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COVID y el alma humana


By VEME - 05/18/20 9:48 AM




En diferentes foros se han presentado deliberaciones en torno al impacto psicosocial que ha provocado esta pandemia. Trataré de contribuir a este cúmulo de discursos con una visión más ceñida a lo individual y lo inconsciente, que es al fin y al cabo el iceberg bajo la superficie.


Por primera vez en la historia, un fenómeno epidémico se conoce en tiempo real y en todo el mundo. Territorios tan distantes como China, Suecia o Sudáfrica proporcionan sus cifras de contagios y decesos cotidianamente; de modo que nos hacen copartícipes de su tragedia al instante y sin filtros. Estamos inundados de datos, estudios e información científica, mezclados con incertidumbre y miedo. Ningún rezo, ninguna frontera y ningún medicamento detienen a este microscópico enemigo, que mata rápido y silenciosamente.


Las imágenes constantes de enfermeras y médicos vestidos de astronautas abonan al terror general hacia este virus implacable. Más aún, la saturación de noticias bajo el encierro acentúa la trama paranoica: ¿Estamos seguros en estas cuatro paredes? ¿Se colará el bicho por las ventanas o las rendijas? ¿Vendrá impregnado en los alimentos que nos traen cada semana? ¿O lo acarreará el personal de limpieza que trabaja en la casa o la oficina? ¿En sus zapatos, sus uñas, su aliento?


No hay nada más siniestro que lo que no se ve y por tanto queda a la imaginación configurarlo e imprimirle significado. Un miasma, un demonio, un germen invisible que arrebata vidas sin ton ni son. Que puede estar en todas partes y en ninguna. Lo siniestro, lo maligno ha cobrado forma y sin embargo permanece en el universo fantasmático de nuestras alucinaciones.

Para mayor efecto tétrico, los viriones son justamente estructuras que oscilan entre lo vivo y lo inanimado. Se replican mediante ácidos nucleicos que los definen, pero carecen de existencia propia; requieren parasitar a una célula viva para subsistir. Utilizan nuestros mensajeros, se anclan en los receptores de nuestros tejidos, pero su propósito es avasallarnos, usarnos, despertar alarma y causar daño. Son entes malévolos (en sentido figurado, la maldad requiere voluntad) que se aprovechan de nuestra naturaleza orgánica para atacarnos y reproducirse: de un individuo a otro, de una especie diferente para colonizar a la humanidad. Aterrador, ¿no es cierto?

Me han instado a quedarme en casa porque – aseguran – es la única manera de evitar contagios, pero diariamente actualizan el número de muertos, que no cesa y además, ya sabemos de varios casos que han fallecido en la vecindad o en familiares cercanos. ¿Se trata entonces de una asolada distante, que surgió de un mercado de mariscos, o más bien es una nube pérfida que en cualquier momento va a caer sobre nosotros, por mucho que nos refugiemos?

Debo asentar primero que lo siniestro es aquello que suponíamos oculto y que aflora súbitamente en la realidad. Es lo contrario y recíproco a lo familiar, lo agradable, lo íntimo. Opuesto a aquello que genera solaz y seguridad a la vez; y que, de manera inconsciente, remeda la voz y las caricias maternas para ahuyentar cualquier peligro. De modo que lo inefable, lo lúgubre nos acarrea desamparo y, por supuesto, temor de muerte, de abandono. En cierto sentido, mucho de lo siniestro se sustenta en la concepción animista del Universo. Bajo esta ideología, todo fenómeno natural debe poseer de suyo un propósito y una cierta facultad, de tal suerte que es producido y habitado por un espectro o una criatura que lo lleva a cabo.

Claro está, en el mundo contemporáneo, donde las películas, las series televisivas o las historietas están plagadas de seres fantásticos, esta concepción animista cobra otra dimensión. Ya no se trata de quimeras o monstruos sobrenaturales, sino de virus o de moléculas, lo más diminuto de nuestro bagaje cultural y por ello potencialmente dañino si se sale de control.

Precisamente en tal falta de control radica su volatilidad, porque al carecer de medidas que lo contengan o de vacunas que lo neutralicen y más aún, dado que nadie está exento de su ataque, el virus adquiere una magnitud terrorífica. Pero aquí me refiero también a la falta de control interno, es decir, que no tengo manera de representarlo (por muchas caricaturas y barridos electrónicos que se publiquen) y mucho menos, tengo algún dominio sobre su contagiosidad y su capacidad destructiva en mis órganos.

