VEME Digital » » Al este del paraíso

Al este del paraíso


By VEME - 09/1/20 12:05 PM




La mañana empezó con la acritud del aire, penetrante y espeso. Ese calor irrespirable de todos los días, y el ruido bestial de la motocicleta de Eulalio, saliendo rumbo a la playa. Se levantó con desgano y escupió por la ventana, no sin antes empujar al perro con el pie, que emitió un chillido de disgusto. La casa de tabicón y techo de lámina, igual que los goznes maltrechos de herrumbre, estaba vacía. Entre los trapos que cubrían la ventanas se insinuaba una brisa sucia. Su mujer se habría marchado al alba, para barrer la casa de los ricos; “pulir el Diamante”, solía decir. Una mueca de desdén siguió a tal pensamiento. No la vería hasta bien entrada la noche, exhausta y sin ganas de fornicar.
Se echó como pudo un cambio de ropa encima y salió a arengar a sus subalternos, que fumaban en semicírculo al pie de una carcasa abandonada.

¿Dónde está la mercancía, gatos? – gritó, para sorprenderlos.
Los tres chicos, morenos y con el pelo revuelto, saltaron un paso atrás, casi una reverencia. Cacho, un mulato delgado de facciones hoscas, sin camisa y con un bañador roído, atinó a responder: – Conseguimos sólo cuatro kilos, jefe, la sierra está inundada de malandros.

Les pago para traerme lo mejor. ¿Qué coño necesito? ¿Me los quiebro o los cambio por sus viejas?
La pregunta retórica se quedó flotando en la ventisca, densa como todas sus constantes amenazas. Se miraron en connivencia; algún día este animal sería reemplazado y su cuerpo flotaría en la laguna; un vago recuerdo, como tantos otros.
Negro, el mayor y – en todos sentidos – más oscuro que los otros, empujó a Braulio con tanta fuerza que cayó con una rodilla al suelo, bufando.

¡Saca la planta! – ordenó.
Molesto, el chico se levantó para enfrentarlo, sólo para recibir una bofetada de vuelta. Se tapó la boca para limpiar el hilo de sangre y se encaminó, trastabillando, detrás de un paredón derruido.

¡Ya, niños! – intercedió Chilapa, el jefe, a quien sólo conocían por su lugar de origen.
Entre las callejas de ciudad Renacimiento, el Negro había ganado a pulso su reputación de sicario. Varias muertes con arma blanca, en el anonimato de las madrugadas, se le atribuían sin prueba alguna. Pocos sabían donde pasaba la noche, menos aún donde merodeaba de día. Además, cuidaba con recelo sus lealtades, que eran ante todo efímeras y utilitarias. Chilapa lo había reclutado con cautela; mejor tenerlo cerca que recibir su visita inesperada. Conocía su ambición, su desacato ante cualquier orden o jerarquía, y sobre todo, su carácter taimado, siempre al acecho; la ruindad tras el brillo ocre de sus ojos, indescifrable.
Separaron la hierba en manojos y con refinada destreza, los jóvenes liaron varios cigarrillos para su venta entre los turistas. El jefe iría por su cuenta a los condominios de lujo, donde sus clientes adinerados lo conocían como Ramón, mesero y chofer de taxi. La venta por gramos pagaba las remesas y el sueldo de sus esbirros, pero resultaba insuficiente. Desde semanas atrás urdía un ascenso en su esfera de influencia: – No alcanza para vivir – se dijo entre dientes – y menos ahora que la Soco está esperando. Toca anular a los Moscos.
Se refería a una banda de añejos matones que gobernaban los andadores del norte, al borde de la carretera. Su cuñado, Eulalio, se había infiltrado entre sus cuadros medios. Al tiempo había ganado respeto por su eficiencia para vender y eliminar zopilotes, como denominaban a sus rivales.

Ahora toca nuestro turno – pensó Chilapa. – Con la muerte del viejo Tarasco (bendita cirrosis) están descabezados y temerosos.
A sus veintidós años, le correspondía ocupar el mando. Los hermanos de Socorro sabrían esperar y a su lado, dar el golpe de gracia. Se enfundó en la camisa blanca, desempolvó el pantalón de tergal negro y limpió el lodo de los mocasines que lo identificaban ante cualquier asalto.
Humberto lo esperaba bajo la sombra en un andador aledaño, el Tsuru recién lavado. Eran amigos desde que llegó a la costa; su cara rolliza y el abdomen blando le revelaron que había bebido toda la noche.

Difícil confiar en este carajo – pensó. – No para de chupar. Pero sabe guardar secretos y aunque esté crudo, nunca me falla.
Los jardines de la zona de condominios y departamentos aparecen impecables, recién podados. Hay palmeras a ambos lados del asfalto, arbustos y azaleas que brillan o contrastan con la luz tangencial y las paredes recién bruñidas. Los rehiletes bañan con su rocío a las sirvientas y guardaespaldas que se cortejan en las aceras. Una mujer rubia en bermudas trota ante las miradas lascivas de los jardineros, canturreando con sus audífonos blancos, ajena al ruido de los autos último modelo y del incesante riego.
Ramón desciende del taxi y saluda al guardia con familiaridad. Carga una mochila con un cambio de ropa y dos kilos de mariguana separada en atadijos de 250 gramos. Su sonrisa es flamante y reviste su aspecto seductor e inofensivo. Pasa por la reja de peatones y deja su identificación – falsa por supuesto – en manos de Crisanto, oriundo de Iguala, que lo saluda con afecto e intercambia bromas acerca de las chicas de servicio, que justo pasan a su lado.
El mesero se dirige a la Torre Siete donde servirá el brunch para un empresario, adicto a la cocaína, que ha sido su cliente los últimos tres veranos. Ambos buscarán el momento de intercambiar el paquete; quizá en la sobremesa, cuando su esposa, una mujer altiva de mejillas asalmonadas, que jamás le ha dirigido la palabra, atienda a sus invitados con champaña y Pinot Gris. Al verla, Chilapa, recuerda la curvatura de sus senos de plástico cuando sirvió la cena durante la Navidad pasada. Revive en un momento la insignificante propina y el odio que le convida esta mujer con su desprecio y su frivolidad. Disipa la inquina para ofrecer el postre y su mente divaga hasta el condominio Maralago, donde Socorro tiende camas y hace la limpieza sin reparar en su embarazo, empleada desde hace años por una miseria. Un día de estos le dará una casa en el centro, la llevará a comer pescado a la talla en Caleta y, con su poder incontestable, les besarán los pies; incluso estos catrines que se creen dueños del mundo.

Alberto A. Palacios Boix
Immunology & Rheumatology
Hospital Ángeles Pedregal
[email protected]



TE RECOMENDAMOS