Philip Roth: Era él mismo. Se desdibujaba su rostro cada vez que una historia saltaba en una conversación


By VEME - 05/23/18 11:12 AM




Un día le dije a Philp Roth que me gustaban tanto las tetas que no me extrañaría un día despertar convertido en una. Estábamos borrachos en un lupanar de Cali. Lo había conocido en una lectura en Nueva York. Mi antisemitismo latente provocó una discusión que terminó en un abrazo, contradictoriamente. Ya antes, en Chicago, me había peleado con Bellow.

Estaba ansioso por volver al ring callejero. Pero en el cultivo de ese odio leí y releí lo que entonces había publicado, unos cuentos en el NewYorker y una novela más. Lo encaré terminada su lectura, pero ahí frente a él ya era tarde. Un amor compartido por Philip Roth nos unió. Nadie amaba más a Roth que Philip. Recuerdo el momento en que me confesó que dejaría de escribir. Se había obsesionado. No supo explicarme bien que sucedía. La escritura se había convertido en algo más que el mero oficio.

Era él mismo. Se desdibujaba su rostro cada vez que una historia saltaba en una conversación. Hablaba sólo con sus personajes caminando descalzo y despeinado por casa. Yo me alejé porque mi matrimonio iba en declive a causa de mis múltiples infidelidades y Roth ya no era el mismo. Meses después de aquel encuentro en el lupanar de Cali, me envió el manuscrito de la novela en que me convertía en un seno gigante, me hizo receptor de eso que proyectaba lascivamente a donde iba. “Para vos que te gustan tanto”, escribió. Yo moría por las tetas: grandes, pequeñas, medianas, abultadas, caídas, llenas de silicona o leche lista para amamantar. Yo babeaba de verlas, de imaginarlas. Roth se burlaba de mí al convertirme en el objeto de mi deseo, al serlo me anuló por completo.

Entendí lo profundo de mi fetiche y actitud tóxica. Me enfadé un tiempo con él, eso no detuvo que cosechara éxitos al publicarla. Pero fue El lamento de portnoy el que consumió la capacidad de su escritura. Quedó atrapado en su propio juego. Ahí lo perdimos mientras ganábamos la mejor prosa del siglo. Philip Roth lo ganó todo menos el Nobel, que en este el año de su muerte, no será entregado a nadie.

Didier Andrés Castro


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