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Can you heal me?


By VEME - 07/14/20 1:32 PM




Esa mañana de Julio logramos conseguir lugares en el escenario. Una pareja de Charleston había perdido a sus suegros y decidieron viajar a South Carolina de improviso para asistir a las exequias. Eso dejó dos asientos vacíos de manera providencial que nos permitieron gozar, a escasos cuatro metros de distancia, el cuarteto de la Doncella y la Muerte de Schubert. Al salir del Ángela Peralta, a ratos distraídos por una pertinaz lluvia que opacó apenas el concierto, se acercó nuestro amigo Jimmie para presentarnos a la doctora recién llegada. Nadie avizoraba que unos meses después su consultorio sería una trinchera de batallas contra este coronavirus.


Presa de fiebre y con una sensación de disnea inusitada, le pedí a mi vecina Gladys que me acompañara a visitarla. Caminamos por los adoquines encharcados de las calles de Hidalgo y Mesones, evadiendo los autos que arrojaban agua sucia hacia ambas aceras. A nuestro paso, las mujeres regresaban del mercado con sendos tapabocas y evitándonos como leprosos. Supongo que mi aspecto frágil no ayudaba a sosegar su aprensión.
Al entrar al consultorio, la doctora nos recibió ataviada con una sencilla bata blanca y el estetoscopio Littmann colgando de su cuello.


Amber Phillis conserva una lozanía envidiable a sus cincuenta y dos. Tras su divorcio y cansada de las exigencias de la vida académica, decidió retirarse a un Community Hospital cerca de su pueblo natal en Tuscaloosa. No contenta con el arreglo y las crecientes responsabilidades, hace un mes se alistó en la brigada internacional del nosocomio y llegó, plena de expectativas, a San Miguel Allende como Infectóloga de una pequeña clínica local. Dos residentes de la comunidad americana asentada en ese pintoresco pueblo del centro de México la convocaron. Había aprendido un poco de español en Princeton cuyo vocabulario expandió y con una nana hondureña de sus hijas, suficiente para comunicarse pero aún elemental para una mujer de su inteligencia y sofisticación. Así que emprendió a perfeccionarlo en sus noches de insomnio, batallando con el calor primaveral y la insistente lluvia de los veranos del Bajío.


Nos comenta que ha recibido entre cuatro y ocho pacientes diariamente, todos infectados con el SARS-CoV-2, cuyo enunciado la atraganta y tose un par de veces cubriéndose la boca. Su castellano es entrecortado, aunque refuerza las R con afectación, así que le propongo comunicarnos en su idioma natal, que yo domino desde la primaria.


Thank you, doctor Phillis. Appreciate it. Can you heal me?
Lo primero que me pide es que me dirija a ella por su nombre de pila, lo que hace un efecto inmediato de confianza. No se pinta el cabello y luce sus canas entremezcladas con cabello rojizo con elegancia, atadas en una cola sencilla a medio cuello. Sus ojos verdes son penetrantes y no se separan un instante de los míos, tratando de sondear mi enfermedad y mi alma. Sólo se distrae para hacer anotaciones en su laptop y mantiene un tono afable que obsequia seguridad. Gladys, mi acompañante, la observa con admiración y se congratula con una sonrisa hacia mí por haberme traído a tiempo.
Después de interrogar mis antecedentes y aceptar con vergüenza que soy un diabético poco atento a mi dieta, aunque consuma de vez en vez mi Metformina, se inclina hacia mí y me dice, con un fuerte acento sureño: — Y’all are a disastrous bunch, this disease would’ve been stalled with a tad more solidarity and discipline.


Tiene razón, dejamos pasar la oportunidad de aislarnos, someter nuestros barrios a una higiene vigilante y pertrecharnos de medicamentos antes de que se agotaran en todo el Estado. No me queda más que inclinar la cabeza bastante apenado. Anyways, here we are – parece sentenciar con esa frase inconclusa.


Pese a que somos contemporáneos, lo recibo como un regaño afectuoso y me quito la chamarra para que me revise. Con un gesto burlón, me acerca una bata desechable y me pide que me desnude, mientras se coloca guantes, una gorra y una mascarilla N95 que sólo había yo visto en Internet.


Tiene manos de seda – como se suele decir – y recibo sus maniobras de exploración como caricias para un niño vulnerado y aquiescente. El oxímetro de pulso en mi dedo índice marca 84 y ella reacciona con un chasquido de boca cuando lo anota. Al auscultar mis campos pulmonares, reacciona con prudencia pero puedo advertir su talante frustrado, acaso tratando de contener su propia angustia.

Your lungs are tacky, man – dice, casi como un brote de inconsciencia.
Supongo que pretendía mostrar cierta ligereza, pero sólo consigue alarmarme. Haciendo gala de experiencia, se corrige y me expresa que va a emplear un tratamiento experimental que ha confeccionado como fruto de sus lecturas e investigación clínica.


La receta es bastante compleja y la leo detenidamente frente a ella: azitromicina por seis días, enoxaparina subcutánea a razón de 1 miligramo por lo de peso, famotidina 40 mg cada 12 horas, control estricto de mi diabetes con Metformina y Linagliptina, además de aporte de oxígeno por puntas nasales a razón de cuatro litros por minuto.


I´m-a-tryn’ to get hold of Remdesivir, dig? – me pregunta para terminar, en algo que parece un slang arrastrado desde los setentas, pero que me hace mucha resonancia y la coloca más cerca de un buen pronóstico. Yeah, doc. Many thanks – respondo, con reiterado afecto.


Salí de aquella visita entusiasmado, como si hubiese conseguido una nueva amiga más que un esquema terapéutico. Ser médico y asumirse como paciente no es poca cosa, porque uno tiende a desconfiar del estilo, la prescripción y los artilugios clínicos, pero Amber me cobijó con su destreza y me imbuyó esa confianza casi maternal que estaba buscando en medio de la incertidumbre.


Regresé a mi ciudad completamente repuesto dos semanas después, con todo el ánimo de proveer este tratamiento a mis pacientes de escasos recursos, que habitan en la marginalidad de la educación y de la higiene.

Alberto A. Palacios Boix
Immunology & Rheumatology
Hospital Ángeles Pedregal
[email protected]



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