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Cumplió sesenta años la revolución


By VEME - 01/3/19 11:35 AM




Cumplió sesenta años la revolución. En la isla nadie se enteró. Al menos en La Habana. Si no leo regresando a México la noticia ni por enterada. Eso es lo grande de Cuba se vive en un tiempo suspendido; sin pérdida, ni novedad.

En puntos suspendidos…

Quién puede estar pensando en celebraciones -lo que no quiere decir que el cubano está amargado, al contrario- cuando hay crisis del pan (más de dos semanas sin pan). Dicen que no se pagan los impuestos de importación y la harina se pudre en los barcos. Dicen que se rompió una pieza del molino, dicen… No hay pan. Huevo tampoco. La carne de res ¿qué cosa es?

60 años no es naaa. Un ensayo de tres cañonazos a media noche del miércoles es el único atisbo de celebración.

Ensayo para el 31. Pero 31 qué se festeja. Pues año nuevo.

Todo es culpa del bloqueo. ¿Cuál bloqueo?  Pues el bloqueo niña, ¿cómo que cuál bloqueo?

Solo fuera se idealiza algo que no existe. Que nunca existió.

Aquí el testimonio de personas que vivieron la Cuba anterior a 1959 y que hoy, sesenta años después, cuentan cómo incidió la Revolución en sus vidas.

Josefina Diego: 67 años

Josefina Diego / Foto: Abraham Jiménez Enoa

No éramos una familia de la burguesía. Mi padre, Eliseo Diego, era profesor de inglés y español. Mi madre también era pedagoga. Los domingos nos reuníamos en casa, con la familia, con los amigos de mi padre del grupo “Orígenes”.

Estudié en una escuela privada, muy modesta, donde la matrícula era muy barata, incluso, a quienes no podían pagar, se les permitía estudiar igualmente. Todas las maestras eran negras y mulatas, fueron las mejores profesoras de mi vida.

Después de 1961 esa escuela dejó de existir. El triunfo de la revolución trajo nuevas leyes, entre ellas la nacionalización de los colegios privados, la escuela se cerró y, pocos años después, se derrumbó por el deterioro de los años.

Mi abuela (madre de Eliseo Diego) creció en Estados Unidos y le enseñó el inglés y la religión católica a mi padre. A ella no le gustaba lo que estaba sucediendo en Cuba. En esos años había una propaganda muy fuerte que condenaba al comunismo y ella pensaba que la revolución no era tan “verde como las palmas”, como decían.

Mis hermanos y yo estudiamos en escuelas religiosas. En esa época comenzó en Cuba una persecución contra los creyentes. Todas las escuelas religiosas tuvieron que cerrar. Al ver lo que ocurría, mi familia decidió irse del país.

Mis padres renunciaron a sus trabajos. Prepararon toda la documentación: solicitud de visado, vacunas, etc. En aquellos años un funcionario iba a hacer un inventario en las casas y ponía un cuño en la puerta. Luego había que esperar por un telegrama con la fecha de salida definitiva del país. Recuerdo a mi madre comprando ropa de invierno en este calor infernal.

Toda la familia paterna nuestra vivía ya en Estados Unidos, la materna no. Mi madre era muy apegada a su familia. Ella era diabética y la idea de la partida le desestabilizó su azúcar, provocándole hipoglucemias frecuentes. El día que presentó la renuncia a su trabajo me la encontré en nuestro cuarto con un coma hipoglucémico profundo.

Mi padre y mi abuela entendieron que si bien nos iban a salvar del comunismo, corrían el riesgo de dejarnos huérfanos. Fueron a la estación de policía y renunciaron a la salida. Regresaron a casa, abrieron una botella de champán y brindaron. Decidieron quedarse.

Al principio de la revolución había una intención de justicia social muy grande, había una necesidad en el pueblo de eliminar la mentira, el fraude, la corrupción. Había miseria, pero en Cuba no había la miseria de Haití o la existente en países africanos.

Se han logrado muchas cosas, pero ¿a qué precio? Se han cometido muchas injusticias, como fue la persecución a los homosexuales y a los creyentes.

Pienso que puede señalarse 1961 como una fecha clave. Se cerraron una serie de periódicos porque había un enemigo del que defenderse, en abril había ocurrido la invasión por Playa Girón. Ese mismo año, Fidel Castro, en su discurso conocido como “Palabras a los intelectuales”, dijo “dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada”.

¿Pero quién pone esos límites?, ¿qué es revolucionario y qué no lo es? Ahí empezó algo muy grave. Ahí se coartó drásticamente la libertad de expresión en este país. No solo en la literatura, sino en la filosofía, en la economía, en todo. Los límites varían, tener barba y el pelo largo podía ser contrarrevolucionario, era mal visto. Sin embargo, los rebeldes bajaron de la Sierra Maestra con sus barbas y sus melenas.

