Historias de arrojo y esperanza


By VEME - 05/29/18 8:00 AM




Por estos canales aún corre la sangre

Trenzados de los brazos, Thijs y su amiga caminan por la plaza del mercado, bajo un sol opacado por la cúpula de nubes perennes que acarrea la tramontana. Ambos simulan contarse chistes y ríen aparentemente distraídos, ante las miradas de la guardia de ocupación que vigila su paso. Son dos soldados en uniforme gris que observan todo en su derredor con absoluta desconfianza, sabedores de que pisotean un país sometido y bastante receloso. Pese a su edad e inocencia, los detienen bajo la estatua de Coster y los interrogan en un alemán altanero y cáustico.

– Cómo quisiera grabarles la A qué inventó nuestro prócer en el pecho y borrar de una vez su arrogancia – dice el muchacho en holandés, entre dientes.

– ¿Qué masculla este chico insolente? – pregunta el de mayor rango, tratando de descifrar su tono.

Ella responde con calma, evidentemente asustada y en su alemán quebrado; pero al fin consigue disuadirlos de otras averiguaciones al mostrar sus cartas de estudiantes.

  • Vamos a aniquilar la resistencia en todo este país innoble – explota otro soldado, poco mayor que ellos, con ojos llameantes.

Thijs lo mira sin ocultar su desprecio, pero calla para evitar más sospechas. Tras registrarlos y palparlos como si fuesen delincuentes, los “mangas” (moffen) los dejan ir, no sin antes chasquear las botas y emitir el saludo nazi.

Con la Grote Kerk a sus espaldas, los chicos emprenden el camino hacia Jansstraat para internarse en la ciudad vieja y engañar a los posibles delatores. Desde una ventana abierta se escuchan los acordes de la Tempestad en re menor de Ludwig van Beethoven, con ciertos errores que el oído de Mareijke sabe detectar y tolerar sin apremio. En estos días de otoño, el frío ayuda a ocultarse y también pasar entre las faldas y abrigos algunas armas cortas que requiere la resistencia.

¡Cuánto durará esta guerra interminable! Las emisiones erráticas de la BBC aseguran que se acerca el asalto final, que los generales Eisenhower y Montgomery desataron la mayor ofensiva de la historia en las playas de Normandía antes del verano; que avanzan liberando pueblo tras pueblo hacia la frontera maldita. Para nosotros, los olvidados, no hay siquiera ventisca de liberación. En los campos de concentración y en los Urales mueren millones de civiles y soldados en espera de una tregua que no llega nunca. A veces de madrugada escuchamos el paso de bombarderos a lo lejos sin discernir si son de la RAF o la Luftwaffe. Aquí en Haarlem, al otro extremo de esta Europa asolada, las calles pululan con hombres de raza aria cuya juventud ha sido arrebatada y que desquitan su inquina y frustración contra nosotros. ¿Qué culpa tenemos de haber caído bajo su paso destructor?

Tras un rodeo por Schapenplein y Smedestraat para eludir a la Gestapo, llegan a toda prisa a la casa Ten Boom, donde la familia acogió a varios ciudadanos judíos. El lugar está desolado desde Febrero cuando un delator llevó a los invasores para arrestar al viejo relojero, a sus hijas Betsie y Corrie, y a otros treinta y cuatro refugiados. Por fortuna, los seis amigos judíos se ocultaron en el escondite tras la pared del vestíbulo, que los soldados pasaron por alto. Casper, el padre, un buen cristiano y siempre magnánimo, cayó preso y no toleró el maltrato, murió en la prisión oprobiosa de Den Haag, antes de que enviaran a sus hijas a Ravensbrück. Una muerte providencial, si me preguntan.

Persignándose al pasar frente a la puerta trancada, los chicos avisan a los vecinos de la captura de civiles a las afueras de Putten, donde la Knokploeg logró asestar un golpe de gracia a las tropas alemanas los primeros días de Octubre. En un rapto de furia, el intendente nazi ordenó acarrear como ganado a la población hacia los crematorios de Auschwitz. Los francotiradores huyeron rumbo al refugio clandestino de Utrecht, pero se dice que quieren montar una escalada contra los invasores y detener la masacre de ciudadanos inocentes.

El cuartel general de la resistencia, que denominamos LO (Landelijke Organisatie voor hulp aan onderduikers) ha sugerido que conservemos la calma; que estamos ante  una etapa de reorganización, no de contraataque. El invierno se aproxima y se esperan refuerzos de Bélgica y Francia, donde los partisanos están mejor pertrechados. Los asesinos pagarán por sus crímenes, lo sabemos, aunque todavía no podamos garantizarlo.

