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Apuntes para curar el miedo


By VEME - 07/8/19 8:50 AM




Apuntes para curar el miedo

Texto leído en la presentación del libro”Espectros íntimos. Apuntes en torno al miedo” (Editorial Siglo XXI, México 2019)

El miedo – como la angustia – es inherente a la condición humana. Pero a diferencia de otros animales, está atravesado por el lenguaje y la fantasía. Acaso lo aprendemos desde la indefensión, recién nacidos, cuando experimentamos el terror al abandono. Y al menos durante un tiempo, esa desolación se refrenda en la noche, cuando acuden todos los fantasmas a sitiarnos: el hambre, el frío, el desamparo.

Con esa medida de la zozobra, calibramos nuestros miedos más tempranos y, en tanto sujetos de deseo, los ponemos en marcha a la par con el incipiente juicio de realidad. 

Poco a poco, a fuerza de frustraciones y desvelos, hacemos del temor parte esencial de nuestro bagaje afectivo. Nos indica el camino, o mejor aún, nos señala por dónde habitan los espectros que tendremos que eludir a cada paso. Asimismo, nos orienta como un anticuerpo  hacia quienes amenazan con herirnos o arrebatarnos lo poco de aquello que nos sentimos dueños. En fin, suele ser el termómetro de nuestra vulnerabilidad frente a los avatares de la vida. 

Casi sin advertirlo, se inscribe también el horror: la pérdida del otro, del sustento, del hálito vital que simula el amor. Con ello viene apareado lo siniestro, eso amorfo y recurrente que circunscribe todo espanto. Vale decirlo en inglés (the uncanny) o en alemán (das Unheimliche), términos que connotan mejor la dimensión de lo inefable en ese horizonte interno que se proyecta hacia afuera. 

Tomemos como punto de referencia a las fobias. Para ejemplificarlo, permítanme una perífrasis histórica.

Al este de Mosul, en la región norte del hoy devastado Irak, hay una colina que simula la joroba de un camello. Ahí, en la batalla de Gaugamela* en 331 a.C., pese a su inferioridad numérica, Alejandro Magno derrotó a Darío III para arrebatarle el control del Imperio Persa.  Antes de desplegar a sus ejércitos, Alejandro invocó a Fobos, el dios del miedo, para intimidar a sus enemigos. Hijo de Ares y Afrodita, Fobos se deleita en la sangre. Al grado que los guerreros macedonios diseñaban sus escudos con su imagen amenazante esgrimiendo ojos en llamas y fauces abiertas. Las fobias, esos miedos que anegan el inconsciente, toman así su nombre.

La primera descripción en detalle de una fobia se la debemos a Sigmund Freud quien, reconstruyendo el relato de su padre en sesiones sucesivas, trató al pequeño Herbert Graf (alias Hans o Juanito) de Enero a Mayo de 1908. Vinculado a su creciente curiosidad sexual, mezcla de angustia y placer incontrolables, Hans sufría de una fobia peculiar a los caballos. Mediante aquella elaboración teórica, Freud pudo rastrear la pulsión de muerte como sustrato del conflicto edípico del niño. Es decir, el deseo sexual hacia su madre evocaba una intensa ansiedad por deshacerse del padre. La solución libidinal se traduce entonces en un desplazamiento: un objeto que reemplaza en el inconsciente lo terrorífico se pone, bajo el yugo de lo imaginario, en la realidad. El castigo por acceder a tal deseo inconsciente ligado a la genitalidad es lo que Freud denominaría el complejo de castración. Complejo fundamental que, paradójicamente y en lo simbólico, inaugura al sujeto frente a la vida.

 Las fobias siempre resultan enigmáticas y, como los sueños, son la vía regia para acceder al inconsciente. Es el pánico por excelencia, que se singulariza en un objeto o recurso de aversión. El horror se funde con el síntoma y genera, bajo la represión de los impulsos agresivos, una formación de compromiso que toma la imagen del objeto pavoroso. Por eso es tan sorprendente el rechazo casi delirante que alguien experimenta hacia una inofensiva mariposa, una gallina o a los zapatos con agujetas. 

 La experiencia clínica ha demostrado una y otra vez que el peligro que subyace a la fobia es el de ceder a la tentación de los placeres eróticos. Esta amenaza del impuso sexual hacia la fuente no identificada de angustia, que viene de adentro, se intercambia por un miedo dirigido hacia el afuera. En un sentido económico, la ganancia emocional es obvia: ante un peligro exterior siempre queda el recurso de la abstención o de la huida, pero lo interno que nos persigue es ineludible. En suma, la fobia es un rechazo, una claudicación, un enojo primitivo hacia lo instintivo, hacia lo objetable de nosotros mismos que, para conjurarlo, proyectamos en el mundo externo. Podríamos decir que es una intimidación o una desconfianza básica en lo propio. 

