De la democracia a la demagogia


By VEME - 06/4/18 6:27 AM




 

Desde la Academia.

De la democracia a la demagogia.
“La democracia es el peor de todos
los sistemas políticos, con excepción de
todos los sistemas políticos restantes”
Winston Churchill

La vida política mexicana está llena de antecedentes y experiencias que son dignas de ser estudiadas; sobre todo, ante los hechos derivados de las campañas políticas en curso y, muy particularmente, de los más recientes debates entre los candidatos a la presidencia de la República.

Las forma y estilos que utilizan los candidatos para plantear sus discursos y propuestas nos llevan a recordar los temas relativos a las antiquísimas discusiones sobre ¿Cuál es la mejor forma de organización política de una sociedad?

Ya desde lejanos tiempos las preocupaciones de los pensadores se centraban en recomendar la mejor forma de conducir los destinos de la sociedad, tema que ocupó el quehacer filosófico de grandes pensadores.

Tanto Platón, como Aristóteles se encargaron de estudiar y clasificar las diversas formas de organización política en los gobiernos o Estados que habían observado y estudiado; encontraron diversos fenómenos de organización política que denominaron formas “puras” e “impuras”.

Para el primero de ellos, Platón, la mejor forma de gobernar era la Aristocracia – entendiendo que se trataba de “los mejores”- la cual se degeneraba en diversas categorías: timocracia (los que tienen “honor”); plutocracia (la de los que tienen “riqueza”); oclocracia (“la muchedumbre”) y la tiranía (“el usurpador”). (Consultar: “La República”, Platón).

En tanto que, para el segundo gran pensador, Aristóteles, las formas “puras” se identificaban en tres categorías: aristocracia, monarquía y democracia; mismas que se pervertían en “impuras”: tiranía, oligarquía y demagogia, respectivamente. (Consultar: La Política, Aristóteles).

Es a partir de estas inteligentes clasificaciones, que pensadores posteriores como Maquiavelo; Montesquieu; Rousseau; Kant; Marx; y muchos más construyen gran parte de lo que hoy conocemos como la Ciencia Política.

En el caso particular de nuestro país, durante los últimos años (quizás dos décadas) se ha realizado el esfuerzo de construir una sociedad democrática, entendiendo ésta como el régimen político que mediante el voto generalizado se construyen los gobiernos y se establecen las reglas para su tránsito pacífico de un grupo a otro.

No se puede negar, que en este ámbito ha habido importantes avances, tenemos: alternancia, partidos políticos independientes del poder público, árbitro electoral, elecciones periódicas y programadas, entre otros factores.

Sin embargo, es de destacar que este incipiente avance en la construcción de la democracia se encuentra en riesgo. De los hechos observados en el desarrollo de las campañas electorales y de los procesos electorales, se ponen de manifiesto graves abusos al modelo democrático, que nos llevan a alertar que estamos transitando de la democracia a la demagogia.

Esta descomposición política que degenera a la democracia es consecuencia del discurso fácil, ligero, que, en ocasiones, alcanza lo embustero; que se dirige a la emoción más que a la razón; la retórica es llevada hacia las falacias, a la manipulación de los significados, omisiones o verdades a medias e, incluso, estadísticas y encuestas fuera de contexto, que concluyen en falsos dilemas que van directo a las emociones de los votantes.

No es necesario ser un agudo conocedor de las instituciones jurídicas, administrativas y financieras del país para reconocer que las ofertas de campaña están en el límite de la demagogia. La necesidad de los candidatos (y me refiero a todos) de alcanzar la voluntad popular que se convierta en votos, los ha llevado al extremo de realizar promesas o propuestas difíciles de alcanzar, para decir lo menos y, en algunos casos, realmente imposibles de concretar.

Ofertas de “regalar” los recursos públicos, disfrazados de programas asistenciales, sin considerar elementalmente la suficiencia financiera que el cumplimiento de la promesa requeriría.

Terminar con la pobreza, aumentando generosamente los salarios, sin tomar en cuenta las consecuencias que una medida de esta naturaleza conlleva.

Resolver el tema de la inseguridad y de la impunidad, sólo encomendándonos a poderes superiores.

Alcanzar la prosperidad nacional, sólo con buenas actitudes e intenciones.

Resolver nuestros temas migratorios, en el norte y en el sur, apelando a la buena fe de otros gobiernos.

Brindar educación superior a todo joven que alcance determinada edad, solo por mencionar algunos.

La mercadotecnia política se ha apropiado de la Ciencia Política, esto es de alto riesgo; los ciudadanos y votantes ahora somos clientes a los que nos “convencen” para preferir un “producto”; lemas fáciles, canciones ligeras y promesas encantadoras que van al subconsciente colectivo y nublan el entendimiento.

Atención: ganará la demagogia.

Los plazos se vencen, las fechas se cumplen. Inexorablemente llegará el 1° de julio del 2018, tendremos ganadores, se constituirán los gobiernos y sus poderes; el ejercicio del poder tendrá su quehacer cotidiano. Los lemas se guardarán, las canciones se olvidarán, pero no así las promesas de campaña: la pobreza no disminuirá, los delitos continuarán, las injusticias prevalecerán. El mundo y nuestro país no mejorarán a la velocidad prometida.

Las consecuencias son previsibles: decepción y desencanto de la democracia. Se acusará a este sistema de ineficaz, por lo tanto, surgirán voces (que ya se empiezan a oír) sobre la necesidad de buscar otros caminos de organización política y social.

RAFAEL MUÑOZ FRAGA.

Maestro universitario, especializado
en temas de economía, derecho y
ciencia política.

Ciudad de México, primavera 2018



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