la esperanza Ya no queremos más coronas de espinas Ni siquiera pedimos castigo para los responsables, porque ningún castigo, ningún tesoro, nos paga la vida de nuestros hijos El gobierno nunca ha dicho que estén muertos: Vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

Hoy que en nuestro país hay más de cien mil muertos y más de treinta mil desaparecidos, los rostros de las Doñas son más que nunca una bandera, un símbolo de lucha, de resistencia, de amor.

Juan Gelman, el poeta argentino que hizo de México su casa, y cuyo cuerpo, como el de Rosario y el de tantos otros y tantas otras llevaba en sí la terrible marca que deja un hijo desaparecido, escribió en uno de sus poemas:

“Te voy a matar derrota.
Nunca me faltará un rostro amado
para matarte otra vez.”

Nosotros sabemos que una de las armas más poderosas para “matar a la derrota” es la memoria. Contra los traficantes del olvido, la memoria es el espacio simbólico donde cuidar a nuestros muertos, donde ir a conversar con ellos, o a llorarlos, o a todo eso al mismo tiempo. Es en la memoria donde ellos regresan. Pero a la vez, en este país, Agripina, de cuerpos sin nombre y de nombres sin cuerpo, la memoria es el espacio donde seguir exigiendo justicia. Memoria, verdad, justicia, son tres términos que nuestras Antígonas mexicanas han trenzado de manera indisoluble para matar a la derrota.

Por eso celebramos la decisión de guardar los documentos del Comité Eureka como herencia y patrimonio para las generaciones que vienen.

“Vivos se los llevaron, vivos los queremos.” Todos son nuestros hermanos y para nosotros eso basta.

Así sea.

Sandra Lorenzano


En el marco de la firma del convenio para digitalización de archivos entre el CCU Tlatelolco y el Museo de la Memoria Indómita – Comité Eureka.

Foto: Exposición: Los normalistas de Ayotzinapa. Retratos de los 43 estudiantes desaparecidos durante los acontecimientos de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero, realizado por artistas gráficos. Curaduría por Valeria Gallo y Mauricio Gómez Morín.