La contraparte de esta zozobra es lo que los psicólogos denominan negación. Es un mecanismo de defensa que permite asumir que las ideas que prevalecen no atañen al sujeto que la ejerce como un muro conceptual. Me hace recordar esa zaga histórica en la Edad Media donde los pueblos construyeron muros para detener la peste bubónica. Desde luego, es inútil y paralizante. Pero acaso sirve para subsistir en un mundo que se derrumba. Pensemos en una persona de cualquier rincón de este país que se sumerge en sendas consideraciones:

“He aprendido, a fuerza de repetición compulsiva, que el SARS-CoV-2 penetra por las vías aéreas, se aloja en los pulmones y los inflama, y si – como afirman los expertos – tengo una merma de mi sistema de defensas, puede causarme coágulos, falla de los riñones y el corazón; matarme lenta y dolorosamente. Sí, existen los ventiladores mecánicos, algunos medicamentos novedosos con nombres impronunciables que se están probando en pequeña escala. Pero lo cierto es que esta enfermedad es un relámpago, que pega donde se le da la gana y mata a los más débiles. No, me corrijo, también afecta a los niños, con un padecimiento horrible que han dado en llamar PIMS (enfermedad pediátrica inflamatoria multisistémica, ¡vaya, vaya!). Así que nadie se salva, nadie está inmune, nadie está seguro de sobrevivir.

Hace dos semanas visité a mi amigo Óscar en su casa. Vive en un amplio departamento en la colonia Nápoles con su hija y su esposa, Estela, cuya atención y atractivo solíamos disputarnos en la Preparatoria. Finalmente se decidió por el más guapo y eso nos permitió aceptar la derrota con cierta gallardía. Sigue siendo una mujer deslumbrante. La saludé de beso a mi llegada y tras abrazar a mi amigo, les regalé una botella de Ribera del Duero que sé que disfrutan mucho. Ese día su pequeño tenía tos, algo de febrícula y rinorrea constante. En nuestra animada charla no le presté atención a sus síntomas, porque es habitual que mis amigos se quejen de la contaminación ambiental y los múltiples achaques respiratorios que tiene su criatura a lo largo del año. Si no es invierno porque “hace demasiado frío”, es en verano porque “cambia el clima a cada rato”. De manera que Oscarito suele estar tosiendo y su madre blandiendo un pañuelo en cualquier reunión.

Sin embargo esta vez fue diferente. Estela me llamó alarmada una semana después para decirme que habían optado por llevar al niño con el Pediatra porque sus síntomas se habían agudizado y, además, tenía diarrea y los deditos de los pies morados. La prueba había sido contundente: tanto ella con su hijito tenían COVID-19. Me avisaba de inmediato para que tomara precauciones.

Yo no había sentido nada; quizá un poco de fatiga, inusual para mis estándares. Pero con esa noticia, mi vida ha cambiado por completo. ¿Cómo puedo acercarme a mi padre octogenario, que está a mi cuidado, sin saber si cargo un veneno que lo aniquilará? ¿Cómo saludarlo cada mañana, sabiendo que mi tacto o mi abrazo pueden matarlo?

En una palabra, me siento contaminado, repleto de partículas virales sobre la piel, en la boca; expulsándolas por la orina y la saliva, reptando incontrolables dentro de mí, ensuciándome, carcomiendo. Me debato continuamente entre si debo decirle a mi padre o llanamente dejarlo de ver por dos semanas. ¿Hacerme la prueba diagnóstica o esperar? Y ¿si en efecto resulta positiva?¿A quién acudir? La angustia me arrebata el sueño. Así que me refugio en mi oficina virtual lo más que puedo tratando de eludir estas preguntas”.

Este caso ilustra cómo aquello que no vemos pero que nos asalta desde los temores inconscientes o es fantaseado adquiere una proporción amenazante que desbarata el juicio de realidad. ¿De qué sirve tanta información si en suma el coronavirus puede aniquilarme y matar a su vez lo que más amo?

La Secretaría de Salud ha implementado una línea telefónica para atender de momento la ansiedad que puede suscitar esta pandemia. Es un esfuerzo loable, sin duda, porque brinda el espacio – si bien breve y esporádico – para que los pacientes o familiares infectados encuentren consuelo y reafirmación. Pero la verdad es que resulta insuficiente para desentrañar esa percepción de lo siniestro en el cuerpo. Los seres humanos, enfrentados a lo inefable, somos como niños vulnerables: hambrientos, sedientos, propensos al llanto y atenazados por la indefensión.

Si bien la información científica ayuda a poner en perspectiva el verdadero riesgo, no desata el nudo de angustia que nos corta el habla y la respiración. La gente puede colocarse fuera de los grupos vulnerables, evaluar su integridad física como un acto de afirmación transitoria, pero en lo cotidiano, la muerte acecha y no discrimina. Se preguntarán entonces ¿qué hacemos?