Más aún, la vivencia de la fobia remite a un castigo perentorio, que debe ejercerse para aplacar el instinto que se desboca. En tal sentido se conecta con la alteridad punitiva, llámese padre, autoridad moral o precepto religioso. Así como la penitencia reprime el deseo incestuoso, el fetiche se erige frente a la angustia de castración para invocar la redención. En tanto la fobia se nutre de la escritura inconsciente, debemos considerarla una estructura sintomática que se origina bajo la lógica de lo reprimido, análoga a los sueños y las obsesiones. El terror nocturno, el miedo a que nos pase algo en un viaje, la repetición compulsiva de tareas hogareñas, o el pánico hacia los reptiles o las arañas, se inscriben con lenguaje similar bajo el amago de nuestros afectos. 

Hasta aquí el periplo para mostrar una de tantas facetas del miedo.

Por supuesto, vivimos rodeados de amenazas que nos atemorizan. ¿Quién no ha sido asaltado o sabe de algún secuestró u homicidio que le ha tocado de cerca? Aún así, me resisto a caer en tal lugar común. Como habitante de la ciudad más poblada de América, lo siento y lo padezco. Pero el reclamo está en otra parte. 

Hace unas semanas, recibí una arenga gráfica que conminaba a portar armas y usarlas en defensa propia. El panfleto mostraba escena tras escena donde la víctima de un asalto extraía un arma oculta y disparaba a quemarropa al asaltante. Las más de las veces, éste terminaba mal herido o muerto en la calle, ilustrando con saña la propuesta. Me temo – abusando del término – que una escalada de violencia así no conoce límites. Actuar en función del miedo y la venganza acarrea un precio que dudo que estemos dispuestos a pagar. La ley del Talión siempre se desborda. 

Pero no pretendo asustarlos. Mi libro ilustra los miedos que socavan nuestra certeza existencial, desde lo profundo de la mitología que nos hace sujetos.

Hijo de un psicoanalista y una esteta, mi fascinación por lo diabólico me ha llevado a escribir y a explorar sus vericuetos. Me hice médico para curar lo siniestro en el cuerpo. Ambas – diabólico y siniestro – son categorías exclusivamente humanas. No existe otra especie que se conciba a partir de la maldad como nosotros. Los héroes, los espíritus y los dioses son productos del temor inmanente hacia lo malo, a la naturaleza destructiva que nos define. 

Concebido en retazos y viñetas, me parece que “Espectros íntimos” atañe a la finitud. ¿Qué se oculta en la oscuridad más allá de nuestras percepciones más agudas? ¿Que decir del amor cuando no alcanza o se ve perdido? ¿Qué horroriza a la doncella huyendo en el bosque – como Blanca Nieves – en pos de su afirmación sexual? Y desde luego, la muerte, tan predecible y tan aborrecida a la vez. 

Notarán que arbitrariamente los capítulos están en orden alfabético para resaltar la secuencia de los temas que abordo. Algunos les resultarán nimios, quizá más novelescos que relevantes. Créanme que mi pretensión es instructiva, no definitiva. Aspiro a que mis lectores encuentren similitudes, coincidencias y acaso elementos que les ayuden a descifrar sus propios pavores.

La intención final es ofrecer recursos líricos para inquirir acerca de qué nos hace tan frágiles y cómo anteponer certidumbres en los márgenes sociales, en la luminosidad del afecto, la ternura y la compañía…al fin y al cabo, en la propia entereza para transitar – temerosos y solos, como nacemos – hacia la otra orilla del Estigia, donde nadie nos espera. 

  • Etimológicamente, Tel Gahmal (modernizado como Gaugamela) quiere decir “Monte Camello” en hebreo.

PD. Al término de la presentación, mi colega, la Dra. Elvira Soto Hoffman, me preguntó: “¿Y qué te da miedo a ti, doctor?” No escuché su pregunta y quedó en el aire, así que le respondo a destiempo: Como la mayoría de mis congéneres, temo perder las tres premisas básicas de la vida: amor, libertad y seguridad. Temo también incurrir en la arrogancia frente a la enfermedad y la muerte, algo que ninguno de nosotros debería permitirse.

Dr Alberto P Boix



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