La guerra y la paz: El color del napalm


By VEME - 05/9/18 8:20 AM

La preparación abrasiva que se conoce como napalm, fue diseñada por la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Harvard en 1942. Se trata de un compuesto altamente flamable confeccionado con gasolina mezclada con ácidos nafténico y palmítico.




Hace días que llueve sin cesar. Es una cortina constante de agua que nos sigue por doquier y que lo anega todo. No hay senderos, sólo la misma jungla que se abre y se cierra de inmediato a nuestro paso. Humedad constante, irrespirable.

Dormitamos en pares, turnándonos para extraer el agua de la trinchera, agazapados bajo los manglares y con las botas viradas para mantenerlas medianamente secas. Los pies macerados ya no son tema de queja, es algo más que todos compartimos.

No hay luz suficiente en ningún momento para despertar el ánimo. A la distancia se oye el repicar intermitente de los morteros día y noche. Las raras veces que estamos en territorio seguro, bajo el fulgor mortecino del tabaco, sacamos fotos de alguna novia, recortes de revistas humedecidas o un panfleto militar y las pasamos de mano en mano para conocernos mediante reacciones y comentarios soeces. Sólo da para eso nuestra intimidad.

Además, avanzar es una odisea que no termina. Desde que nos depositaron en la última LZ, habremos recorrido siete u ocho millas entre raíces, campos de arroz, y selva cerrada y agreste. Marchamos con una lentitud insufrible. Las emboscadas – que tanto tememos – aún no se producen, pero fuimos advertidos de que podrían suceder en cualquier instante.

Los grunts Jamal y Perkins, un ferviente musulmán de Evanston y un redneck de Tulsa, que me hubiesen forzado a cambiar de acera de habérmelos topado en cualquier ciudad, son aquí mis hermanos de sangre. Mantenemos contacto visual en todo momento para no apartarnos durante el día y compartimos raciones de Babe Ruth como niños macilentos. Aquí todos nos regimos por el lema no escrito de supervivencia: “I’ve your back, Cherry”.

Jamal habla poco y se detiene a orar hacia la Meca (aún no sé cómo la sitúa) cada tres noches. Se rehúsa a comer carne seca y la intercambia con nosotros por latas de Campbell’s o trozos de chocolate. Tampoco fuma, pero tolera nuestro único vicio cuando el perímetro y la visibilidad lo permiten. Su piel es casi azul y sólo sus ojos lánguidos brillan en la noche cuando monta la guardia. Perkins en cambio, es parlanchín y muestra en cualquier momento su ingenuidad de campesino. Creo que no está preparado para la sangre, porque vomita ante la simple mención de escaramuzas previas entre los veteranos.

Anoche nos llevamos un buen susto. Perkins estaba de guardia y nos despertó de un golpe de culata porque oyó que algo se arrastraba entre la maleza impenetrable. Yo podría jurar que era un escuadrón de Charlie que tomaba posiciones. Armamos la metralleta al borde de nuestro agujero y nos preparamos para enfrentar la muerte. Cuando estaba a punto de jalar el gatillo, aparecieron dos jabalíes mojados olfateando entre nuestras raciones. Jamal cayó de nalgas en la trinchera y disparó al aire, despertando a toda la compañía. Nos quitaron dos raciones de goma de mascar por nuestra impericia; pero todavía esta mañana no parábamos de reír al recordar la escena.

Lo peor no ha empezado siquiera. Al cruzar un ancho campo de hierba alta flanqueado por dos montículos recibimos las primeras ráfagas de ametralladora que tanto temíamos. Las balas entraron con silbidos agudos entre las ramas y Jimmy G., el operador de radio, cayó fulminado por un certero tiro que le abrió en dos la carótida. Torrance, su compañero de equipo, nada pudo hacer para salvarlo. Quedó salpicado en sangre como si a él mismo lo hubieran mutilado.

Nos arrojamos brutalmente al suelo pantanoso y tomamos posiciones como el aire nos dio a entender. Bien a bien no sabíamos si las descargas venían de ambos lados de nuestro perímetro. Oí a Perkins sollozar a unos metros y supuse que lo habrían alcanzado. De golpe, el chubasco se detuvo y salió un largo velo de sol que parecía nuestro aliado. Torrance tomó el radio y en voz baja pero enérgica indicó las coordenadas para bombardear al enemigo. Tendríamos que movernos de inmediato fuera de ese claro, a riesgo de morir chamuscados.

La columna se recompuso tras el momentáneo alto al fuego y nos ordenaron avanzar en zigzag hacia el borde norte del terreno. No podía ver ni mis pies, me abría paso a golpe de fusil entre la espesa hierba. Jamal y un marine que llevaba tres tours seguidos en Nam cubrieron nuestra retirada. Unas cien yardas más adelante nos alcanzaron. Mi compañero venía cargando al marine que había sido herido en el vientre y ambas piernas. Se desangraba. Clamé a gritos por soporte médico tratando de aplicarle un torniquete y manteniendo la cabeza baja entre la metralla. Losmedics tardaron en llegar varios minutos que me parecieron interminables. Montaron como fardo a Laurie (ahí Jamal nos compartió su nombre) en una camilla y dieron la orden de evacuación a la retaguardia. Lo más escalofriante era la certeza de que el Minh seguía nuestros movimientos de cerca. Un sombra ominosa, camuflada entre todas las sombras que nos rodean.