Era una sola voz, una sola prensa, una sola televisión, una sola persona decidiéndolo todo. Se rompió el debate. En una familia, las personas no se pueden poner de acuerdo. ¿Cómo entonces se puede pretender que todo un país esté de acuerdo? ¿Quién ha visto un Parlamento donde todo se vota por unanimidad?

Estudié primero Literatura Inglesa, dos años, y luego matriculé Economía y me gradué en 1976. Los cambios hay que hacerlos desde dentro, me dije, y decidí ingresar en la Juventud Comunista. Entré en 1973, pero el romanticismo me duró muy poco.

Con la crisis de los años noventa, mis hermanos se fueron a vivir a México y yo quedé cuidando a mis padres que estaban enfermos. No había comida, no había transporte, no había nada. Tuve que dejar de trabajar en oficinas para cuidar a mis padres. Comencé a hacer traducciones del inglés al español. Y con eso hoy aún me gano la vida, más los derechos de autor míos y de mi padre.

La luz eléctrica era una ilusión y el calor era horrible. Papá y yo nos acostábamos en el piso para refrescarnos con las corrientes de aire. Eran tiempos difíciles y nosotros padecimos las mismas escaseces que todos los cubanos. Mi padre estaba desesperado.

En 1993 a mi padre le concedieron el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe ‘Juan Rulfo’. Viajamos a México a recoger el premio y papá quiso pasarse un tiempo fuera de Cuba para darse algunos gustos, Además, mis hermanos vivían allá. Pero estaba muy enfermo, sus pulmones estaban mal. Recibió el premio en noviembre y en marzo de 1994 falleció. Dejó una biblioteca con 4000 ejemplares, la mayoría en inglés.

Que sea crítica no quiere decir que quiero que vengan los americanos ni el pasado ni el capitalismo más desenfrenado. En Cuba había una gran ilusión en los primeros años de la revolución, pero eso se fue perdiendo.

La economía está en ruinas. La gente está desencantada, sin ilusión, porque hay algo que está mal.

Hay una insistencia en la empresa estatal socialista pero no hay ningún estímulo real al trabajo, los salarios no sirven para nada, por eso la gente se corrompe y roba, porque no le puedes pedir a un anciano o a un profesional que viva con menos de 240 y 400 pesos mensuales (10 y 18 dólares aproximadamente). Hay muy mala distribución de la riqueza.

Hay una doble moral en este país, producto de los límites que no permiten que la gente se pueda expresar con libertad.

Se supone que somos marxistas-leninistas, la palabra irrevocabilidad es antimarxista y antidialéctica. Las constituciones tienen que estar por encima de los partidos y no viceversa. Martí no hubiera podido votar a favor de esta constitución, porque Martí no era marxista.

En el libro de mi hermano, “Informe contra mí mismo”, él reproduce una carta, donde en un momento se dice: “Estoy cansada de los discursos interminables, de las consignas repetidas, estoy cansada, muy cansada, cansadísima, de no poder escoger ni siquiera mi propia infelicidad”. Esa carta la escribí yo en 1990.

Gilberto Valdés: 90 años

Gilberto Valdés / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Mi madre decidió que estudiara el bachillerato en el Instituto del Vedado y no en el de La Habana, porque en el primero los estudiantes no hacían huelgas estudiantiles, no había manifestaciones ni revueltas revolucionarias, era una escuela de blancos. En 1942 fui el primer negro que pisó ese Instituto.

En aquella época, en el barrio del Vedado vivía la sociedad de clase media alta, gente blanca solamente. Si un negro paseaba por sus calles después de las seis de la tarde, la policía lo detenía.

Mi madre estudió algo de piano y su hobby era la música. De ahí me viene mi vena musical. Ella oía mucha música clásica y desde los cuatro años a mí me empezó a gustar ese tipo de temas y el jazz, música norteamericana, sobre todo. Me sentaba a escuchar emisoras de los Estados Unidos por horas.

En el Instituto fundé mi primer cuarteto vocal, que fue el primer cuarteto con ese formato de toda América Latina. El grupo salió por inercia, por puro entusiasmo de unos amigos a los que nos gustaba la música.

Una vez que nos graduamos, el grupo se detuvo. Cada uno de nosotros tomó su camino hacia la Universidad. Estudié odontología.

Era una etapa marcada por los estallidos sociales. Fulgencio Batista dio su golpe de Estado y asumió el poder en Cuba. Luego se desató un desencanto social que provocó la reacción de los movimientos estudiantiles.

Así conocí a José Antonio Echevarría, que se hizo mi amigo. También a Fidel Castro, pues siempre estaba en las revueltas en la Plaza Cadena de la Universidad de La Habana.

Eran los estudiantes quienes se revelaban y protestaban por las cosas malas de los gobiernos de turno. Salíamos en grupo y le cortábamos los cables a los tranvías, trancábamos las calles con manifestaciones, huelgas, parábamos los ómnibus y bajábamos a los choferes, nos enfrentábamos a la policía. Éramos jóvenes, al final todo era una gran diversión.