La respuesta más simple, porque es la que tenemos a la mano, se basa en tres preceptos. A saber:

1) Sanear la información. Esto quiere decir alejarse de las noticias alarmistas y parciales que inundan las redes sociales y la televisión. Si están interesados en conocer el curso de la pandemia (curiosidad un tanto malsana a estas alturas) o acerca de los mecanismos de esta nueva infección viral, lo mejor es limitarse a las páginas oficiales de la Organización Mundial de la Salud, el CDC (Centro de Control de Enfermedades) de Atlanta o del gobierno de México. Quien esto escribe suele enviar actualizaciones periódicas, depurando con cuidado lo que vale la pena tener presente y lo que es preferible desechar.

2) Retomar el afecto, privilegiar el contacto humano. Es decir, salirse lo más posible de sus pantallas y recurrir al intercambio personal. Crear en casa un ambiente distinto del fastidio y la reclusión. Volver a los libros, a los juegos de mesa, al ejercicio en pareja, al erotismo y al calor de la ternura. Cambiar las noticias y el miedo por el cariño y las muestras de afecto. El reciente día de las Madres nos dio un respiro a todos. ¿Se dieron cuenta? Bajó el número de contagios, la gente se volteó a ver de nuevo, escogimos flores, compramos chucherías e hicimos manualidades para homenajear a mamá. No hizo falta ir de un lado a otro como energúmenos, saturar los restaurantes o concurrir a los cines. El cariño hizo su trabajo y nos salvó la vida por un día.

3) Reflexionar. Aunque parezca obvio, esto quiere decir “pensar en profundidad”. Significa establecer una escala de valores: qué nos gusta, qué hace de nuestra existencia algo prometedor y benéfico, cómo distribuir nuestro tiempo, qué actividades deberemos retomar en el futuro inmediato y a largo plazo para revolucionar la cotidianidad. Además, volver a las preguntas más ingentes de la existencia: ¿qué hago en esta vida que sea creativo y relevante? ¿de dónde procedo y cómo fui educado? ¿qué avatares en mi infancia pueden ser determinantes de mi comportamiento actual? Se trata de poner nuestra realidad interna en perspectiva. Pueden ser elementos psicológicos, espirituales o educativos que habíamos menospreciado. Otro tipo de limpieza y cuidado de nuestro entorno. Proyectos de vida que suponíamos cancelados y ahora tenemos una oportunidad de retomarlos. Centrarnos emocionalmente en nuestro presente y reconciliarnos con el pasado. En suma, curar el alma.

Por supuesto, no toda la población tiene acceso al apoyo psicoterapéutico que esta catástrofe requiere. Habrá un sinnúmero que se deprima o padezca ataques de ansiedad que serán solamente mitigados con el empleo de psicofármacos. Otros, cuyo riesgo suicida los conduzca (ojalá que sea oportunamente) a un servicio de Salud Mental emergente. Y muchos más a quienes este estado de angustia y desolación los incline a fracturar su salud, su tranquilidad, el matrimonio o su familia. Casualties of war, se dice en inglés.

Pero lo ideal (si tal cosa existe) es asomarse al espacio interior, buscar consuelo en los objetos cercanos, y tratar en lo posible de descifrar el miedo hacia esto que no podemos ver y que está en todas partes. Las epidemias son inherentes a la condición humana y a las concentraciones de población, de ahí que ataquen más a las ciudades que a las rancherías. Pero en efecto, nadie está protegido contra un nuevo virus y se necesita alcanzar cierta inmunidad generalizada (se calcula que dos terceras partes de una sociedad) para que el peligro se atenúe y muera la menor proporción de individuos afectados.

En eso radican las medidas de “sana distancia”. Por un lado permiten que el contagio sea más gradual y limitado (aunque no lo evitan del todo), pero por otra parte crean una sensación colectiva de abandono y ansiedad. La literatura francesa ha sido muy elocuente al respecto y nos ha ayudado, sin fechorías publicitarias, a entender las motivaciones de los seres humanos invadidos por un fantasma y encerrados a su suerte. Les invito a leer por supuesto “La peste” de Albert Camus o “La cuarentena” de Jean-Marie Gustave Le Clézio. Ambos Premios Nobel y extraordinarios novelistas para disecar los paradigmas psicológicos que atañen a nuestra indefensión, desde que nacemos y, pocos años más tarde, cuando hacemos conciencia de nuestra finitud.

Alberto P. Boix



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