Han pasado diez semanas desde aquel ultraje desesperado de los nazis, temiendo su destrucción y con ello justificar su crueldad. No se han replegado, porque las órdenes de su Führer es que resistan, que la victoria les pertenece. Aquí sabemos que tal alarde es una insensatez; que su Tercer Reich se está derrumbando, pero su odio sigue cobrando vidas inocentes.

Este invierno ha sido una catástrofe, más aún porque estamos por cumplir un lustro de vasallaje. La falta de alimentos y el frío inclemente que azotó desde el mar del Norte nos ha traído hambre y muerte cuando esperábamos la redención. Las tropas alemanas siguen estacionadas en Amsterdam, Groningen, Delft, tantas otras ciudades, y hacen la vida imposible. A su vez, la Gestapo actúa cada vez con más saña y alevosía, sin importar el sufrimiento que padecemos todos.

Los pocos ciudadanos judíos que pudimos salvar han huido o cayeron prisioneros al buscar otras latitudes más seguras. Muchos barcos de refugiados fueron hundidos por los submarinos alemanes no bien zarpaban de las costas que alguna vez fueron neutrales. La desolación salió del mar también y no sólo de los campos de batalla y los pueblos ocupados. Nos mantenemos encerrados a cal y canto para ahuyentar el aire helado y la ignominia. Pero la realidad está rota; se ha marchitado la confianza.

Apenas amanece y mi hermana toca repetidamente los acordes de Salut d’Amour de Edward Elgar como si con ello pudiese atraer a los aliados para salvarnos. Me hace llorar en silencio. Pienso en Mareijke y Thijs, agonizando de gripe española, emaciados, y aún con ojos anhelantes, cuando me entregaron sus tarjetas de racionamiento y dos cajas de cartuchos de Luger que ya no pudieron depositar en la casa de seguridad de Overveen. Caía una nieve sucia, con olor a muerte, cuando me despedí de ellos, dejándoles una cobija más mientras tiritaban sin reposo. Todos hemos perdido a alguien querido en esta guerra: deportados, asesinados, aplastados por las detonaciones, sumidos en la melancolía o la desesperación.

A través de las redes de la resistencia nos llega una sola noticia alentadora: Corrie ten Boom se escapó de la prisión de Ravensbrück apenas despuntar este 1945. ¿Será un milagro que anticipa el fin de tanto oprobio?

Los árboles y los arroyos están secos o tronchados. Mi madre ha salido a buscar pasto o bulbos de tulipán a falta de otras proteínas. Estamos exhaustos de todo esto; contamos anécdotas que no son nuestras para acortar los días. Dormimos apretados en el rincón más cálido del departamento y comemos nuestras raciones con un vacilante sentido de subsistencia. Hemos tapiado los vidrios rotos con cartón, cierto, pero la atmósfera es siempre gélida y ominosa. Nos ahoga el silencio; para disiparlo, enciendo la radio y sintonizo las noticias del frente, cuidando el volumen para no atraer a los traidores.

  • Lotte, ¡toca más fuerte! ¡repite ese impromptu! Presiento que ya vienen los soldados yanquis; ya verás cómo todo vuelve a ser como cuando éramos niños.

Alberto P Boix

PD1. Cornelia ten Boom, “Corrie”, la única sobreviviente de la familia heroica que albergó judíos, perseguidos políticos y miembros de la resistencia durante la ocupación nazi, relató su odisea en el libro “De Schuilplaats” (El escondite). Su casa en Haarlem es hoy uno de los museos del Holocausto más visitados de Europa.

PD2Cuando los Países Bajos fueron invadidos el 10 de Mayo de 1940, la población resultó tiranizada por la ocupación que duraría cinco largos años. Las acciones criminales de los Nazis eran incomprensibles para los holandeses, dada su neutralidad durante la Primera Guerra Mundial. Tras la invasión, los judíos nativos fueron capturados y torturados como parte de una estrategia focal tendiente hacia la Solución Final en manos del Reichskommisar Arthur Seys-Inquart, dispuesto a aniquilar a todo aquel que frenara el avance del Tercer Reich. Pese a ello, no se dio una respuesta unificada. Del mismo número de holandeses que se aliaron a la resistencia para combatir a los invasores desde la clandestinidad, otro tanto colaboró con las fuerzas de ocupación y delató a sus conciudadanos. No obstante, la milicia popular tuvo alcances insospechados y abrió las puertas a los ejércitos aliados para liberar Holanda poco antes de que avanzaran hacia Frankfurt en la primavera de 1945.



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