Ser universitario no iba solo de convertirse en un profesional, sino que existía un compromiso social con lo que ocurría en el país. Protestar, levantarse en contra de lo mal hecho. Dentro de todo ese movimiento estudiantil existían facciones de derecha, de izquierda, medias.

De vez en cuando se producían enfrentamientos entre las distintas alas estudiantiles. Varias veces hubo muertos en la Plaza Cadena por disturbios armados entre los propios estudiantes. En 1956, la Universidad de La Habana decidió cerrar sus puertas por un año producto de todo ese movimiento insurreccional.

Nos quedamos a la deriva y un amigo me propuso retomar el cuarteto vocal de cuando el Instituto. Nos dijimos que esta vez sí iba a ser en serio, que no íbamos a cantar en los parques de manera amateur. Estuvimos ensayando durante 10 meses y así nació Los Cavaliers.

Un año después de la fundación del nuevo cuarteto, en 1957, la asociación de críticos nos dio el premio al mejor cuarteto vocal masculino de Cuba. Eso nos valió para que nos contrataran en el cabaret Sans Souci, que era el sitio de la alta sociedad cubana.

En Cuba habían florecido los casinos con la llegada de los gánsteres estadounidenses y los principales lugares nocturnos, como Tropicana y Sans Souci, pertenecían a esas mafias.

Andar por las calles de la Habana era un gran peligro. Los muertos aparecían todas las noches. Recuerdo que un vecino fue a la estación de la policía de Zanja para notificar que iba a hacer una fiesta en su casa. Y, mientras esperaba que lo atendieran, llegó el jefe de la estación y dijo: “Todos los que están aquí, recójanlos”. Al otro día amaneció muerto.

El triunfo de la Revolución en 1959 fue muy extraño, tomó un efecto muy raro. Es como si tuvieras un muelle comprimido y al soltarlo, el muelle no vuelve a su sitio, recobra otra dimensión, salta y produce un descalabro total.

Los barbudos entraron a La Habana y fueron recibidos con aplausos. Pero en esa euforia se cometieron muchos errores. Muchos de esos barbudos revolucionarios eran campesinos, no eran profesionales, no tenían un nivel cultural elevado y visitaban por primera vez La Habana.

A Marianao fue donde primero acudieron. Llegaron directamente al Sans Souci y con mandarrias derribaron todo el cabaret. Instauraron desde ese día y hasta hace unos pocos años una base de tanques del ejército.

Sans Souci era la imagen de la alta burguesía, de la oligarquía, y la efervescencia revolucionaria tenía como meta acabar con todo eso. No pensaron en el futuro. Hoy Sans Souci pudiera haber sido, como aún lo es Tropicana, uno de los grandes cabarets de Cuba. A Tropicana también intentaron derribarla, pero los trabajadores se plantaron delante de los tanques del ejército y no lo permitieron.

Ocho meses después me fui a Europa a un contrato de trabajo. Estuve nueve años sin venir a Cuba. Hice otro cuarteto y conocí Bulgaria. Por primera vez vi el socialismo real implantado. Era una sociedad completamente distinta a lo que yo estaba acostumbrado.

Cuando Estados Unidos atacó Playa Girón, estábamos trabajando en el Líbano. Fuimos a la embajada de Cuba, le dijimos al embajador que, si era necesario, estábamos dispuesto a regresar a la isla a defenderla del ataque. No hizo falta, en unas pocas horas se resolvió el asunto.

Siempre estuvimos al tanto de los pasos que iba dando la Revolución. En octubre de 1962, estábamos en París cuando la Crisis de los Misiles. Los músicos trabajamos en las noches, por eso en las mañanas descansamos. Recuerdo despertar y sentir un revuelo tremendo, un alboroto en las calles, la gente gritando, rezando, decían que la tercera guerra mundial había llegado, que los americanos iban a atacar Cuba.

Al principio de la revolución se cometieron muchas injusticias. Por ejemplo, Bebo Valdés era apolítico y le exigieron que tenía que entrar vestido de miliciano a Radio Progreso. Él no era miliciano, por qué tenía que hacerlo, y eso mismo le pasó en varios sitios. Prácticamente lo forzaron a abandonar su país.

En ese momento, yo estaba en Italia tocando con un trompetista cubano. Un día el tipo me dice que me iba a dar una sorpresa. Fuimos a la terminal de trenes y veo salir del tren a Bebo. Poco tiempo después montamos el trío “Los Valdés”.

Regresé a Cuba nueve años después. Encontré un país realmente difícil. Lo bueno de antes de 1959 no estaba y lo bueno de después era malo. Para todo era una burocracia enorme. Lo que si se percibía era que ya no existía la presión para salir en las noches. Había una tranquilidad increíble. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

 

Con info de https://www.revistaelestornudo.com

Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de Veme.digital

 

 



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