Cam Matthews, sargento segundo forjado en la ofensiva Tet y el único sobreviviente de su batallón, nos reunió en un semicírculo bajo la lluvia que escanciaba. Si su idea era imprimirnos un sentido de heroísmo, su aspecto no ayudó en nada. Una bala le había atravesado el brazo izquierdo en sedal y tenía la camisa rota de sus idas y venidas para reagruparnos. Sudaba profusamente – lo que resalta la cicatriz de bayoneta que distingue su cuello –  y tosía con frecuencia para aclarar la voz crispada. Es un hombre recio, de cabello rojo cortado al ras, que no sabe sonreír, y que lleva en el pecho una docena de tags de sus compañeros caídos; de modo que podemos oírlo cuando se acerca como un gato con cascabel.

Nos miró uno a uno, ensopados y ateridos. Nos recordó que estamos aquí para frenar el avance del comunismo en el mundo y que los gooks son demonios amarillos dispuestos a violar a nuestras novias y decapitar a nuestros padres. Vernon y Altuve, que en Los Ángeles habrían sido enemigos a muerte, se incorporaron de golpe y, tal como si estuvieran acicateando a un público en un partido del Coliseum, emitieron en coro una de las arengas que aprendimos en Tigerland (para los que pretenden olvidarlo: Fort Polk, Louisiana).

Entusiasmados de pronto, nos pusimos de pie para lanzar aullidos de batalla dispuestos a enfrentar a los VC ocultos por el follaje. Entonces, de manera cruel e inesperada, cayó una granada caliente en medio del grupo festivo que conformábamos. Un muchacho muy blanco de Fort Benning que apenas conocía, se quitó el casco en actitud teatral y cubrió la explosión con su cuerpo. Su hazaña evitó que muriéramos y no quisiera recordarlo así, sin piernas y agonizando en un charco de sangre y despojos. Varias esquirlas alcanzaron a tres soldados, que tuvieron que ser evacuados al DMZ esa misma noche, mal heridos y con fiebres incontrolables. Pero los demás, otros quince, volteamos al unísono a revisarnos el  abdomen, los muslos, los pies intactos. Nos tocábamos las caras para cerciorarnos de que aún sentíamos y éramos parte de este paisaje inhóspito y hostil. Habíamos sobrevivido de milagro, dijo persignándose el irlandés McMurray al tiempo que se dejó caer de rodillas.

La andanada de fuego no se hizo esperar. Varios Hueys se escucharon aproximándose en formación, sus aspas a un mismo ritmo disipando el humo que provocaban los lanzallamas. Con altavoces, los pilotos nos conminaban a correr hacia el oeste para evitar el baño de napalm. Apestaba a gasolina y a carne quemada por millas en nuestro derredor.

La temperatura subió drásticamente al grado que ansiábamos boquiabiertos la caricia fresca de la lluvia que ya había amainado. Creí oír gritos a la distancia, aullidos de horror de los Victor Chucks abrasados en sus guarniciones. Jamal, el chicano Altuve y otros tres corrían despavoridos frente a mí  golpeándose la espalda con sus cuarenta libras de bultos y armamento. Nadie volteaba a cerciorarse de que otros hubiesen caído en el trayecto. Sabemos bien que el fuego no respeta nada que respire.

Me percaté entonces de que Torrance se había quedado atrás. Sólo él podría detener por radio a los helicópteros en su paso destructivo. Sin su voz, acotando las coordenadas del ataque, no quedaría un ser vivo en toda esa planicie carbonizada.

Ése fue mi último recuerdo. Desfigurado de brazos y abdomen, supe después por la indiscreción de un enfermero en el hospital naval que toda mi columna había muerto calcinada. Imaginé los cuerpos entre las cenizas de Pompeya; presos en el tiempo en posturas grotescas, huyendo o sorprendidos cuando la lava del Vesubio arrasó sus casas y templos.

Esta mañana aguardo la dolorosa curación de mis heridas y ampollas. Sólo el consuelo de Vicky, la delicada auxiliar de West Virginia, con su acento de hillbilly, hace más llevadera la agonía.

PD. La preparación abrasiva que se conoce como napalm, fue diseñada por la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Harvard en 1942. Se trata de un compuesto altamente flamable confeccionado con gasolina mezclada con ácidos nafténico y palmítico. Su uso militar (o más bien, criminal) se estrenó en Berlín 1945 y se difundió en el conflicto de Corea. El ejército norteamericano arrojó 388 mil toneladas de esta sustancia incendiaria sobre el territorio y los poblados de Vietnam durante los diez años de guerra de ocupación.

Alberto P. Boix

Bibliografía recomendada.

Karl Marlantes. Matterhorn. A novel of the Vietnam war.  Grove Press, Chicago 2011.

Robert Mason. Chickenhawk. Penguin Books, New York 2005.

Jonathan Neale. A people’s history of the Vietnam war.  The New Press, New York 2001.

Tim O’Brien. The things they carried. Mariner Books, New York 2011.

Geoffrey C. Ward & Ken Bunrs. The Vietnam war: an intimate story. Alfred Knopf & sons. New York 2017.