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COVID-19: día 151


By VEME - 05/9/20 3:11 PM




COVID-19: día 151

El título de este resumen se basa en la fecha supuesta de origen de la pandemia en Wuhan, pero hay indicios de que la infección por SARS-CoV-2 ya circulaba discretamente por el Viejo Mundo a finales del año próximo pasado. Lo cierto es que será muy difícil extraer el caso cero (la aguja) del pajar de contagios en todo el mundo, que a estas alturas exceden los tres millones y medio de personas. Lo mismo sucedió cuando buscamos el punto de partida del SIDA hace casi cuarenta años: un sobrecargo homosexual en Jamaica, un simio verde en las selvas africanas? Parece que esa interacción antinatural con nuestros congéneres de otras especies subyace a la modificación microbiológica que asalta y destruye el organismo humano. La lección parece obvia: cuándo aprenderemos a convivir responsablemente con otros animales y dejaremos de socavar nuestro entorno, tan necesario, tan preciado?

Un aspecto que encuentro delicado en la difusión de esta pandemia es la falta de claridad respecto de las cifras. Sea porque la cantidad de pruebas de detección es insuficiente o porque ciertos gobiernos se escudan en su pretendida eficiencia para combatir la enfermedad, la percepción es que nos ocultan la verdadera magnitud del desastre.

Sea como fuere, los datos apuntan a varias decenas de miles de defunciones en todo el hemisferio norte y todavía falta el buena parte del territorio africano por recibir el golpe de la marejada. 

Dos observaciones recientes dan cuenta de manifestaciones alarmantes de esta infección viral. Por un lado, diversos centros de New York y Seattle han reportado una enfermedad multiorgánica en niños con afección cardíaca similar al Kawasaki, con riesgo de daño coronario e incluso muerte. El reporte inicial es de 75 menores gravemente enfermos y un deceso. Los datos son preliminares pero abren una ventana de investigación muy inquietante de las infecciones por coronavirus.
La segunda información es la evidencia de daño pulmonar crónico (en forma de cicatrices intersticiales) o cardiomiopatía como resultado del ataque de SARS-CoV-2 en estos órganos. El tiempo nos dirá que tanto debemos preocuparnos por estas consecuencias patológicas.

Los datos prometedores de una vacuna eficiente aún son muy vagos, a pesar de que se están haciendo pruebas preclínicas de seguridad en varios países. Como sabemos los inmunólogos, para que una vacuna sea adecuada debe reunir tres requisitos. A saber, que genere anticuerpos neutralizantes de larga durabilidad, que cubra la mayoría de las cepas infectantes y que produzca un mínimo de efectos secundarios. En pocas palabras: confiabilidad, eficacia y seguridad. 

Para que esto ocurra deben cumplirse una serie de pasos concretos que llevan tiempo y precisión. Por más que queramos, no se pueden producir vacunas al vapor, porque cubrir de forma incompleta la protección contra SARS-CoV-2 sería como darle azúcar a un diabético. En fin, que habrá que esperar lo necesario y confiar (permítanme dudarlo) que los Estados se impongan a la industria farmacéutica para proporcionar las vacunas a precios accesibles. 

En otro orden de cosas, quedó claro que la hidroxicloroquina, tan alardeada, y el antibiótico azitromicina no sólo son inútiles para combatir la infección sino que pueden agravarla. Por ahora, el suero de enfermos convalescientes y el Remdesivir parecen contribuir a frenar la fase temprana de COVID-19. Durante la fase crítica de hipoxia y tormenta de citocinas la terapéutica es otra. 

En efecto, diversos estudios han demostrado que en pacientes con padecimientos conocidos (diabetes, obesidad y daño cardiopulmonar previo, entre otros), la infección por este nuevo coronavirus se asienta en los receptores ACE-2 y TMPRSS2 para diseminarse a diversos órganos blanco. Lo más afectado, por la densidad relativa de estas anclas para las espículas del virus, suelen ser la mucosa respiratoria, los neumocitos tipo 2 y el tracto digestivo. Si bien se han documentado reservorios en cerebro, corazón, riñones y testículos. Esto último es una de la razones por las que se aduce mayor mortalidad en el género masculino, aunque mi propia conjetura es que, por naturaleza, los hombres somos más desidiosos con nuestra salud. 

Tal información ha permitido establecer la cantidad de lesiones documentadas recientemente en tejidos tan dispares como el corazón, la piel y el sistema nervioso central. Pero tenemos que pensar que se trata de una infección sistémica, que se asienta y discurre por los vasos sanguíneos en la medida en que se replica el virus, sobrepasando a nuestras defensas. 

De manera muy conspicua, el daño pulmonar es paradójico. Quiero decir que se produce una “hipoxia silenciosa”, una reducción de la oxigenación que ocurre durante un tiempo variable sin disnea, sin percibir la falta de aire. El paciente es cuestión parece respirar normalmente pero su saturación de oxígeno en la sangre va descendiendo paulatinamente hasta que otros síntomas, tales como mareo, dolor de cabeza, opresión del pecho o sensación de desmayo, anuncian su gravedad. 

En tales circunstancias, las opciones de extrema urgencia son limitadas y consisten, como se sabe, en suministrar oxígeno a dosis altas mediante un ventilador mecánico, dar antiinflamatorios agresivos (variantes de cortisona intravenosa) e intentar moléculas que bloquean mensajeros celulares (porque la cascada de defensas ya se salió de control). Hasta ahora se han intentado con éxito variable el Anakinra (que bloquea IL-1), el Tocilizumab (que inhabilita IL-6) y, más recientemente, el Leronlimab (que secuestra CCL-5/RANTES-CCR5). Sólo ayer la empresa CytoDyn publicó un reporte preliminar de mejoría significativa en diez pacientes intubados con este último fármaco a dosis de 700 mg por vía subcutánea durante dos semanas. Todos los enfermos tenían daño renal y hepático, además de comorbilidades previas. La aprobación de este anticuerpo monoclonal a gran escala está por definirse. 

Por último, les ofrezco una audioconferencia publicada esta semana donde dos científicos discuten las alternativas de tratamiento para COVID-19 en el futuro próximo. 

https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMe2015955?query=C19&cid=DM91569_NEJM_Registered_Users_and_InActive&bid=192411831

Termino con una aportación personal. Esta catástrofe infecciosa no ha respetado frontera alguna, se ha colado por todas las rendijas y a su paso ha vapuleado hospitales y centros financieros. Ni el aislamiento social ni la proscripción de actividades no esenciales pudieron detenerla. La marejada de contagios y sus consecuencias sociales han revelado al mundo la estulticia de numerosos gobiernos y la avaricia de sus proveedores. Incluso en la mitad del sufrimiento han aflorado los lobos que buscan sacar provecho del desamparo general. 

Gradualmente, como en toda avalancha, la fiebre se irá asentando, en sentido análogo al que arrasó continentes y sociedades. Al despertar de la peste, muchos ancianos y enfermos crónicos habrán perecido, privará un sentido de estupefacción global y la “nueva normalidad” vendrá a retomar su lugar, agudizada por la desigualdad y la quiebra económica.  
Pero también confío en que – malheridos y empobrecidos – saldremos adelante, como el Renacimiento siguió a la peste bubónica o el progreso relativo de las naciones tras la pandemia de influenza en 1918. Pero quedará sin duda una huella, un temor subrepticio, y la convicción de que no somos inmunes a la destrucción de la Naturaleza y a la perversión del consumismo.

Alberto P Boix



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